Opinión

Satán biblista o las tentaciones*

Las Tentaciones constituyen un episodio en el que confluye toda la estupidez humana; o, siendo benignos...

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 17 marzo 2019 | 06:00

Las Tentaciones constituyen un episodio en el que confluye toda la estupidez humana; o, siendo benignos, toda la debilidad de los hombres. Es la historia de siempre; la historia de la rebeldía, de la emancipación, de la autonomía; la historia de nuestros fracasos y nuestras frustraciones. De la Ilustración y todas las revoluciones y trasformaciones. En Francia se cuentan por repúblicas, aquí por transformaciones. Nos referimos al hecho “histórico”, transmitido en un montaje literario especial, según el cual Jesús fue puesto a prueba en el desierto; fue tentado por Satanás. En realidad, la vida toda de Jesús estuvo bajo signo de la prueba, de la tentación, desde que asumió la condición humana. La tentación llega al pie mismo de la Cruz. La tentación es un test sobre la solidez de la confianza en Dios. Con este relato de fondo nos metemos en el desierto cuaresmal “para ser tentados con él y vencer con él”. 

Dostoievski ha penetrado con su arte inigualable en el misterio de ese encuentro. La trascendencia del hecho radica en que “en aquellas tres propuestas que te dirigió el potente Espíritu inteligente, está como condensada y profetizada la entera historia de la humanidad, y en ellas están puestas las tres ideas en las que confluirán, después, todas las irreconciliables contradicciones de la naturaleza humana en el mundo entero”.  Sugestivas e inquietantes palabras que nos invitan a una lectura de nuestro hoy hecha a la pálida luz lejana de aquel encuentro terrible en el desierto del Judea. ¿Será posible que ahí esté contenido el drama de toda la historia anterior y ulterior de la humanidad? En nombre de esas tres propuestas, “que tú rechazas, el mundo te declarará un día la guerra”, advierte Satán. Las propuestas diabólicas deberían ser entendidas, pues, “como advertencias y consejos que tú debiste escuchar”.

Ahora somos nosotros quienes corregiremos tu obra, gobiernos, parlamentos, iglesias, todos lucharemos por la verdad, la justicia, la igualdad “que tú despreciaste”. Satán inicia el ataque, faltaba más, con la Biblia en la mano; se presenta como un consumado biblista. Ningún medio le es extraño. Bien pudo escribir en alguna montaña: “Lee la Biblia. Es la verdad”. Podría darles las buenas y las malas a algunos profesores de seminario y desentrañar mejor que ellos los detalles lingüísticos, textuales, críticos e históricos. Ante él, Wolf, Loisy, Welhausen, Bultmann y otros muchos, son niños de guardería. Llega pues Satán biblista ante Jesús y, Biblia en mano, intenta hacerle ver su error: obedecer a su Padre. Se escuda en una cuestión de semántica, en un problema de lenguaje; él es especialista en el sofisma, en la hermenéutica.

Satán conoce la crítica platónica de la escritura. Según Platón (Fedro.274c.277a.) los buenos libros nunca se deben tomar en serio, sino que deben manejarse con la ironía del juego que permite la lectura entre líneas y que reclama del lector el esfuerzo de su propia respuesta. No creo que el diablo necesitara leer a Platón. 

Así, según Lucas y Mateo, el uso de la Biblia  (y el diablo la citó en hebreo hablando en arameo, en fin políglota) es diabólico si no se hace bajo el signo de la “Misericordia Divina”, de eso que dice Pablo: “Dios nos dio la vida con él, perdonando todos nuestros delitos, cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la Ley; éste nos era contrario pero, Dios lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz” (Col. 2,14). Y este nivel de la escritura, la revelación de la Misericordia Divina por la que existimos, el Diablo la odia por envidia.  En las tentaciones se revela el uso satánico de la Biblia. No es que haya versículos satánicos, sino un uso satánico de sus versitos.  

Jesús en el terreno mismo del diablo, en el desierto, lugar donde habitan los demonios, lo vence con el uso correcto de la Biblia.  ¡Cuidado con el uso equivocado de la Biblia! Está escrito: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, por lo tanto, acuéstate con esa chica que te gusta tanto. Tampoco respetes a tu padre ni a tu madre, pues está escrito: “A Dios sólo darás culto”. “A nadie llamarás Padre sobre la tierra”. El Diablo es el padre del fundamentalismo, un verdadero pedagogo de la maldad.

¿Pero cuál es su problema? El demonio sabe lo que hace mucho mejor que nosotros. En el plano especulativo es mejor teólogo que nosotros. Psicólogo consumado. Genio de la mercadotecnia. No hay en él ninguna debilidad de la carne: no conoce la fatiga, no es aficionado al alcohol, no se complace en obscenidades, no es ambicioso de bienes materiales. Su inteligencia es nítida y natural, no tiene necesidad de aprender a hablar, no tiene necesidad de ir a la escuela, o sea, nos lleva ventaja. Entonces, ¿qué es lo que lo hace de él un ente perdido, expulsado, derrotado? Su falla es exclusivamente espiritual y San Agustín lo dice genial: “El demonio es infinitamente soberbio y envidioso” (De Civ. Dei). No por nada el libro de la Sabiduría dice: “Que la muerte entró en el mundo por envidia del diablo”. Y Jesús nos dice que el diablo es el padre de la mentira y es asesino desde el principio.  A éste “espíritu potente y terrible” Jesús lo ha vencido ya con su muerte y resurrección. «Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios… Porque ha derribado al acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios» (Ap. 12,10). La resurrección de Jesús es la derrota de Satán. “Ahora va a ser arrojado el príncipe de este mundo” (Jn. 2,31). El solo hecho de predicar la Buena Nueva es ya la derrota del diablo (ver: Lc.10,18). El quehacer de Satán es ser el fiscal de los hermanos, el acusador implacable.

Pero con Jesús, en el desierto, estábamos todos. Comenta S. Agustín: “El Cristo total (la Iglesia) era tentado por el diablo, ya que en él eras tentado tú. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti… Si en él fuimos tentados, con él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubiera aprendido de él a vencerla”.  El diablo no es ateo.

En esta época postmoderna y posthumana creer en Dios no es fácil; nunca ha sido fácil. Cierto, debemos de pensar en la fe de una manera más realista. La revelación cristiana pretende dar una respuesta a ciertas cuestiones existenciales, teóricas y prácticas, a las que no escapa ningún ser humano. Pero ofrece esta respuesta exigiendo en prenda un compromiso y dejando subsistir como aval una cierta insatisfacción. En efecto, para creer es necesario hacer una apuesta, hace falta una decisión, comprometer la libertad, tomar un riesgo. La fe propone una respuesta a las exigencias fundamentales humanas (aporías), pero exige también un precio, nadie puede creer sin dolor, sin esfuerzo, sin riesgo, incluso, si las ventajas que procura la fe, luz para la inteligencia y fuerza para la voluntad, son ingredientes que, a su vez, ayudan a pagar esa apuesta. 

«Dios me ha atormentado toda la vida», dice uno de los personajes principales de la novela “Los Demonios”; los personajes encarnan las más profundas vivencias de su autor. Dostoievski mismo ha probado el tormento de Dios. La última y más grande de sus novelas, “Los Hermanos Karamasov” termina con una profesión de fe entusiástica en la resurrección. La obra de este autor se convierte en el testimonio y documento de una laboriosa búsqueda de Dios lo que hace de él un profeta de nuestro tiempo. Su fe es una fe combatida, una fe sufrida. “En los lugares donde está la salvación brota también el peligro” (Hölderlin). Tras su muerte, Tolstoi dijo de él: “Este hombre era el único que predicaba el cristianismo en Rusia”. ¿Quién predica hoy el cristianismo? 

“La gran tentación del futuro será que vamos a encontrar el mundo de la ciencia, de la técnica y del arte más vivo y más fascinante que el Dios de las Escrituras”, profetizó Teilhard de Chardin (+1955). Yo añadiría a esos ídolos, el deporte.


*Fabrice Hadjadj. La fe de los demonios... o el ateísmo superado. (2011).