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Opinión

Moralidad, servicio público y la JMAS

El peso de las actitudes y las acciones contienen valoraciones indistintas para cada persona

Jorge Breceda
Catedrático

sábado, 06 agosto 2022 | 06:00

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El peso de las actitudes y las acciones contienen valoraciones indistintas para cada persona, para algunas los actos realizados representarán un peso moral que no les permitirá seguir con normalidad y otras tendrán la capacidad de solventar el mismo acto con el mínimo esfuerzo. 

Un fantástico ejemplo de lo anterior se puede relatar con el -tal vez- peor acto de violencia radical vivido en la modernidad, éste fue el bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

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En tal tragedia se encuentran dos personalidades, la primera, el coronel Paul Warfield Tibbets piloto del bombardero Boeing 29 Superfortress que lanzó la bomba atómica, personaje que defendió la decisión y declaró públicamente no sentir remordimiento, aseguró que ejecutaba órdenes y desempeñaba un quehacer técnico que reclamaba exactitud, ajeno a planteamientos sentimentales.

Segundo, el comandante Claude R. Eatherly piloteó uno de los aviones encargados de verificar las condiciones meteorológicas previas al lanzamiento de la bomba, es decir, él no soltó la bomba, él no observó la destrucción causada, aun con ello, relata que padeció durante toda su vida terribles remordimientos de conciencia que lo llevaron a acudir a diversas instituciones mentales durante varios años. 

Tan fue la culpa de este último, que se convirtió en activista contra las armas nucleares y permanentemente exteriorizaba su sentimiento de culpa y vergüenza. 

Ahora bien, ¿cuál es la divergencia en las emociones de culpa de una y otra personalidad?, cuál es el mecanismo de desapego moral que utilizó el coronel mismo que le permitió conciliar el sueño sin ningún problema y la aprehensión mora del comandante que terminó su vida dentro de un manicomio. 

Seguramente la respuesta se encontrará en el marco de referencia moral que tiene cada uno de los personajes, así como es determinante que dichas posturas enmarcan lo que se contempla en la filosofía como pluralismo moral. 

Atendiendo a lo anterior, un anhelo -se acepta como utópico- es que cada servidor público contenga la potencia moral y propiamente la objeción de la razón (consciencia) que le permita evaluar por medio de la disonancia cognitiva un acto que contradiga lo correcto, es decir, imponer a cualquier acto negativo un sistema de valores -cualquiera que se tenga-, religioso, filosófico, etc.

¿Cuál será la función de tal proceso cognitivo? Existirían servidores públicos que expresen permanentemente sentimientos negativos después de realizar actos moralmente incorrectos, no existiría la posibilidad de que una persona siguiera una orden que contradijera su sistema de valores -utilitarista, deontológica, de derechos humanos, teológica, entre otras-, claro, de hacerlo el peso moral de sus acciones no le permitirían superar la transgresión a su construcción axiológica.

Es así como, tres ejemplos permitirán con mayor soltura entender lo planteado, primero, imagine a las personas que dirigen la Junta de Aguas Municipal que por seguir la orden de un superior jerárquico, se da cuenta que en el sector dónde ordenó que se cancelara el agua potable por falta de pago –violentando un derecho humano- se deshidrato un niño y murió.  

Segundo, en la dependencia indicada que por falta de previsión o planeación (mínimos requisitos en un servidor público) no estructuren planes eficientes para que el servicio de agua morada utilizada en los parques, con ello, logren acabar con la poca vegetación con la que cuenta un área, un golpe a la naturaleza infame. 

Tercero, imagine aquella persona (empleado de la JMAS) que se permite escuchar peticiones de la ciudadanía y que determinado día se da cuenta que sus palabras y actos lastiman a las personas a las que atiende, bajo la idea que aquel ciudadano que pudo ayudar o gestionar a su favor, no lo hizo por flojera o desinterés.

Las consecuencias de los actos reseñados en pocas palabras refieren a establecer actos contra derechos humanos, contra el ecosistema (la mínima política verde) y contra la probidad, es decir, desde actos impropios a la normatividad, a la naturaleza y a lo humano, por ello, atendiendo al fuero interno la conclusión de dichos actos sería la renuncia, ya que el peso moral sería insostenible día a día. 

En los tres ejemplos anteriores, así como para la visión del comandante no existe ninguna justificación para sus actos, únicamente persistirá la inacción de actuar en congruencia al sistema de valores, misma que traerá como consecuencia la permanente culpa moral. 

Por último, he de reiterar que, en este mundo de jerarquías, poder, economía y política, es necesario exaltar los sistemas de valores -cualesquiera que sea- para evitar las transgresiones morales o de suceder tal violación, la culpa individual impedirá su reiteración. 

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