¿Quién es mi prójimo?

En un cierto sentido somos nosotros mismos

Heziquio Trevizo
Presbítero
domingo, 14 julio 2019 | 06:00

En un cierto sentido somos nosotros mismos. El prójimo es aquél que se acerca a alguno, a los más lejanos, a los más necesitados. La humanidad está al margen de la historia, oprimida y desesperada, a pesar de todas las organizaciones de beneficencia y de asistencia, a pesar de las religiones y las buenas intenciones. Pero Cristo pasa y, para estar al lado de la humanidad caída, se hace digno de desprecio como un samaritano, –esos rivales del centralismo religioso oficial judío–, un excluido de la sociedad. De ahora en adelante, el hombre no vivirá únicamente de organizaciones o de devociones, podrá apoyarse sobre un amor fuerte; podrá levantarse y levantar a los otros, acompañándolos incluso en la vergüenza. El amor vence todos los obstáculos y no distingue entre amigos y enemigos. 

Todo el problema de nuestro tiempo ha escrito Th. Merton, es un problema de amor. ¿Cómo podremos recobrar la capacidad de amarnos a nosotros y de amar a los demás? Tal pareciera que nos odiamos y tememos unos a otros e incluso a nosotros mismos.

El materialismo moderno, dice este monje trapense, ha llegado a un punto en que, sistemáticamente o no, todas sus técnicas tienden a converger en la desintegración del hombre en sí mismo y en la sociedad. Los estados totalitarios manipulan inhumanamente a los seres humanos, degradándolos y destruyéndolos a discresión, sacrificando cuerpos y espíritus en el altar del oportunismo político, sin el más mínimo respeto por el valor de la persona. En verdad, puede decirse que las modernas dictaduras han desplegado por doquier un odio deliberado y calculado por la naturaleza humana como tal. Un problema tal rebasa ampliamente las posibilidades de las ciencias sociales y políticas, tenemos que mirar en otra dirección.  

La parábola del buen samaritano (=BS.) leída en toda la Iglesia este domingo, es una de esas joyas de literatura religiosa que ha llegado a convertirse en patrimonio de la humanidad porque su contenido y su mensaje capaz de configurar nuestra vida, e, incluso, una cultura, es perenne. El mensaje de esta parábola es capaz de sostener una civilización. 

La parábola parte de una pregunta sobre la vida, sobre cómo heredar la vida ‘eterna’. ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?; pregunta hecha, por un legista; cierto, con mala intención (Lc.10,25-37).

Jesús le responde, al más puro estilo judío, con otra pregunta, en dos tiempos: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees lo que está escrito en ella?”. Qué lees y cómo lo lees. Raudo, el escriba recita la ley cuyo contenido se resume en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. La respuesta de Jesús es contundente: “Has respondido muy bien; haz eso y vivirás”. Jesús alude a Lev. 18,5: “cumplid mis leyes y mandatos que dan la vida al que los cumple”. El asunto estaba zanjado. Sorprendido el escriba y descubierta su intención, se da cuenta que ha hecho el ridículo. Y vuelve a la carga. Dirige a Jesús la peor pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. ¡Un especialista en la ley que no sabe quién es su prójimo! Se creía intérprete acreditado de la L’ley, pero ¡no sabía quién era su prójimo! Es que es muy fácil saber de memoria los mandamientos, hablar de Dios, cuando en realidad nuestro corazón está muy lejos de Él. Entonces creamos los sistemas religiosos como refugios antiaéreos. Estos grupos opositores a Jesús han pasado a la historia como los estereotipos de un doloroso falseamiento de la voluntad de Dios; y no han desaparecido. Ello permite a Jesús perfilar un aspecto esencial de su doctrina.

“Y queriendo justificarse, preguntó a Jesús: y, ¿quién es mi prójimo?” Tal es el contexto en el que brota esta joya de la literatura primitiva cristiana. Y Jesús le propone la parábola del BS. Lucas sitúa la escena que podría evocar un incidente real, en el camino que va de Jerusalén a Jericó. Es una pendiente prolongada –unos 27 kilometro–, que por la configuración del terreno facilitaba los asaltos.

El héroe de la parábola es un hombre común y corriente; nada nos hace sospechar que se tratara de un hombre religioso. Más bien, podremos imaginarnos un hombre de negocios que hacía ese camino con frecuencia, provisto de vitualla y maleta de primeros auxilios. En algún recoveco del camino, su cabalgadura se espanta al encontrarse con un cuerpo tirado a la vera del camino. En este hombre religiosamente despreocupado existía, sin embargo, un hombre de buen corazón, un hombre que era capaz de sentir “compasión”. Ahí en el suelo, está tendido un hombre, con el rostro ensangrentado, asesinado, tal vez... Respira todavía con el estertor de la agonía. El viajero se acerca. Se da cuenta, entonces, de la maniobra de los dos viajeros que han pasado antes que él, pertenecientes a la casta sacerdotal: un sacerdote y un levita. Aquí está toda la carga de crítica religiosa hecha por Jesús. Una religión que no da más que para leyes, no sirve para nada. Aquellos dos personajes, un sacerdote y un levita, un cura y un diácono no encontraron en su religión ningún motivo para la compasión; su religión, por el contrario, les advertía que no debían tocar sangre ni cadáveres so pena de quedar «impuros». Tranquilamente, sosegada la conciencia mediante el paliativo religioso, se consideraban exentos de la caridad. ¡Triste religión! No les daba para más.

El otro hombre, por el contrario, detiene su camino, se apea y se acerca al herido. Para mayores datos era un samaritano, gente despreciada, contaminada de paganismo y en franca oposición a la centralización político-religiosa de Israel. Cuando los judíos querían insultar a alguien lo llamaban samaritano. Así calificaban los judíos a Jesús. Con la fuerza de contraste, pues, Lucas teje el mensaje.

El samaritano no tiene esos escrúpulos. Pero tiene compasión y acercándose, le venda las heridas; echa en ellas aceite y vino, receta del viejo Hipócrates. Le hace montar sobre su cabalgadura y él hace el resto del camino a pie cabestrando su mula y sosteniendo fraternalmente al herido. Lo lleva al mesón y lo cuida aquella noche. Al despedirse, al día siguiente –hay que seguir el camino, después de todo–, saca dos denarios, se los da al mesonero y le dice: «cuida a este hombre, y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi regreso». La clave de esta parábola, el mensaje esencial, el que hará girar la concepción religiosa e inaugurar una forma nueva y definitiva de adorar a Dios, consiste en que la caridad, la compasión, el hacerse cercano, prójimo del pobre, del desvalido, del necesitado, es un acto religioso que en lo sucesivo estará colocado a la base de la santidad, o si prefiere, a la base de toda expresión auténticamente religiosa.

El escriba no había entendido nunca el principio religioso profundo que une, que identifica casi, el amor a Dios y el amor al prójimo. El samaritano simplemente poseía un corazón compasivo. Lucas nos dice, así, que Jesús es el buen Samaritano. “El hombre que cayó en manos de los ladrones somos toda la humanidad. Cristo es el buen samaritano” (S. Agustín).

Al terminar su parábola, Jesús le pregunta al escriba: ¿Quién de los tres, el levita, el sacerdote o el samaritano, se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Contestó: el que lo trató con misericordia. Y Jesús le dijo: ve y haz tú lo mismo. ¡Vaya porrazo a toda deformación del cristianismo! El samaritano se hizo cercano, se hizo prójimo de aquél infeliz. Y éste es un gesto auténticamente religioso; es más, el cristianismo no conoce otro camino para «heredar la vida», que fue la pregunta inicial.

Y ¿qué relación guarda esta parábola con la política? Si somos capaces de rescatar el significado de la política de su devaluación actual, la relación es profunda y vital. A cualquiera que le interese el Reino de Dios ha de interesarle también la política, porque esta es «cuidadora de la existencia», (Arendt). La fe cristiana se sitúa en la línea profética que descubre la estrecha vinculación entre el cuidado del ser humano, especialmente en necesidad, con la voluntad de Dios. Lo primero que Dios pide es que cuidemos del otro, del pobre, del huérfano, de la viuda, del extranjero, lista que, en la tradición bíblica, sintetiza al ser humano desvalido, sin protección, a merced del abuso. Por esta razón, el verdadero culto a Dios se realiza en la misericordia con el hermano indigente. Estas indicaciones están llenas de consecuencias que pueden demostrarnos su dimensión política porque, como lo hemos dicho antes, la política ha de preocuparse en última instancia por el hombre mismo para no caer en lo que condenaba Nietzsche: “la política se preocupa del bienestar del hombre, pero no del hombre”.

PD. Lo sucedido en Baja California es lo más grave en lo que va de este régimen. Debió haber puesto en pie a todos los mexicanos. Los detalles revelan el “vaciamiento de la política”. El atentado contra la Constitución lo ejecutan diputados de otros partidos diferentes al del beneficiado. Pero más allá de los detalles, creo que se trata de un ensayo, de una “bola de desperdicio”. Si el pueblo ni cuenta se da, le seguimos. Al cabo, la conciencia vale 2 mil 550, bimestrales. ¡Y el presidente no tuvo opinión al respecto!  Si todo esto no es corrupción, ¿qué es? Ciertamente no es el buen samaritano, “ni vino nuevo en botellas nuevas”.