Rumbo a los 100 días no hay mella pero urgen resultados

Con grandes expectativas inició la administración de Andrés Manuel López Obrador aquel 1 de diciembre del año pasado

LA COLUMNA
de El Diario
domingo, 03 febrero 2019 | 06:00

Con grandes expectativas inició la administración de Andrés Manuel López Obrador aquel 1 de diciembre del año pasado. No podía ser de otra forma en virtud de la arrolladora base electoral de su triunfo.

Esa alta credibilidad no lo ha blindado de un ejercicio de gobierno con múltiples problemas, algunos previsibles, e incluso errores.

A ello debe agregarse indefinición en temas cruciales y falta de acción real y expedita; por ejemplo, en el relevo de funcionarios del anterior régimen. Contexto de pifias y dilaciones que sus enemigos políticos han aprovechado para golpear política y mediáticamente.

Ni eso ha mermado en absoluto la corona que la opinión pública nacional ha entregado al Tlatoani del momento; al contrario, la aceptación ha crecido como espuma de cerveza o ingestión de guacamole en Super Bowl.

Fiel y disciplinado a su estrategia, envuelto en una bandera moral –pórtense bien, le dice a los mexicanos todos los días en su matutina conferencia de prensa– AMLO se aproxima a su primera prueba de fuego, los mentados 100 días.

Ese período se cumple el 1 de marzo, fecha casual del informe del gobernador Corral con quien el presidente ha mantenido una sana como férrea distancia. A lo más ha ignorado al chihuahuense cuando éste ha buscado en todos los tonos subirse al ring presidencial.

AMLO mantiene a Corral Jurado en rounds de sombra, emparejándole cuando es preciso a Yeidckol Polevnsky, la hábil líder nacional de Morena, como el viernes ocurrió en Harvard, o como presenciamos en la reciente visita presidencial de unas cuantas horas a Juárez. La lideresa preparó a golpes contra el mandatario el terreno fronterizo horas antes que arribara el presidente.


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Antes de López Obrador sólo Carlos Salinas rebasó casi con nada el 50 por ciento de la votación pero bajo la sombra de un fraude gigantesco cometido contra Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier. De ahí para adelante, las votaciones fueron atomizadas: Ernesto Zedillo 49 por ciento, Vicente Fox 42, Felipe Calderón 35 y Peña 38.

Con una base de 53 por ciento de los votos, Andrés Manuel obtenía también en números absolutos el mayor número de sufragios, 30 millones.

El respaldo le permite emprender lo que él mismo anticipó desde campaña, un cambio de régimen con acciones contundentes, como la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México o el combate frontal al robo de combustible.

Ni los más de 100 muertos en Tlahuelilpan, aun con la sospecha de inacción por parte del Ejército y Pemex, golpean su credibilidad, que ha subido del 75 al 80 por ciento.

En la opinión pública se va desdibujando la noticia de la muerte de la gobernadora Martha Erika Alonso y su esposo Rafael Moreno Valle, coordinador de los senadores del PAN. Apenas queda un recuerdo de las suspicacias, los detalles borrosos de ese accidente extraño todavía sin esclarecer. 

Al contrario, la secretaria de Gobernación Olga Sánchez resultó víctima de la intolerancia de los panistas de Puebla en las exequias públicas. De ese tamaño es el respaldo popular del régimen.

Tampoco lo afectó el error cometido con el presupuesto en materia de inversión a universidades públicas, donde tuvo que dar marcha atrás sin rubor alguno para enmendar la plana a la Secretaría de Hacienda y a la misma Secretaría de Educación.

Menos hay indicios de afectación por el involucramiento del Ejército en diversos ámbitos del ejercicio público, el NAIM, o la vigilancia en ductos, o la militarización de la seguridad pública con la Guardia Nacional, o la compra de pipas, o la venta de miles de hectáreas en Santa Fe.

Los ajustes de personal en el SAT, la ausencia de reglas claras e incertidumbre por la zona franca en la frontera –que mantiene en un suspiro a los contribuyentes, porque ya pagan el salario al doble con el cobro de un IVA al 8 por ciento, con la esperanza de no sufrir un quebranto– o la Ley de Salarios y Remuneraciones, aún sin definición y suspendida por la Suprema Corte, son aspectos que flotan en el ambiente, pero sin mella para la Cuarta Transformación, que cabalga bajo el brioso corcel de la popularidad y la Cartilla Moral de Alfonso Reyes.

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Tema aparte es la disputa con la calificadora Fitch Ratings, que esta semana elevó los niveles de alerta en el sector privado por la baja en la calificación otorgada a México en el tema Petróleos Mexicanos.

Si antes estábamos en AAA y BBB+, ahora nos encontramos en AA y BBB-, con perspectiva negativa. ¿Qué significa esto en términos llanos? Que no se observan acciones que resuelvan y atiendan los dos principales problemas de la empresa petrolera.

Que no hay flujos de inversión suficientes en exploración y producción, o sea una subinversión, y que persiste una distribución excesiva de fondos hacia el mismo Gobierno –nos seguimos gastando el dinero de Pemex–. Es decir, no se invierte y los pocos recursos que ingresan se van directamente al gasto corriente.

Y en este marco, no hay acción clara del Gobierno por revertir la situación.

La calificación fue una bomba en la administración de Andrés Manuel, porque Pemex con el huachicol es el principal tema mediático. Por ello la reacción airada: de hipócritas, cómplices silenciosos del robo en Pemex e incapaces, no los bajó.

Vino a salvar la situación Moodys, otra calificadora –esa si prestigiada y capacitada, diría el señor presidente–, que otorgó el beneficio de la duda, anunció que va a esperar un semestre para evaluar y sostuvo la calificación BAA3.

Pero ni este asunto quebranta la confianza de la cual goza el presidente, que ha basado su estrategia mediática en las conferencias de prensa matutinas.

En un estudio publicado en la revista nexos y firmado por el politólogo Luis Estrada, se analizan 12 conferencias de prensa del 3 al 18 de diciembre.

Del total de preguntas formuladas al presidente, sólo se ha dado respuesta al 71 por ciento, quedando el resto en el limbo.

De los temas preferidos para hablar están la austeridad, cultura, deporte, opositores y relaciones con los Estados Unidos. Los temas evadidos son el aeropuerto, la economía, la energía, la seguridad y la violencia.

Blindadas por los likes, caritas felices y corazones de miles de seguidores, las conferencias han permitido al presidente manejar la agenda diaria de medios, bajo el argumento de la transparencia y la rendición de cuentas. Nadie le dice nada.


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En un mar de complicaciones, sin descansar un solo día, Andrés Manuel se apersona a las seis de la mañana en Palacio Nacional para reunión con su gabinete. Luego atiende medios para marcar agenda y defenderse de ataques, y más tarde asume algunas obligaciones protocolarias o programas diversos. No se cansa como sus colaboradores que ya usan sillas en las conferencias de prensa que promedian una duración de una hora.

La cuestión es esa. Ellos no caminan a su ritmo. Y si eso ocurre allá, lo mismo pasa en Chihuahua. La Cuarta Transformación va en primera. No termina de arrancar. Ni siquiera en el tema de violencia que repunta como hemos dado cuenta con datos oficiales y una coordinación que no se afina ni aceita.

Con un gobernador que busca escenarios para reñir con la Federación, que le hace al académico tuiteando fotos desde Harvard donde hace anotaciones en libretita de bolsillo, con cargo al erario, pontificando en materia de democracia y ciencia política en lugar de gobernar.

Un escenario complejo con múltiples variables, con una carga de credibilidad elevada, y con la responsabilidad urgente de dar resultados, Andrés Manuel llega a los 70 días de gobierno con tropiezos que se hacen añicos ante la opinión ciudadana favorable.