Opinión

¿Por qué no ha podido AMLO con la seguridad de Juárez?

Esta semana, Ciudad Juárez volvió a la escena nacional; el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que no han podido con el tema de seguridad

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 10 marzo 2019 | 06:00

Esta semana, Ciudad Juárez volvió a la escena nacional; el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que no han podido con el tema de seguridad en Juárez. La frase encierra un mensaje doble, porque de aquí se desprende una segunda conclusión: si en Juárez no han podido, es presumible que en el resto del país sí hay resultados. 

En realidad, los decisores del Gobierno federal actual tienen la creencia que han podido resolver una parte del problema en el resto del país, pero no lo pueden comprobar. A ciencia cierta no lo saben. Creen que avanzan en la resolución del problema, síntoma de que ni siquiera saben cuál es el problema. Tienen puesta su mirada en el lado incorrecto.

AMLO dice que va bien en materia de seguridad, pero la percepción de la sociedad no es tan optimista. Apenas se han cumplido los primeros cien días y la euforia colectiva comienza a desvanecerse. La espuma está bajando. Seamos honestos, un discurso celebratorio de cambio y esperanza no es suficiente para modificar la realidad.

En Juárez la agenda de seguridad de la 4T ha impuesto tres acciones principales: establecer las mesas de seguridad, dividir en cuatro regiones la geografía municipal e impulsar la agenda legislativa de la Guardia Nacional.

Estas tres iniciativas ya son conocidas, en realidad no aportan nada novedoso. Comencemos el análisis con la división territorial. Es un acierto, aceptar que las lógicas del crimen organizado son diferentes en cada región. Pero es necesario ir más allá en el análisis, Juárez es una región de regiones, porque aquí confluyen diversas expresiones de los grupos criminales, que actúan en diferentes escalas, dividir el mapa en cuatro no es suficiente. De hecho es una respuesta simple a un problema complejo.

En la geopolítica del crimen Juárez es un gran centro logístico y estratégico, pero está fracturado, mejor dicho, astillado. Las organizaciones criminales perdieron el control hace más de veinte años, en gran medida esto fue provocado por el cambio del mercado ilegal; por otro lado, nuevas drogas trajeron a nuevos consumidores; también, el cambio en la política de seguridad nacional de Estados Unidos que provocó un cambio radical en las rutas del tráfico de drogas.

Los grupos criminales se adaptaron rápido a la nueva realidad y soltaron el control, con eso, se atomizaron en pequeñas células diversificadas. Astillas aisladas, eso son, provienen de un gran árbol del crimen que se mide en las estadísticas con los delitos y que se depositan en una sola tabla de Excel. Estos números cada vez nos dicen menos.

Cuando observamos la inseguridad, queremos respuestas fáciles y esto nos lleva a hacernos las preguntas equivocadas. Se nos olvida una regla elemental: la solución de un problema, nunca está afuera del problema. Intentaré explicarlo con una analogía, si mi problema es que el auto no funciona, la solución está en el mismo auto, para eso necesito un diagnóstico y después un plan de acción.

Continuando con el mismo ejemplo, yo no soy mecánico, ni se de autos, pero creo que la falla está en el carburador, mi diagnóstico es “a ojo de buen cubero”; entonces voy y compro un carburador nuevo para el auto y me lo instalan, pero el auto sigue sin funcionar. Mi creencia me llevó a un diagnóstico falso y una estrategia fallida.

En ese sentido, las estrategias del Gobierno federal no han podido bajar los índices de violencia porque el diagnóstico está fallando. Esto no es nuevo, al contrario, es frecuente en la administración pública. 

Además, no pueden hacer un diagnóstico porque no hay registros ni antecedentes. En México cada cambio de administración se pierde la memoria, no existe un catálogo de prácticas exitosas en materia de seguridad y mucho menos de fracasos (que serían muy útiles para no repetir los mismos errores).

Algo peor, cuando las cifras de los índices de violencia llegan a disminuir, tampoco hay certeza en las razones. Simplemente, las autoridades prefieren celebrar y presumir que bajaron los índices gracias a sus estrategias.

Considero que, en gran medida, el problema está en la perspectiva; la percepción generalizada es que existe un gran árbol que se llama crimen organizado –esto conforme a la construcción del imaginario colectivo que se alimenta de las series de Netflix–, y que es el responsable absoluto de la violencia; sin embargo, esta imagen no existe en la realidad. Aun así, seguimos combatiendo el crimen como si fuera un ente único.

En cuanto al modelo de mesas de seguridad, hay que aceptar que tiene virtudes evidentes: el manejo de información para generar estadística, la cercanía de la sociedad civil con los mandos policíacos para el seguimiento y la promoción de la vinculación interinstitucional. Pero, debemos reconocer que estas virtudes no son suficientes para solucionar el problema. 

Juárez tiene una larga tradición de 11 años con la mesa de seguridad y justicia, sabemos cuáles son los alcances y los límites de este ejercicio ciudadano. Dice la filosofía popular que no se le puede pedir peras al olmo. En esa tónica, a la mesa de seguridad se le pueden pedir los índices de inseguridad, pero no se le puede exigir que resuelva los problemas de inseguridad; no es lógico. 

Y, finalmente, la otra iniciativa, la Guardia Nacional que, para algunos, representa una militarización enmascarada y para la 4T es la solución del problema. Pues otra vez Juárez es referente en esto; en 2008 los militares tomaron el mando de las corporaciones policíacas en Juárez; un año después lo hicieron los federales. Y ni así bajaron los índices de violencia.

¿Mando Único? ¿Policía militarizada? ¿Policía comunitaria? ¿Policía de barrio? ¿Policía de proximidad? Es muy probable que todos los modelos policiacos se hayan implementado en Juárez y no sabemos cuál funcionó y cuál no. Mucho menos por qué.

De todo esto, algo hemos aprendido: con un nuevo título en la corporación y un discurso no se resuelve el problema de la seguridad; mucho menos si las acciones siguen siendo las mismas. Otro aprendizaje es: tenemos que documentar las experiencias.

Finalmente el reto de entrada es dejar de ver el árbol de las estadísticas criminales y voltear a ver a la astilla, documentar los casos particulares, seguir las historias de vida, visibilizar la noticia que aparece al margen en los periódicos.

En ese sentido, el problema no está en el índice de inseguridad, ni se resuelve metiendo gente a la cárcel y poniéndole un número. Si pensamos eso, tenemos la ecuación al revés. El problema es la seguridad y se resuelve con la prevención.

Siguiendo el mismo orden de ideas, el problema y la solución comparten el mismo nombre, se llama Juan, Pedro, Mario, porque son vulnerables frente al crimen organizado, porque tienen entre 14 y 25 años, van mal en la escuela, viven en la pobreza, tienen antecedentes familiares de consumo de drogas, no están atendidos por sus padres y tienen pocas oportunidades.

Entre otras razones, no han podido en Juárez porque no hay un estrategia fuerte de políticas públicas de la 4T en materia de prevención. Las becas son apenas una arista de decenas de iniciativas que deben llegar hasta ese nervio de la sociedad. 

En conclusión, a Juárez le urgen más acciones de prevención de la violencia en adolescentes y jóvenes. Si quieren resolver el problema, la 4T debe voltear a ver al lado correcto.