Opinión

Nueva normalidad, nueva normatividad

La historia nos cuenta que en la segunda parte del siglo XIX la revolución industrial provocó grandes movimientos migratorios del campo hacia las ciudades

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 20 mayo 2020 | 06:00

La historia nos cuenta que en la segunda parte del siglo XIX la revolución industrial provocó grandes movimientos migratorios del campo hacia las ciudades: la población rural acudía a las urbes en busca de trabajo con el afán de mejorar sus condiciones de vida. Llegados a la ciudad, si bien encontraban el trabajo que buscaban, el tema del alojamiento se convertía en el gran problema a resolver. Galerones oscuros, azoteas húmedas y buhardillas improvisadas, eran escenario del hacinamiento de los obreros que, sin tener otra alternativa, compartían los pisos, paredes y techos que los propios dueños de las fábricas les facilitaban, y aún les cobraban por ello. Una turbia realidad… ante la que las enfermedades no se hicieron esperar. El medio insalubre cobró su factura: al poco tiempo los obreros se contagiaban unos a otros enfermedades desconocidas, unos morían, otros ya no eran útiles en su trabajo y otros tantos regresaban a los campos para alejarse del terror que vivían. Más el resultado era uno: la mano de obra que tanto se necesitaba se vio mermada ante el problema de salud de los obreros que tenía como origen su manera de vivir. Preocupados, no por las personas ni por sus condiciones de vida y de salud, sino por las pérdidas que les significaba no tener suficiente mano de obra, los dueños de las fábricas se apresuraron a convocar a especialistas de la salud para que les ayudaran a definir medidas de higiene para aplicarlas a los espacios en donde habrían de vivir los trabajadores y, de esta forma, acabar con aquel ciclo de enfermedades que se había volcado sobre ellos. Así, teniendo como eje razones económicas y como base la necesidad de tener trabajadores sanos para potenciarlas, es que surgieron los primeros reglamentos urbanos que determinaron la necesidad de normar desde el ancho de calles, definir parcelas y separación entre predios, hasta normas de ventilación e iluminación en las viviendas. Posteriormente la práctica de urbanismo derivó en propuestas como la llamada Ciudad Jardín, muy burguesa a mi parecer, y por tanto alejada de necesidades y problemas de alojamiento de aquellas personas por las que el urbanismo y sus normas surgieron. Así se pasó de la época conocida de los higienistas, a los utopistas. Lo anterior no es un cuento, y cualquier coincidencia con la realidad tampoco es coincidencia. Pareciera que estamos en una especia de cápsula de tiempo que nos remonta a la Inglaterra de 150 años; [ero lo que sí es cierto, es que cada vez que sucede una catástrofe extraordinaria intentamos, desesperadamente, salir a flote y olvidar todo aquello que arrancó nuestro estilo de vida, volver para retomar lo que sentimos perdido, regresar a la normalidad. Pero ¿qué es la normalidad? Y más aún ¿alguien entiende lo que significa “nueva normalidad”? Yo no. Más aún, estoy convencida de que no existe la tal “nueva normalidad”, porque si bien entiendo, lo que consideramos como “normal” es una construcción social que tiene lugar a través del tiempo como resultado de las prácticas de las personas ante una determinada situación. Por eso, su mismo nombre lo sentencia: la “nueva normalidad” no pasa de ser una falacia. Aun cuando al caminar por diferentes rumbos de la ciudad podamos ver cómo se comportan las personas, el flujo de vehículos y, en general, los cambios que ha tenido la vida urbana a causa de la pandemia, lo cierto es que por más escenarios que podamos plantear, solo después de pasados algunos años podremos decir qué significó la “nueva normalidad”. Sin embargo, aun cuando por ahora solo es un término hueco, es importante tomar conciencia de que, si bien la responsabilidad y decisión de cómo enfrentar la pandemia es personal, la suma de esas individualidades a final de cuentas conformará un todo y, ese todo, vendrá a ser la nueva normalidad que a todos va a involucrar. Por un aparte estamos con el semáforo en verde y por otro tenemos el 25% de letalidad: el covid no se ha ido. Por ello, y para tomar esa decisión personal de la mejor manera, asumo: es necesario que los discursos, la información y los hechos sean certeros y congruentes y que, necesariamente, bajo la certidumbre que la congruencia brinda, tal como se hizo hace 150 años -más ahora, espero, que principalmente por cuestiones de salud y no por presiones económicas- se consideren nuevas reglas: una nueva normatividad que establezca medidas de convivencia urbana que emerja de los paradigmas que esta peste ha derrumbado, porque la vida, como la conocíamos antes, ya no podrá ser jamás.

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