Opinión

Materialismo y violencia

Hace unos días, por recomendación de una buena amiga y colega, tuve oportunidad de ver el documental Yo soy del director y productor de cine Tom Shadyac

Pablo Héctor González Villalobos
Analista

lunes, 05 julio 2021 | 06:00

Hace unos días, por recomendación de una buena amiga y colega, tuve oportunidad de ver el documental Yo soy del director y productor de cine Tom Shadyac. Aunque es una película que se filmó hace once años, sigue teniendo vigencia. En ella, Shadyac, quien cosechó grandes éxitos comerciales a partir de su exitosa relación profesional con el actor Jim Carrey, toma como punto de partida la sacudida existencial que sufrió a partir de un accidente en bicicleta. La caída le produjo una severa conmoción cerebral que lo llevó a pensar en el suicidio. 

La depresión, sin embargo, cesó y entonces se dio a la tarea de entrevistar a científicos, filósofos y teólogos sobre el sentido de la vida. En síntesis, llega a dos conclusiones: la primera, que la acumulación de bienes más allá de las necesidades que hay que satisfacer para vivir dignamente, es una anomalía de la especie humana y puede incluso ser considerada como una enfermedad mental. En ello coincide con la idea aristotélica de que los bienes materiales en un inicio son comunes. En una segunda etapa se asignan a las personas de manera individual para que puedan satisfacer sus necesidades básicas, pues como dice el propio Aristóteles, la virtud requiere un cierto número de bienes. Pero finalmente, cuando la acumulación excede lo necesario para tener una vida razonablemente buena, los bienes vuelven a ser comunes, dado que todos los seres humanos tienen derecho a acceder a ellos. En la doctrina social cristiana esta idea se expresa mediante el principio que afirma el destino universal de los bienes y que parte de la idea de que Dios creó las cosas para el beneficio de toda la familia humana.

La segunda conclusión del documental es que la excesiva acumulación individual de bienes materiales genera violencia. Se produce entonces una guerra descarnada entre seres humanos que sólo buscan su propio bien económico. Y se pretende justificar este estado de cosas a partir de una interpretación de la tesis de Darwin que afirma la selección natural. Es decir, sólo sobrevive el más fuerte y lo hace de forma individual. Shadyac, a través de las entrevistas con expertos, deja en claro que se trata de una interpretación parcial, porque obvia el aspecto de la cooperación que para Darwin también fue de gran importancia.

En este punto aparece una doble coincidencia con el pensamiento de Teilhard de Chardin: por una parte, en la afirmación de una evolución mediante la cooperación humana. Y por la otra, en  el riesgo de que el ser humano, en el ejercicio de su libertad, en vez de ascender hacia un nivel evolutivo superior, tuerza su camino y caiga en niveles aberrantes que no se presentan en el mundo natural. La guerra y la acumulación de riqueza individual más allá de lo necesario para una buena vida son dos ejemplos de ello.

El documental da cuenta de comportamientos democráticos en manadas de ciervos y en parvadas de aves. Investigaciones recientes han descubierto que, a diferencia de lo que se supuso durante mucho tiempo, los animales alfa que lideran grupos de una misma especie no son los que se imponen por la fuerza, sino los que tienen mayor capacidad de cuidar de los otros.

Pienso que la especie humana puede aprender de ello en su camino hacia un futuro mejor. Que nuestros líderes sean capaces de cuidar de la casa común. Y que en ella nuestros hijos puedan heredar un estado de cosas que verdaderamente sea compatible con la dignidad humana. 

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