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Opinión

No debería ser, pero es

¿Qué debe pasar para que un niño no esté en la calle? Charlar con mis alumnos siempre es y ha sido un placer, si bien no en todo estamos de acuerdo, en muchos puntos de vista sí

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 11 mayo 2022 | 06:00

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¿Qué debe pasar para que un niño no esté en la calle?

Charlar con mis alumnos siempre es y ha sido un placer, si bien no en todo estamos de acuerdo, en muchos puntos de vista sí. Uno de ellos es que detrás de lo que vemos se esconden realidades difíciles de imaginar.

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Mónica siempre se ha inclinado por profundizar en temas de género y una de sus inquietudes es conocer cómo perciben y usan las mujeres el espacio público, sí, ese espacio público que debiera ser el espacio de la igualdad.

Obviamente, el sentido común y las experiencias que la mayor parte de nosotras tenemos, diría que en efecto, las mujeres nos desplazamos por Ciudad Juárez y hacemos uso del espacio según la percepción que nos provoca: difícilmente lo haremos en aquellos que sentimos inseguros porque pueden poner en riesgo nuestra integridad. Es así que la mayoría de las mujeres, si les es posible -porque no todas pueden- prefieren realizar sus actividades en espacios interiores o muy cerca de su casa, y de día: evitan estar en el ámbito público. Lo traduzco: si quieres sentirte, solo sentirte, segura, debes quedarte confinada, encerrada, aunque por las últimas noticias sabemos que hemos llegado al límite: para Johana no fue así (adolescente localizada sin vida en su domicilio en Ciudad Juárez).

Usar el transporte público, decíamos, es un suplicio: acoso verbal y visual, tocamientos… ¿cómo se les ocurre subirse sola? Si quieres estar protegida, debes estar acompañada de un hombre, o al menos de tus hijos. Las mujeres están más o menos seguras si mantienen sus rutinas en los espacios que se han “permitido” para ellas: los límites establecidos son mucho más restringidos a diferencia de los hombres.

No encontramos razones para comprender ciertas paradojas que trajimos a colación: si como lo es, ninguna mujer debe ser víctima de acoso o hasta morir por la hora en que transita por la calle, su forma de vestir o la actividad que realiza, caímos en cuenta que sería insensato no considerar una realidad: afuera siempre habrá perturbaciones, o perturbados, que lo consideren un reto, y actuarán en consecuencia. No debería ser, pero es.

Historias de mujeres, como la de aquella mujer que teniendo dos hijos pequeños tuvo la osadía -¿o valentía?- de trabajar doce horas siete días a la semana en un restaurante para poder sostenerlos; mientras tanto, su hermana se encargaba de ellos –me pregunto ¿y el padre?–. Un buen día los vecinos avisan a la mujer de un temido accidente y con toda prisa ella regresa a su casa; al llegar es arrestada bajo el cargo de omisión de cuidados. Su hermana, la persona en quien confiaba, los había dejado solos y fue ella, en realidad, quien “solo se había ido a bailar”. Mientras la historia oficial mantiene a la madre como culpable, los compañeros de trabajo sostienen una historia alterna, la de una madre siempre al pendiente de sus hijos, que recibía constantes regaños durante sus horas de trabajo por estar hablando con ellos, la de una madre que solo aceptaba su larga jornada con tal de tener ingresos extra para llevar a su casa. Historias oficiales… historias reales.

Solo la educación, decíamos, puede paliar estas, y otras, realidades. Pero no la educación de género que descabelladamente propone que los niños lleven falda a la escuela un día a la semana. Pensamos que educar a los hijos en valores sería la mejor solución, sin embargo, asentimos que aun cuando es lo correcto, la risa y actitudes hoscas de quienes se burlan y están lejos de hacerlo los colocaría en una posición de vulnerabilidad. ¡Qué locura!

Más allá de las libertades restringidas y de las historias reales ocultas detrás de lo que vemos y juzgamos; de las mujeres que van contra sus instintos enfrentando el miedo, día tras día, por no tener otra alternativa que cruzar por el baldío y transitar por la calle oscura; aguantar el temor y la vergüenza de verse acosadas… más allá de los niños que vemos en las calles, hay muchos hilos que no se rompen con solo declaraciones bienintencionadas. 

No se trata de que los niños lleven faldas, ni que se permita a las mujeres que porten armas para que, finalmente, también se les culpe de haber sido violadas, pero ahora, por no haberse defendido bien. Tampoco se trata de pagar a “personas de confianza” para que cuiden a los niños cuando sabemos que es ahí donde ocurren la mayor parte de los abusos: en lo personal nunca estuve de acuerdo con el cierre de guarderías. Se trata de políticas públicas que vengan desde donde deben venir: desde arriba, desde ese lugar rodeado de vallas, ese palacio cuya imagen tan significativa horroriza -y da respuesta- a cualquiera que pretenda creer que solo el discurso, el decreto, cambiará la realidad.

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