Santa Inquisición y Reinserción Social, el caso de Aristeo B.

La historia de la justicia es tan profunda como la misma humanidad

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 17 febrero 2019 | 06:00

La historia de la justicia es tan profunda como la misma humanidad.  Y aunque cada cultura tiene una justicia distinta, hay tres elementos que frecuentemente coinciden en todas las épocas y lugares; la primera es la noción de un procedimiento, la segunda es una valoración de principios aceptados por un grupo social y, la tercera, la obligación de no usar a otro ser humano como medio para satisfacer un fin.

La justicia es también parte de la cultura de un pueblo, no es la misma justicia en América Latina que en África, en Asia o Medio Oriente. Tampoco es lo mismo la justicia ahora que hace cinco siglos.

En México –por la imposición de saberes durante el período colonial–, aprendimos que los griegos y los romanos se convirtieron en influyentes filósofos de la justicia para el mundo Occidental. En ese sentido, la justicia es mayormente entendida como una formalidad, donde un proceso concluye con una sentencia.

Los juristas españoles se encargaron de imponer una forma de justicia en la Nueva España. Por esta época, las monarquías europeas vivían una decadencia moral, política y judicial. Para muestra los juicios de la Santa Inquisición, donde el proceso se convierte en una mera formalidad para ratificar la culpabilidad del acusado; que incluía la tortura para obtener la confesión, la expiación de las penas con golpes y, frecuentemente, se usaba la pena de muerte. En la Santa Inquisición el objetivo de la justicia es castigar el pecado y el centro del sistema judicial es la religión.

En resumen, la justicia se reducía a castigar al pecador, porque el principio más importante era la fe y la religión.

Tras el triunfo de la Revolución Francesa en 1789, nacen el Estado moderno y la justicia moderna. Durante este cambio de paradigma político y económico también era necesario hacer un movimiento reformista radical en el sistema de justicia.

En 1764, Cesare Beccaria publica un libro de culto para el derecho moderno que titula “Sobre crímenes y castigos” que todavía se estudia en la dogmática penal. Las ideas de Beccaria se suscriben a la agenda de la ilustración, del humanismo y de un rompimiento con la tradición de la época inquisitiva.

El jurista italiano aborda la cuestión criminológica desde un enfoque novedoso para su época, donde el hombre es el nuevo centro del pensamiento. Para Beccaria, la razón científica y el estudio del comportamiento humano permiten alcanzar la justicia de los hombres. Dios ya no es más el centro ni la justicia es divina.

Luego de 255 años, Beccaria mantiene las riendas del pensamiento judicial penal. Como suele pasar con las modas, ser humanista dejó de ser un pensamiento revolucionario para convertirse en el dogma del sistema de justicia.

Así –para la justicia moderna–, es en el pensamiento humano donde estaba la respuesta para lograr la evolución del sistema penal; esto se puede resumir en algunas ideas centrales, en primer lugar, el hombre es el único que puede juzgar al hombre a través de la razón y de la ciencia; en segundo lugar, es necesario eliminar por completo cualquier matiz religioso o moral de la justicia, incluyendo las penas expiatorias; y, en tercer lugar, el objetivo de las cárceles debe ser la reinserción social.

Para sintetizar, en la modernidad el hombre tendría que ser tratado como un ser humano capaz de comprender sus errores, de reflexionar y cambiar su comportamiento para lograr la reinserción en la sociedad, una vez que haya pasado en reclusión el tiempo necesario.

En el discurso esto sonaba bien. Para Beccaria habría un procedimiento judicial imparcial, con un razonamiento objetivo, respetuoso de la dignidad humana, con alta certeza legal, confiable para el ciudadano; una justicia que cuenta con un apéndice en el sistema penitenciario diseñado para que, el inadaptado social, pueda aprender un oficio e insertarse como un sujeto productivo en la sociedad.

Tanto la Santa Inquisición, como el derecho penal moderno parecen estar distantes en el tiempo, pero no es así. Nuestra memoria social –enraizada en el imaginario colectivo–, no olvida estos paradigmas.

En Juárez, frecuentemente somos testigos de casos que rememoran a la Santa Inquisición y a la justicia moderna, pero pocas veces sucedo esto al mismo tiempo. 

Estos contrastes, son posibles en situaciones de alta controversia en la opinión pública. 

Por los medios de comunicación sabemos que el señor Aristeo B. actualmente está suspendido en su actividad como sacerdote por el derecho canónico y es acusado de violación agravada por la Fiscalía General del Estado.

El proceso judicial que vive Aristeo B., por la relevancia del caso es parecido a la Santa Inquisición, porque una parte de la sociedad dice que es culpable antes de comenzar el juicio y por el linchamiento social en nuestra nueva plaza pública: las redes sociales. 

Y, por otro lado, este caso también representa una muestra del arraigo al derecho moderno de nuestro sistema penal. Ya que, tal como lo propone Beccaria, Aristeo B. será sometido a un proceso judicial y, en su caso, si el juez lo declara culpable, al final irá a la cárcel durante un tiempo que le permita reflexionar sobre su condición de inadaptado social y, al cumplir la sentencia, estará listo para reintegrarse a la sociedad.

Ni el linchamiento social en redes sociales al estilo de la Santa Inquisición, ni una sentencia de culpabilidad se pueden llamar justicia porque no resuelve nada, ni repara el daño ocasionado, ni cambia al sujeto, ni evita, ni inhibe esa conducta ilícita. Nada cambia.

Uno de los secretos peor guardados de la modernidad es que el sistema penitenciario nunca ha funcionado pero –mientras no haya una mejor idea–, así se va a quedar hasta que llegue otro Beccaria a cambiar el paradigma. Por ahora no hay mucho que hacer.

Sin embargo, estoy convencido que durante 250 años hemos volteado a ver al lado equivocado –y lo volvemos a hacer ahora–, porque la prioridad para la sociedad no debe ser desbordarse para exigir el mayor castigo y que el Estado castigue más para darle la razón a la mayoría (a eso se le llama populismo punitivo). 

En lugar eso, debemos voltear a ver a donde sí es posible hacer algo. Como sociedad, hay que poner nuestra atención y energía en las víctimas y en las acciones de prevención social para que estos lamentables hechos no vuelvan a ocurrir.