Políticos en aprietos

Para casi la mayoría de las personas, hombres o mujeres, resulta motivo de orgullo y satisfacción la profesión, actividad...

Francisco Ortiz Bello
Analista
domingo, 10 marzo 2019 | 06:00

Para casi la mayoría de las personas, hombres o mujeres, resulta motivo de orgullo y satisfacción la profesión, actividad o empleo que desempeñan, incluso al punto de presumirlo a veces más allá de los límites de la mesura, el decoro y la modestia, porque evidentemente se sienten bien desempeñando tal actividad, además de los logros que hayan podido obtener.

Como en todo, es imposible generalizar, existen excepciones. Hay algunas profesiones o empleos que, contrario a lo señalado en el párrafo anterior, le causan incomodidad, molestia o hasta vergüenza en algunos casos, a quienes las desempeñan. La política es una de ellas.

La política como profesión, como actividad profesional, se encuentra sumamente desprestigiada, es de las actividades peor calificadas por los ciudadanos al punto que, muchos de quienes se dedican a ella, se avergüenzan por eso. No faltan quienes se dicen “no ser políticos” aunque de eso vivan y eso se dediquen solamente, en un infructuoso afán por deslindarse de una actividad tan desprestigiada. Como si negándolo fueran a mejorar las cosas.

La política como actividad profesional debería ser considerada como una de las más nobles y necesarias para el desarrollo de las naciones, de los pueblos, de las comunidades, porque en su praxis teórica está enfocada precisamente a la atención de las necesidades más sentidas de una población, es la disciplina social por esencia que más debería beneficiar al ciudadano en todos los órdenes de su vida, encargándose del bienestar social, de la seguridad, del Estado de Derecho, de las obras públicas, en fin, de proporcionar al ciudadano una mejor calidad de vida.

Por lo tanto, no es en sí misma la política como profesión la que está desprestigiada, sino que han sido los malos políticos –por desgracia muchos y más cada vez– los que con su deshonestidad, conformismo, ineficiencia, abuso de poder y cinismo, han terminado por desprestigiarla desvirtuando sus fines fundamentales.

Resulta muy sintomático y revelador que, cada vez más ciudadanos ajenos al quehacer político terminan por entrar a dicha actividad. Empresarios, profesionistas independientes, candidatos sin partido, amas de casa y hasta estudiantes se suman en mayor numero a las filas de la política, lo cual no es necesariamente malo pero sí tiene sus fuertes inconvenientes, argumentando precisamente ese hartazgo de los políticos de siempre, y de que la política actual no sirve para nada. Insisto, no es la política en sí misma como ciencia o disciplina, son quienes la ejercen, los políticos.

El problema con esta “nueva camada” de políticos –aunque no les guste que así les digan, lo son– es, precisamente, que desconocen por completo el quehacer de la política como disciplina, como ciencia social y como actividad profesional. Todas las actividades, empleos o profesiones, por más simples o sencillas que puedan ser, tienen en realidad sus complicaciones, sus bemoles, sus secretos y, quienes las desempeñen, los deben conocer a la perfección si quieren dar buenos resultados.

Imaginemos que de pronto le dicen a usted que, debido a la mala imagen de la institución, renovarán a toda la plantilla de médicos y enfermeras en el hospital donde atienden a un familiar suyo y que, para acabar con los vicios y malas prácticas de los médicos y enfermeras actuales, los reemplazaran con personas muy entusiastas, honestas y eficientes, pero que no han estudiado nada relacionado a la medicina ¿lo imagina? ¿Cuál sería su reacción?

O quizá otro enfoque de ejemplo: ¿usted permitiría que un amigo suyo muy apreciado, reconocido y estimado, pero que no es abogado, lo defendiera en un juicio en el que usted puede resultar privado de la libertad? ¡Claro que no! Supongo.

Pero ¿a qué voy con estos ejemplos y razonamientos? Simple, dice el refrán popular mexicano “Zapatero a tus zapatos”, o lo que es lo mismo “políticos a la política”. El ejercicio profesional de la política, como empleo pues, exige de ciertos conocimientos, de cierta experiencia, de cierto perfil personal, de ciertas características de carácter y temperamento del individuo. Al igual que se requiere en cualquiera otra actividad o profesión. No podemos poner a talar árboles a alguien que carece de brazos, ni podemos pedirle a un mudo que dé las noticias en el noticiero matutino de radio ¿verdad? Quizá sean ejemplos extremistas, pero sirven para comprender mejor la idea central del razonamiento.

Por todo ello, en este espacio quiero analizar el caso de dos políticos juarenses que hoy ejercen altos cargos de gobierno y que ninguno de los dos, antes de hoy, se había dedicado como tal a la política.

Se trata del alcalde independiente de Juárez, o sin partido, Armando Cabada, y del representante para Chihuahua del Gobierno de la República, Juan Carlos Loera de la Rosa. Ambos jóvenes y exitosos profesionistas o empresarios en sus respectivas actividades anteriores, pero sin la experiencia del ejercicio político como tal.

Empecemos con Loera de la Rosa, ingeniero de profesión y exitoso empresario local en el ramo del aluminio. Metido a la política a través del activismo social hace unos cinco o seis años, y hoy convertido en poderoso delegado federal de Programas Sociales en el estado. El superdelegado le llaman. Vaya que se encuentra en aprietos en estos momentos. Y no por falta de capacidad, inteligencia o falta de perfil, no, nada de eso, sino porque al llegar al cargo desconocía por completo los códigos secretos del ejercicio político. 

Juan Carlos, un hombre bien intencionado e ingenuo en los avatares de la política, ha sido sorprendido ya por no menos de 10 supuestos amigos o compañeros de partido o de Gobierno. Entre sus “amigos” y sus enemigos naturales vaya que ha recibido tremendo golpeteo mediático y político, aprovechando su inexperiencia y su falta de oficio en la actividad. 

Vaya, hasta sus apuros para controlar eficientemente su agenda de trabajo han sido motivo de señalamientos y burlas. Y no es que no esté trabajando, ni que esté haciendo mal las cosas, no, sólo que no ha encontrado aún la manera de organizar correctamente su tiempo en relación con sus funciones, jerarquizando adecuadamente por prioridades cada tema, cada persona, cada grupo, cada interacción, para cumplir su cometido que no es otro que ser el poder político del presidente López Obrador en Chihuahua, ese es y no otro. Lo de sus funciones como delegado son lo de menos, eso sí lo está haciendo, pero falta la parte política precisamente. Trabajar en desempeñar una lista de funciones y tareas es una cosa, y operar políticamente para el presidente de la República es otra muy distinta.

Vayamos ahora con el presidente municipal independiente Armando Cabada. Si bien es cierto que nunca antes había desempeñado un cargo público, su profesión de comunicador y periodista lo hizo vivir muy de cerca esa actividad, incluso desde dentro del escenario, porque para un periodista entre más cerca se esté de los hechos, mejor se pueden reproducir e informar. No obstante eso, Cabada también padeció en su primera administración las consecuencias de la inexperiencia e ingenuidad. Varios de sus colaboradores muy cercanos se dedicaron a todo menos a realizar su trabajo durante los dos primeros años de su gobierno, llegando incluso al extremo de traicionarlo apoyando a otros grupos políticos o candidatos durante la campaña electoral del 2018 en la que Cabada buscaba la reelección. Traiciones y deslealtades que estuvieron a punto de costarle el triunfo.

A su favor ambos, Cabada y Loera, tienen una característica positiva: aprenden rápido. Tener la humildad suficiente para reconocer lo que se ignora es fundamental en cualquier campo de la vida, más aun en la política que es un mar embravecido e infestado de tiburones.

Y no es que los dos políticos mencionados y cuyos casos analizamos someramente en estas líneas estén apuros. Por el titulo de esta colaboración. Es que son muchos más los que si están en apuros, o lo estarán pronto, porque quien se mete a la política, político es, y más vale que piense y actúe en consecuencia porque de no hacerlo, pagará las consecuencias.