Opinión

Que muera el PRI

Hace 60 años el PRI era el partido ultra hegemónico

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 10 octubre 2021 | 06:00

Hace 60 años el PRI era el partido ultra hegemónico. La dictadura perfecta, le llamó Mario Vargas Llosa. Coincidentes y disidentes hacían un equipo perfecto de aparente contrapeso. Pura faramalla, pero funcionaba con la precisión de un reloj suizo.

Así se construyó el México del Siglo XX, con la fuerza de un partido único que consolidó un proyecto de nación, con auténticos logros sociales como el IMSS, el sistema de educación pública, el Infonavit, el mismo INE, Pemex, en fin, todas las instituciones, con sus virtudes y sus defectos, las diseñó y fundó el PRI.

El PRI-Estado era un titán invencible por su pragmatismo sin límites. Lo mismo podía aplastar a un amigo del sistema sin un ápice de remordimiento, que sentarse a negociar con un enemigo y comprar hasta al espíritu más libre y puro al precio que fuera. Nada estaba fuera de su radio de alcance.

Al final de cuentas, el primer objetivo del Estado es que el Estado sobreviva, con, sin y a pesar de la sociedad.

El PRI logró algo que pocos países en Latinoamérica alcanzaron: la gobernabilidad. Pero todo tiene un precio. A cambio tuvo que ir soltando la cuerda hasta que perdió el control político.

El mundo cambió muy rápido. En la década de los ochenta el PRI-Estado dejó de ser hegemónico gradualmente. Es irónico, pero la historia nos dice que cuando el control político es más férreo está más cerca el final.

Todo es un ciclo. El primer paso de un político es llegar al poder, el segundo es mantenerlo, el tercero es controlar todo y el último es preparar la salida. Tan importante es llegar, como estratégico es irse, para todo se necesita el timming. El PRI no se preparó para desaparecer, no hubo un plan para cerrar el ciclo. Éste, es un error frecuente cuando se saborean las mieles del poder, porque el tiempo parece detenerse y se pierde la noción de la realidad. Pero el poder no es eterno, al contrario, es el más efímero y finito de los estadios del hombre.

Con gran lucidez, la serie coreana El Juego del Calamar nos muestra una filosofía de vida que funciona también en la política. El organizador del macabro juego donde se apuesta la vida por dinero, le dice al ganador que tener demasiado dinero y no tener nada tienen el mismo problema, no se disfruta la vida, no hay satisfacción. Así es también en el ejercicio del gobierno, el PRI-Estado duró en el poder 71 años ininterrumpidos, pero hubo una fatiga crónica, todos querían ser generales pero nadie quería ser tropa, se fue erosionando la estructura hasta que la ideología pasó de moda. En ese entonces, tener todo el poder hizo tanto daño como ahora el no tener nada.

“Dios sí perdona, el tiempo no”, como dice la canción de la Sonora Santanera. Se murieron los dinosaurios del PRI, forjados en el México posrevolucionario, los mismos que creyeron en el sueño mexicano de la década de los cincuenta, un meteorito llamado globalización económica acabó con ellos. La idea de transformación del sistema político mexicano, fue el nuevo paradigma de los tecnócratas que estudiaron en Harvard, Stanford y Yale, y querían cumplir con los cánones de una democracia al estilo de los países industrializados que les enseñaron los maestros gringos.

En el año 2000, el PRI tuvo su primer descalabro al perder la Presidencia de la República.

Para el 2012, el PRI regresó por el último respiro. Se abrió una coyuntura que aprovechó el mítico Grupo Atlacomulco, una especie de nave nodriza con cobertura nacional, fundado por el profesor Carlos Hank González, el mejor exponente del modelo de político priista, un hombre de origen humilde que construyó un imperio político y económico a la sombra del PRI-Estado.

Durante cinco largas décadas, todos querían usar la escalera del Profe Hank para saltar a la cima de la pirámide social. El PRI-Estado era una mina de oro para los tahúres de la política. Pocos querían servir a la patria, la gran mayoría querían servirse del erario público y de una economía subterránea donde corrían caudalosos ríos de billetes.

Los juniors del Estado de México, hijos de la primera camada del Grupo Atlacomulco, llegaron con ansias de comerse el pastel entero en seis años. Nadie podía garantizar otro golpe de suerte. Entonces vino el saqueo al viejo estilo, pegarle directo al cajón sin miramientos y dejar embarcados a los más ingenuos con las arcas vacías.

Y “hágase lo que se deba, aunque se deba lo que se haga”, frase que don Luis Ochoa Minjares le atribuye al exgobernador Óscar Flores y que tiene a la mayoría de las entidades endeudas con obras que nunca se hicieron. Y ahora resulta que son muy demócratas.

El PRI se quedó sin el PRI al dejar de ser Estado. No sabe ser partido político, es un pez en el desierto, destinado a morir afuera de la pecera del poder. Incapaz de consolidar un discurso ideológico, sin estructura en la mayor parte del país, sin legitimación en su militancia y rondando peligrosamente el cinco por ciento en las últimas elecciones, el PRI vive sus últimos años de agonía.

No conforme con la debacle, los adversarios del PRI lo han puesto de rodillas, aquel titán hegemónico de hace cincuenta años, hoy es una caricatura de una mascota obediente. En Chihuahua, el PRI se entregó de bruces al PAN y, a nivel nacional, está a punto de lanzarse a los brazos de Morena. Este final, esperado por millones, es una broma de mal gusto que solamente reafirma la debilidad de un partido en la desgracia. Lo digo categóricamente, no se acabó el PRI, se lo acabaron.

Lo peor de todo esto no es que un partido se extinga, lo terrible para México es que ni el PAN, ni Morena, ni ningún otro partido emergente, son mejores que el PRI. Son iguales o peores. En muchos sentidos, la 4T representa todo lo que he descrito aquí y el PAN ni se diga.

Lo más heroico que puede hacer Alejandro Moreno, el presidente del PRI, es aceptar la realidad y disolver el PRI, que renuncien todos y cierren la puerta para, así, demostrar algo de dignidad por primera vez en su vida. De todas las versiones del PRI, la de Alito es la peor, esto tiene que acabar ya.

Y, si renace el PRI algún día, tendrá que ser con nuevos cuadros y con la militancia que solamente se toma en cuenta de dientes para afuera; que quienes lleguen a refundar el partido no tengan ningún recuerdo, ni el ADN de los dinosaurios, ni de los tecnócratas, ni del Grupo Atlacomulco, ni de los grupos regionales que han actuado como caciques del poder.

Que muera el PRI de las élites para que pueda volver a vivir desde la base. Para lograr eso se tienen  que salir todos los que se han servido y que siguen con la falacia de que quieren trabajar por el pueblo, si fuera auténtico, no necesitan un partido para ayudar a los más vulnerables. La realidad es que quieren emular al profe Hank y servirse con las dos manos.

Es el momento de que muera el PRI de Alito y, en Chihuahua, que muera el PRI de los Baeza, de Patricio, de Alejandro Domínguez, de Guillermo Márquez, de Graciela Ortiz y de Omar Bazán para que pueda reconstruirse desde la base y desde cero.

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