Madeleine Delbrel (I)

Siempre me ha impresionado un dato en extremo llamativo: el número de hombres y mujeres franceses que han llegado a la fe viniendo...

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 06 octubre 2019 | 06:00

Siempre me ha impresionado un dato en extremo llamativo: el número de hombres y mujeres franceses que han llegado a la fe viniendo desde una “ateísmo prefecto”. Otros son “reintegrados a la fe”, como Claudel. Creo que llenaría esta entrega si hubiese de enumerar a todos. Muchos de ellos son de la talla de G. Marcel o de P. Claudel, P. Valéry o Ch. Péguy, en fin, un número impresionante y de extrema calidad como Leon Bloy o J. Guiton. A. Frossard quien extiende una hermosa memoria de su conversión en “Dios existe. Yo lo encontré”. Más bien, Dios lo encontró a él.  Igual, J. P. Jossua que avanzó desde el ateísmo perfecto hasta el noviciado dominico de Lyon y terminó como profesor de Teología. Blondel, Bernanos, etc. El último que conozco es Fabrice Hadjadj, judío con nombre árabe, que ha plasmado su experiencia en un libro inquietante: “La fe de los demonios”. Amén del clero y los religiosos (as), en laicos de esta talla descansó el catolicismo francés del s. XX. De Gaulle, J. Maritain, Mounier, Gilson, Blondel, en fin, no acabaríamos de nombrarlos. Cómo olvidar a Bergson, judío, que en 1941 escribía: “Mis reflexiones me ha conducido cada vez más cerca del catolicismo, en el que veo el coronamiento completo del judaísmo. Me habría convertido si no hubiese visto prepararse desde hace años… la tremenda ola de antisemitismo que iba a azotar al mundo. He querido permanecer en medio de aquellos que serán mañana perseguidos. Espero, no obstante, que si el cardenal arzobispo de París lo autoriza, un sacerdote católico acuda a rezar oraciones en mis exequias. En el caso contrario, habría de dirigirse a un rabino, pero sin ocultarle y sin ocultar a nadie, mi adhesión moral al catolicismo, ni tampoco el deseo expresado por mí de beneficiarme de las oraciones de un sacerdote católico”. Inigualable profesión de fe.  ¡Alexis Carrel!, Nobel de Medicina: “La influencia de la oración sobre el espíritu y el cuerpo humano se demuestra tan fácilmente como la secreción de las glándulas”. Y los convertidos son molestos, escribe Bernanos. Sí, Francia, tierra de santos y de reyes.

Con todo, el año pasado apareció en Francia un libro con el inquietante título «Cómo es que nuestro mundo ha dejado de ser cristiano». Y el subtítulo está peor: «Anatomía de un desfonde» (effondrement). Los números fríos son muy llamativos: sólo éstos: en 1884 la cuarta parte de las mujeres francesas eran religiosas; en 1950 había 177 mil sacerdotes. En 1950 la mitad de los misioneros católicos en el mundo eran franceses. Pero ya el año pasado se ordenaron sólo 114 sacerdotes en toda Francia. Se vive, pues una crisis de la que Chardin decía que “es muy acelerada. Algo pasa en la estructura de la conciencia humana. Es otra especie de vida la que ha comenzado”.  J. Meyer afirma en su Cristiada que la gran reserva de fe son Rusia, Francia y México. ¿Será? Te lo digo a ti para que entiendas tú.

Pero no sólo fueron hombres; también fueron muchas las mujeres que desanduvieron un camino para comenzar el camino nuevo de la fe. Ahora me ocupo de una de ellas, sobre todo porque andan inquietudes sobre la función de la mujer en la Iglesia, que por lo demás siempre ha sido clara. En este caso se trata de Madeleine Delbrel. Nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan, pequeña ciudad de Francia. Fue hija única de una familia de la pequeña burguesía. Heredó de su padre el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador.

Las consecuencias desastrosas de la primera guerra mundial la llevaron a dudar de la existencia de Dios. A sus 17 años reflexionaba sobre cuestiones existenciales; escribió entonces: “Alguien dijo, Dios ha muerto. Y, si es una verdad, hemos de tener la honestidad de no vivir en adelante como si Dios estuviera vivo... Dios era eterno. Hoy lo único eterno es la muerte... Es más convincente agotar la propia inquietud en la secuencia de los placeres inmediatos....”. Cómo es posible un cambio de rumbo tan radical; es posible porque hay una base de honestidad intelectual y de vida, tal como se refleja en las palabras de una jovencita de 17 años.

Madeleine por ello, danzaba, saltaba, vivía con un intenso amor por la vida. Se sentía libre, apasionadamente libre. Asistió a cursos de Historia y Filosofía en la Sorbona, donde sobresalió por su profunda capacidad de análisis. A los 18 años conoció a un impetuoso, alegre y pensativo universitario, Jean Maydieu. Se enamoraron y proyectaron casarse. Pero, de improviso él, otro caso más, la abandonó para entrar en el noviciado de los Dominicos. Este encuentro y ruptura con Maydieu la obligaron a confrontar su ateísmo con las certezas de fe de ese hombre que fue su prometido y la cambió por una vida de consagración religiosa. Por ese tiempo su padre enfermó y quedó ciego. Su madre trabajaba en exceso. Madeleine se preguntó: ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Cómo es que alguien puede preferir a Dios sobre cualquier otra cosa? Decidió entonces cambiar de perspectiva en su búsqueda de Dios. “¿Y si Dios existiese? Decidí rezar... Después, reflexionando, encontré a Dios; rezando sentí que Dios se encuentra conmigo y que Él es real y vivo, que puede ser amado como se ama a una persona”. No se llega a la fe por una bella idea o por un ideal ético, sino por este encuentro con  alguien que nos ama y al que podemos amar y que es capaz de dar una nueva orientación a nuestra vida (B.XVI).

Emprendió entonces su nuevo camino: “... El mundo entero me parecía pequeño e irracional y el destino de los hombres, estúpido y malo. Cuando supe que existías, te agradecí que me hubieras hecho vivir”. Se trata de una gran mística moderna metida en el corazón de los barrios obreros de París, laica, asistente social, Sierva de Dios desde 1996 y que pronto será beatificada.

Descubrió su vocación cristiana en la ciudad, de misionera, dentro de su propio entorno vital. El desierto urbano se convirtió en un espacio de contemplación, las calles de la ciudad en su campo de misión.

Ivry-sur-Seine es una barriada obrera en la periferia sur de París que en aquel tiempo pasaba por ser la “capital” del comunismo francés. Allí vivía Maurice Thoréz, el famoso jefe del comunismo francés. Allí se queda Madeleine Delbrel a lo largo de 30 años, hasta su muerte. Fue una cristiana convertida a los veinte años, que llevada por su pasión misionera opta por salir a mar abierto; quiere evangelizar el mundo obrero. Madeleine, sin dejar de ser laica, se consagra a Dios con el voto de castidad y va a vivir a Ivry con unas compañeras que también son asistentes sociales y viven de su trabajo. El alcalde comunista la pone al frente de los servicios sociales de la comuna. Durante la Segunda Guerra Mundial tiene a su cargo la dirección de todos los servicios sociales del departamento; finalizada la guerra, el alcalde le pide que siga.

En el cinturón obrero de Ivry, Madeleine queda impactada frente a la miseria de las clases sumergidas, ante la injusticia social, el desempleo, las condiciones inhumanas de trabajo (12 horas por día en la fábrica y toda la semana, con excepción del domingo), la falta total de previsión social. Esto la obliga a orar de otra manera, partiendo de la realidad; a leer el Evangelio “desnudo, crudo, orado”, como ella decía “no sé cuantas veces he leído los evangelios de arriba a abajo; al Evangelio hay que leerlo todos los días como se come el pan...”. Al comienzo encuentra hostilidad y pedradas. Pero poco a poco descubre en los comunistas “generosidad, desinterés, sacrificio”. Ella afirma: “El marxismo es una doctrina sin corazón”. Pero a la vez sabe que los comunistas son personas y tienen un corazón; por lo tanto, hay que amarlos. Ella jamás “excomulgó” a los comunistas, sin por ello dejar de denunciar sus errores (continuará).

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¡Dios salve a Samaluyca! Y a Juárez. Una mina a campo abierto, a las puertas de la ciudad. Trabajada con un proceso de cianuración. Con el mismo manto freático que nutre la ciudad y que reabsorberá el agua residual. Los polvos contaminados que los vientos dispersarán. Cianuro. El agua que comienza a dar señales de agotamiento será la que utilice la mina. Desde hace 500 años, los de extranjis, y los colaboracionistas, se llevan el metal precioso y nos dejan basura y contaminación.