Opinión

¡No hayas miedo, Teresa! (I)

La edad que aconseja tranquilidad, el vaivén de los semáforos, y cerradas algunas pistas del circo: Lozoya, el avión, las marchas, Gatell

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 11 octubre 2020 | 06:00

La edad que aconseja tranquilidad, el vaivén de los semáforos, y cerradas algunas pistas del circo: Lozoya, el avión, las marchas, Gatell, abiertas otras: consultas, fideicomisos y el virus, culpable, éste, de todos los males que padece la república, y maravillados de que Trump lo superara en dos días y aconsejara a la humanidad no temerle, (al virus), y para desintoxicar la mente de affaire político, siempre envuelto en una espesa niebla de ambigüedad, hay que «dejar volar el pensamiento».

Cuando se viven horas crepusculares, cuando la sal se vuelve insípida y la luz se esconde bajo una olla, las figuras históricas son reconfortantes. Esto ha determinado una nueva forma de escribir las hagiografías. Y es que los santos, desconocidos u olvidados, han asumido el misterio del hombre y de la historia como nadie: Agustín, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola o Don Bosco; su percepción de los acontecimientos y la luz que proyectaron, son asombrosas. Las leyendas e iconografías, ciertamente los deforman y los hacen poco atractivos. Pero son una fuerza explosiva en la historia de la iglesia y, por lo tanto, en nuestro mundo. 

Romain Rolland,(1866-1944), escribió un volumen con las biografías de figuras señeras impulsado por la necesidad de superar una atmósfera cargada y viciosa. “Un materialismo sin grandeza pesa sobre el pensamiento y estorba la acción de los gobiernos y de los individuos. El mundo muere de asfixia en su egoísmo prudente y vil y al morir nos ahoga. Abramos las ventanas para que entre el aire puro; respiremos el aliento de los héroes. No llamo héroes a los que triunfaron por el pensamiento o por la fuerza; llamo héroes sólo a aquellos que fueron grandes por el corazón. «No reconozco otro signo de excelsitud que la bondad». Cuando no hay grandeza de carácter no hay grandes hombres ni siquiera grandes artistas, ni grandes hombres de acción; apenas habrá ídolos exaltados por la multitud vil; pero los años destruyen ídolos y multitud. Poco nos importa el éxito, ya que se trata de ser grande no de parecerlo”. Ahora he pensado, el 15 será su fiesta, en una figura gigante, capaz de alumbrar el camino de generaciones y generaciones. Como las grandes figuras de la historia, bucean en las profundidades del alma para responder al misterio del hombre. Teresa de Ávila. (1515-1582). En un pequeño poema responde a tal misterio y resume su vida. Y su obra. 

«Nada te turbe, / nada te espante». Teresa llena con creces y con mucha ventaja lo que intuía Rolland. Figura tan evocativa y llena de resonancias. Y qué lejos estamos del modelo. «¡Solo Dios basta!» ¿Podrá el hombre moderno incluidos religiosos(as) y clérigos entender eso de que “sólo Dios basta”? Breve pieza genial; canto explosivo de inquebrantable confianza en medio de la adversidad, en medio de la vida misma y sus vaivenes. Demasiada turbación en nuestro mundo y por lo tanto en nuestra vida. “Nada te turbe”. Sí, cierto, los líricos y los místicos escriben a solas, ¿para quién? ¿Para ellos?; puede ser, pero de su honda y profunda experiencia humana son capaces de comunicarse universalmente. La experiencia de la vida, de toda vida, encuentra en el verso su propia esencia, su navegar de cada día, el cansancio, el tedio, la tentación del abismo que llama y seduce. Turbación del alma. Miedo, incertidumbre. Alteración completa del alma, psiquismo trastornado, enfebrecido. Todos conocemos los efectos psicosomáticos negativos de este estado del alma. La medicina que ve al futuro se prepara para enfrentar esta enfermedad emergente global determinada por la ansiedad. La enfermedad no es más que una guerra entre el alma y el cuerpo. (Pascal).

Turbación y espanto. Nada define mejor la situación psicológica en la que nos encontramos. La connotación es casi de terror. Es lo más cercano a la angustia, situación de gravedad, enfermedad que paraliza todo el sistema de la vida relacional, interpersonal, con los nuestros y con Dios. D. Remnik, director de The New Yorker, ha dicho estos días: “No soy un hombre que reza, pero si hay una cosa que sé de la Biblia, es que el único pecado imperdonable es la desesperanza”. Teresa denuncia ese pecado. 

Pues bien, «Nada te turbe/ nada te espante» Tal vez para entender mejor lo que Teresa dice o se dice o nos dice, tenemos que conocer algo de su vida, una vida marcada por una actividad intensa e infatigable, llena de contrariedades, de incomprensiones, de calumnias, de chismes, de persecuciones. Monja inquieta y revoltosa, la llamaba un jerarca de su iglesia. Hay que saber de sus «fundaciones», de su radical pobreza, de su obediencia, de su quebrantada salud destrozada desde muy joven, para comprender estos versos. Hay que verla en sus constantes viajes, siempre enferma, y verla en sus momentos de oración, de arrobo místico, de trasverberación. Hay que verla de cuerpo entero y oírla decir a sus monjas: “cuando perdices, perdices; y cuando penitencia, penitencia”, o aquello de que “Dios está entre los pucheros” para recordarles el valor radical de la obediencia y a la humildad hasta amar la humillación. 

Que en estos versos se habla a sí misma no impide la universalidad del mensaje. Es un grito al cielo “desde lo profundo”. Y lo profundo es el abismo de nuestro ser creado, ser simples criaturas contingentes a quienes gusta jugar a ser dioses, pero que no tienen en sí el fundamento de la existencia.  Los santos son vasos comunicantes porque se nutren de la misma y única fuente: Ignacio en su “Principio y Fundamento”; Agustín en su “Tarde te conocí, verdad siempre antigua y siempre nueva; tarde te amé”. O recordar también a Teresa de Lisieux “todo es gracia”, o san Francisco de Sales: “Amar sin pedir nada a cambio”. Sólo de aquí, de esa profundidad, brotan la fe y la confianza que mueven montañas. Solo de esta soledad puede brotar el mensaje valedero para la humanidad dolorida, que ha perdido el norte. 

El caso es que el miedo recorre el mundo. La naturaleza se ha revelado y los proyectos políticos y sociales que prometían el bienestar o el progreso lineal, han fracasado rotundamente. “Nada te turbe/nada te espante” es un dictado simplemente ininteligible para la superficialidad imperante, para el ateísmo práctico que vivimos, incluso, para los que nos decimos creyentes. El miedo y la ansiedad se han resuelto en el nihilismo, o de plano, en la necrofilia. Vamos corriendo, según decía Pascal, al precipicio con los ojos vendados. Entonces, la voz de alerta viene de la honda profundidad silenciosa de los Santos, de los genios, de los profetas, viene del silencio del desierto como nos lo ha revelado Carlos de Foucauld, ese egresado de Saint Cyr  que no descansó hasta encontrar su lugar: ser el criado de unas monjitas clarisas en Nazareth viviendo en una pequeña bodega. “Esto es lo que había buscado toda mi vida”, escribe.  De la más honda intimidad brota el sencillo canto de la inquieta e infatigable Santa de Ávila. 

«Todo se pasa». Todo es permanente fluir, también los amores que nos juramos eternos, igual que los odios y los dolores. Y esto que llamamos vida. No creo que conociera a Heráclito, pero que esto no sea eterno, es un consuelo, porque si esta vida fuera eterna, la muerte sería eterna. Saber la dirección de ese devenir es la salvación en la esperanza. “Nada te turbe/ nada te espante, todo se pasa”, y sólo queda el punto fijo que jalona el acontecer disperso y fragmentario del hombre, el afán en apariencia inútil de la historia y de nuestra historia. «Dios no se muda» Teresa topó con toda la adversidad imaginable, desde su salud quebrantada a un impulso incontenible de acción: escritura, fundaciones, contemplaciones, reformas, viajes por toda la geografía española. Dictar reglas, dirigir y dejarse dirigir, y enfrentar los agudos interrogatorios de la inquisición.  Nada te espante/ todo se pasa. Todo dentro de un gran paréntesis de oración ininterrumpida.  La profunda psicología de las profundidades creyó inventar el hilo negro. Lo más profundo del alma está en un punto fijo a la manera del ancla que estabiliza la embarcación en la superficie inestable del mar. «Dios no se muda». 

Este es el punto arquimédico de la existencia cristiana. Teresa ha sufrido y luchado mucho, y con pasión verdadera. Los enemigos más insidiosos, como siempre, son los de adentro, pero también ahí están los amigos. En lo más profundo de su alma encontró esa Presencia novedosa que la desconcierta de tal suerte que de pronto en su interior surge una voz capaz de calmar todo el oleaje. La voz interior le dice: «No hayas miedo, Teresa» «No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé». (Vida. 25,18). (Continuará).