Opinión

¿Por qué tantas sillas vacías?

A un día y pocas horas para terminar el 2020 estamos en una suerte de limbo

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 30 diciembre 2020 | 06:00

A un día y pocas horas para terminar el 2020 estamos en una suerte de limbo; el sentimiento que priva es muy diferente al de los muchos años que se han despedido: es poca la nostalgia por los momentos vividos que motivan gratitud y las expectativas por lo que deparan los meses venideros solo despiertan razonables buenos deseos. Además, hay muchas sillas vacías que no deberían estarlo … familiares, amigos, compañeros de trabajo no tendrían que haberse ido. 

¡Que se vaya este año de pesadilla!, dicen algunos, como pensando que con ello se cortarán de tajo las vicisitudes que nos obsequió y la inercia con la que habrá de empezar el 2021.

Después de más de 120 mil muertes de mexicanos reconocidas -porque detrás hay otros datos- se percibe poco interés por proteger y mucho intento de engaño cuando se escucha decir, día tras día, que el pueblo ha tomado conciencia del cuidado que debe tener para controlar la tantas veces, pero nunca realmente, “aplanada” curva de la pandemia. Es la voz que hace unos meses nos invitaba a abrazarnos: “no pasa nada” decía, “no mentir, no robar, no traicionar”, fue su recomendación para combatir el virus, que aunado a la protección de una estampita y un trébol de cuatro hojas guardados en la billetera aseguró que nos haría invencibles.

La realidad es que ciertamente los mexicanos somos un pueblo como pocos. Me contaba una alumna recién recuperada de Covid, que a la tienda de abarrotes familiar que ella atiende llegan clientes sin cubrebocas y, cuando tímidamente por temor a ofenderlos les invita a usarlo y seguir los protocolos sanitarios, se ufanan al decir que de todas formas no se van a escapar de morir. ¿Y qué van a comprar? hasta 500 pesos de cerveza ¿y de dónde sacan el dinero? ¡Ah! ¿pues de dónde cree? De los apoyos que les da el gobierno. Historia de la vida real.

No vayamos más lejos. Hoy nos sentimos apesumbrados por la partida de un muy estimado compositor: Armando Manzanero, muy cercano al pueblo mexicano, en todos sentidos, quien, cansado ya de la pandemia, dice su hijo, realizó un viaje para celebrar su cumpleaños. ¡Faltaba menos! Un día después de regresar, el 11 de diciembre, acudió a inaugurar un museo en su honor: La Casa Manzanero. Se le veía bien, sano y contento… hasta entonces. Seis días después fue a dar al hospital y, finalmente, tras 11 días de luchar por su vida, partió. Su festejo, como el de muchos otros que han ido tras la fiesta y diversión, le dio poco más de dos semanas de vida. Estas son historias de la vida real y algunos todavía dudan que el bicho exista. 

Va a iniciar un incierto 2021 con un cada vez más grande deseo de saber sobre qué piso estamos parados. La vacuna es una falacia: las dosis que han llegado al país, que por cierto tuvieron un recibimiento y custodia dignos de un jefe de Estado, apenas alcanzarían para vacunar a la mitad de los asistentes a un juego de futbol en el Estadio Azteca. Si del virus aún se está aprendiendo y de la vacuna se sabe lo elemental, confiar en que falta poco para salir del túnel es ingenuo, más aún cuando la logística para su aplicación es opaca y con ciertos matices de control.

Con la salud en entredicho, la economía a la baja, la inseguridad al alza y una guerra de descalificaciones que desde ahora dan mal sabor a las elecciones del próximo año, los ciudadanos, ya sea por sentido común o hasta por mera suerte, estamos obligados a hacer lo que podamos para mantenernos a flote y, además, a animarnos y ayudarnos unos a otros.

No obstante, considero necesario poner aquí punto y aparte para hacer una pausa, porque, ante la terrible crisis que hemos lidiado, sí, unos más que otros, y que habremos de seguir lidiando en los meses venideros, se vuelve imprescindible voltear hacia nuestro interior para agradecer a Dios por estar aquí, por la salud, por quienes tenemos, por lo que tenemos y, más que solo eso, actuar en consecuencia: reclamar lo que por derecho corresponde y hacer lo que por obligación se debe; extrañando día tras día a quienes se fueron dejándonos tantas sillas vacías y, en honor a ellos, trabajar y luchar por un mejor país. 

En ese ánimo y desde lo más profundo de mi ser, expreso hoy mi deseo de que haya pasado una Navidad de paz y pido lo mejor para todos en el año que inicia.