Opinión

Normalidad, pandemia y violencias

En diversos espacios se puede leer y escuchar que 2020 es un año para olvidar. Difícilmente esto será posible

Sergio Pacheco González
Analista

martes, 29 diciembre 2020 | 06:00

En diversos espacios se puede leer y escuchar que 2020 es un año para olvidar. Difícilmente esto será posible. También se dice que se puede pensar en un antes y un después. De hecho, se impuso el referirse a una nueva normalidad, tanto desde los ámbitos gubernamentales como en el habla común. Y si la normalidad hace referencia a lo que está conforme con las normas o pautas de comportamiento, una nueva normalidad implicaría cambios, ajustes o creación de normas o pautas. Esto, con resistencias diversas, está sucediendo, si bien no en todas las personas.

El uso de cubrebocas, al menos en el espacio público, por ejemplo, se ha vuelto un hábito en la vida cotidiana. El lavado continuo de manos y el uso de antibacterial constituyen otro signo. No obstante, los repuntes en contagios y muertes por causa de la pandemia nos indican que no es suficiente y que puede ser, más que un hábito, una serie de medidas que se asume solo si el riesgo potencial se incrementa, lo que a su vez mostraría que no hay tal nueva normalidad.

Por otra parte, se considera y se desea que, en efecto, el uso de cubrebocas y el distanciamiento social, sean disposiciones temporales y transitorias, las que habremos de abandonar cuando las tan esperadas vacunas cumplan con el fin que se les atribuye. Las estimaciones señalan que esto no sucederá tan pronto como se quisiera. Quizá se tenga que continuar con estas previsiones durante la mayor parte, si no todo 2021.

Como pandemia, ha afectado prácticamente a todos los países del orbe y lo ha hecho de manera diferenciada. Esto ha dependido de las fortalezas y debilidades de cada conglomerado, la calidad de vida de sus hombres y mujeres, la capacidad sanitaria instalada, el personal de salud capacitado y disponible, la responsabilidad asumida por sus gobernantes y por la ciudadanía. 

Entre esas diferencias, no pueden ignorarse las condiciones particulares de algunas ciudades, estados o departamentos. Sus historias, sus procesos de construcción y su configuración.

Ciudad Juárez, en este sentido, posee características que la distinguen, solo semejantes a otras ciudades fronterizas del norte de nuestro país y de ciudades que en América Latina y el resto del mundo han vivido violencias. Violencia estructural, como la que ha posibilitado un crecimiento económico constante, sustentado en bajos salarios de amplios grupos de trabajadoras y trabajadores, que además deben asumir deudas a largo plazo para poder acceder a viviendas que suelen carecer de las condiciones necesarias para el bienestar de una familia.

Es una ciudad que ha vivido la violencia institucional, la que ha generado dolor y pérdida de vidas de hombres y mujeres que la han posicionado como la ciudad más violenta del mundo en 2008, 2009 y 2010. A ser la segunda en 2011 y 2019, la quinta en 2018 y a mantenerse dentro de las primeras cincuenta entre 2008 y 2019, según los datos que reporta anualmente el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal A.C. Para destacar que solo en 2015 dejó de figurar en esa lamentable clasificación.

Sin duda, estos datos indican una característica que diferencia a esta ciudad de las poco más de 500 que existían en el mundo en 2016, con más de un millón de habitantes (https://www.lavanguardia.com/internacional/20170429/422068775304/ciudades-mas-pobladas-mundo.html#).

En 2010, muchos restaurantes enfrentaron la ausencia de comensales en sus negocios. Algunos cerraron para siempre, otros se mudaron a la vecina ciudad de El Paso, Texas, otros resistieron. La ciudad recuperaba la tranquilidad y la vida retomaba su ritmo. No obstante, en 2016 la violencia homicida retomó su virulencia, afortunadamente sin estar acompañada del housejacking, el carjacking, la extorsión o el secuestro. La ciudadanía regresó paulatinamente a degustar sus platillos y a disfrutar de sus ambientes. 

En este 2020, con la pandemia, nuevamente estos negocios enfrentan tiempos difíciles con la ausencia de comensales, derivada de las restricciones que impone la sana distancia. Es cierto, no es tan cruda como la de 2010. Sin embargo, muchos empleos se han perdido y nuevos actores, como los servicios de entrega a domicilio, con condiciones laborales desventajosas, favorecen limitadamente su permanencia. 

Puede argumentarse que esto sucede en diversas partes del mundo. Mas, en aquellas no se acumulan tantas adversidades.

Que 2021 dé rumbo a una nueva normalidad, que evite repetir los errores del pasado, es más que un deseo, una tarea de todos y de todas. 

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