Opinión

Mario Bros es inocente

Por razones familiares y profesionales visito con frecuencia el estado de Coahuila

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 18 enero 2020 | 06:00

Por razones familiares y profesionales visito con frecuencia el estado de Coahuila. De un tiempo para acá, la entidad ha experimentado un crecimiento vertiginoso, sobre todo en sus principales ciudades. Su capital, Saltillo, actualmente está considerada una de las cinco mejores ciudades para vivir en México. Torreón, por su parte, es quizá, uno de los modelos más francos de la transformación citadina de la provincia mexicana. Del Torreón “viejo” ya casi nada queda. Ahora por donde quiera se dejan ver exorbitantes centros comerciales que se han convertido en los nodos de referencia de la localidad.

Del Torreón de antes sobreviven algunos puntos que apuntalan la nostalgia. Uno de ellos es su “Alameda”, atestada todavía cada domingo; otro, su  emblemático “Bosque Venustiano Carranza”, cuyos vetustos árboles parecen dar fe de la intensa transición lagunera. Justo enfrente de ese parque se encuentra el lugar donde ocurrió la tragedia que puso a Torreón en el foco de la atención internacional: el Colegio Cervantes.

Fundada en 1940 por inmigrantes españoles liderados por el profesor Antonio Vigatá Simó, la institución pronto se ganó la confianza de las familias clasemedieras de La Laguna. Ante la creciente demanda de sus servicios, su campus Bosque se inauguró en 1959; su otro edificio, que lleva precisamente el nombre del maestro fundador, se erigió en 1990. Semillero académico básico de varias generaciones de laguneros, su comunidad nunca se imaginó que el colegio iba a atraer la atención internacional por el suceso que ahora lo marca.

Luego de la confusión inicial, donde por generación natural una bola de humo pareciera imposibilitar la más mínima comprensión de este tipo de acontecimientos, la imputación central emerge a partir de la simpleza en bruto. Antes que cualquier otra cosa, la máxima autoridad política de esa entidad,  arguyendo que los culpables del tiroteo eran los videojuegos, específicamente uno llamado “Natural Selection”, pues el niño, a decir del gobernador de Coahuila, había actuado “bajo la influencia del videojuego”.

Estamos pues, ante el reduccionismo –por decirlo de manera amable– más recalcitrante. Es el mismo síndrome que presentan las mentes del tipo de Donald Trump, que con frecuencia llega a culpar a los videojuegos de influir en la violencia exteriorizada en los tiroteos ocurridos en Ohio y en Texas. Quizá para el presidente estadounidense Mario Bros, Donkey Kong y Pac-man lleguen a ser, eventualmente, los culpables de toda catástrofe que ocurra.

Siendo la violencia un fenómeno complejo y poliédrico, íntimamente relacionado con estructuras políticas y económicas que quizá sería tiempo de empezar a desmontar, la manera más sencilla de perpetuar el discurso de la búsqueda simple de culpables, es la criminalización de las personas más vulnerables, o como es el caso, convertir en entidades imputables a personajes inanimados o ficticios. Lo mismo puede ser un personaje de videojuego, que la “naturaleza”, o inclusive, un “poder divino”. En la mente de los iluminados que muchas veces llegan al poder y que con frecuencia nos gobiernan, cualquier entelequia llena la testa.

En el caso que nos ocupa, conforme han transcurridos los días, los medios han dado a conocer información que tiene que ver con el entorno del niño. Ellos han llegado a cabecear las notas con algo similar a enunciados del tipo “se empieza a destapar la cloaca”, brindando luego pormenores de la presunta historia criminal de algunos de sus familiares más cercanos.

Lamentablemente, tampoco está allí la respuesta. Lo que la prensa da a conocer es solamente el resultado, o si se quiere, el producto. Estamos perdidos cuando buscamos en entornos individuales respuestas a problemas complejísimos empapados de condicionamientos sociales. No, no son los videojuegos, ni el narcotráfico o el lavado de dinero en sí mismos. No nos perdamos tampoco en el dilema sobre la legítima –o no– posesión de las armas. Las mochilas transparentes que ahora exige el colegio tampoco son la panacea. Dejemos en paz a los abuelos y de pasada también a Mario Bros. Él no es el criminal.

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