Opinión

Los viajes papales

Fue Pablo VI quien inauguró el papado de los tiempos modernos, entre otras cosas, por sus viajes al extranjero estableciendo...

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 16 febrero 2020 | 06:00

Fue Pablo VI quien inauguró el papado de los tiempos modernos, entre otras cosas, por sus viajes al extranjero estableciendo una novedad absoluta en la historia del papado. Fue el primer sucesor de Pedro en girar alrededor del mundo como jefe de la iglesia.  Inició, también, lo que hoy conocemos como las audiencias de los miércoles y domingos que reúnen a millones de fieles al año.

Mientras se desarrollaba el evento pentecostal del Concilio Vat. II, Pablo VI realizó sus primeros tres viajes de gran significado simbólico: uno a Tierra Santa (1964), durante el cual se estrecha en un abrazo con el Patriarca Atenágoras de Constantinopla, tratando de cerrar una herida, un cisma, que dura más de mil años. El segundo a la India (1964), en donde entra en contacto con multitudes no cristianas; “si hay un lugar donde las bienaventuranzas se puedan vivir de forma casi natural, ese lugar es la India”, dijo el papa. Y otro a la Asamblea General de las Naciones Unidas (1965), en donde abraza simbólicamente a toda la humanidad. Los tres viajes manifiestan su voluntad de diálogo con el mundo. En agosto del 1968 visitó Colombia, uno de los viajes más importantes y emblemáticos para el mundo latinoamericano. Ahí, pronunció la frase lapidaria: “la iglesia quiere ser la voz de los que no tienen voz”. ¿Pero qué significan los viajes papales?

“La Iglesia está encarnada en el tiempo. Es espiritual y temporal. No puede carecer de un rostro: es el rostro de un tiempo y de una nación. Sé que se le reprocha (a la Iglesia) de ser italiana, como antes, de ser francesa. ¡Habría que obligar al papa a dejar de ser hombre! Lo que conviene es que el Papa elija un sitio, un lugar, un pueblo, una nación, un punto en el espacio; que se eleve sobre ese punto, y que lo visite como Cristo lo hubiera visitado. Las palabras de un Papa son diferentes a las de un jefe de Estado. Haga lo que haga, lo hace siempre como Padre universal. Y es eso lo que el pueblo que recibe sus palabras siente; es precisamente por eso que lo recibe. Usted subraya que en estos tres viajes nunca fuimos a una tierra propiamente católica. Se podría pensar que los primeros viajes del Santo Padre deberían ser reservados a los países de vieja tradición católica, a los grandes lugares de devoción católica. El Papa ha navegado mar adentro y se ha dejado llevar. Le fue necesaria fe, un poco de confianza, un poco de amor al riesgo. Ha sido recompensado” (J. Guitton, Dialogues avec Paul VI).

Todo comenzó un día en las riberas del mar de Galilea, cuando el Resucitado encaró a Pedro para la requisitoria última. Por tres veces le requirió la certeza de su amor como condición para confirmarlo como el pastor del rebaño. «Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, y otro te vestirá y te llevará a donde no quieres. Dicho esto, le dijo: ¡sígueme!» (Jn.21,18-19). Aquí está el hondo secreto de lo que sucede. Pedro ha de ir a donde no quiere; es el Espíritu que lleva a Pedro y a la iglesia mar adentro, en el mar picado de nuestro tiempo y de nuestro mundo, sometida a la persecución o traicionada por sus hijos, para ser testigo, ahí, de un amor infinito que le es ofrecido al hombre. Solo desde esta perspectiva podemos entender la mecánica y ese desbordarse multitudinario en torno a la figura religiosa físicamente frágil de los papas en sus viajes con razón llamados apostólicos. El papa es el único líder mundial (T. Garton Ash).

Papa Francisco visitó nuestra ciudad. El solo hecho de decirlo, no deja de causar estupor: el sucesor de Pedro, el vicario de Cristo en la tierra estuvo aquí, en Juárez, en nuestra ciudad dispersa, lastimada, herida por la violencia a grado de fama mundial, para hablarnos de la necesidad «del encuentro», del encuentro con nosotros mismos, del encuentro entre nosotros y del encuentro de nosotros con Dios.

Por azares del destino, me tocó atender los medios de todo el mundo presentes. La pregunta recurrente llamaba poderosamente la atención: ¿por qué Juárez? Como respuesta solo cabe otra pregunta: ¿no será una gracia especial del amor de Dios a nuestra lastimada ciudad? De todo el mundo había reporteros. Uno me preguntó: “¿Entonces, podemos decir a nuestra audiencia que pueden ir a Juárez con toda confianza?”, una pregunta fuerte. Le contesté: “Claro que pueden venir con toda seguridad”. Luego pensé: “¿de dónde saco tal certeza?”. La pregunta más difícil vino de un reportero estadounidense: “Si la violencia sigue igual, ¿qué signficaría todo esto?”. “Sería demasiado triste, contesté, pero el papa no trae una varita mágica, él nos hace una invitación que viene de muy lejos, nos invita a acoger el evangelio de la paz. Si no lo aceptamos, si no lo vemos así, las cosas solo pueden ser peores. Sería muy triste”.

Los papas, con su mirada encendida ven el fondo de su tiempo y  parece que ponen el futuro al desnudo. Su palabra quiebra los horizontes cerrados. Su insoportable lucidez molesta a los superficiales que se mecen en sus sueños y en sus ilusiones, y a las instituciones que se encierran en sí mismas creyéndose autosuficientes. Estos «portavoces de Dios», como los llamaba León Bloy, son también aquellos que ayudan al nacimiento de la humanidad futura. Los papas últimos pertenecen claramente a la raza ardiente e incómoda de los profetas. Con su vida y con su muerte. ¿Dejaremos que renueven nuestras almas, para abrirlas a la aurora de Dios?

Nosotros vemos ahora el recrudecimiento infame de la violencia en su más cruda expresión. Y los mensajes del papa yacen en el silencio del olvido. Creo que, en nuestra situación, mesas, autoridades e iglesias, deberíamos releer, por ejemplo, el mensaje en el cefereso, del que propongo unas líneas de reflexión –en recuerdo–, y quizá, podamos ver dónde reside la falla.

El 17 de febrero de 2016, el papa arribaba a nuestra ciudad. Todo el viaje estaba puesto bajo la celebración del Año de la Misericordia. Así pues, comenzó: “La misericordia que abraza a todos y en todos los rincones de la tierra. No hay espacio donde su misericordia no pueda llegar, no hay espacio ni persona a la que no pueda tocar”. “Celebrar el Jubileo de la Misericordia con ustedes es recordar el camino urgente que debemos tomar para romper los círculos de la violencia y de la delincuencia. Ya tenemos varias décadas perdidas pensando y creyendo que todo se resuelve aislando, apartando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima, creyendo que estas medidas solucionan verdaderamente los problemas. Nos hemos olvidado de concentrarnos en lo que realmente debe ser nuestra verdadera preocupación: la vida de las personas; sus vidas, las de sus familias, las de aquellos que también han sufrido a causa de este círculo de violencia”.

“La misericordia divina nos recuerda que las cárceles son un síntoma de cómo estamos en la sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios, de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que poco a poco ha ido abandonando a sus hijos.

La misericordia nos recuerda que la reinserción no comienza acá en estas paredes; sino que comienza antes, comienza ‘afuera’, en las calles de la ciudad. La reinserción o rehabilitación comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social, es decir, una sociedad que busque no enfermar contaminando las relaciones en el barrio, en las escuelas, en las plazas, en las calles, en los hogares, en todo el espectro social. Un sistema de salud social que procure generar una cultura que actúe y busque prevenir aquellas situaciones, aquellos caminos que terminan lastimando y deteriorando el tejido social.

“A veces pareciera que las cárceles se proponen incapacitar a las personas a seguir cometiendo delitos, más que promover los procesos de reinserción que permitan atender los problemas sociales, psicológicos y familiares que llevaron a una persona a una determinada actitud. El problema de la seguridad no se agota solamente encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad, que afectan a todo el entramado social”.

En la misa, en El Punto, dijo: “Pidámosle a nuestro Dios el don de la conversión, el don de las lágrimas, pidámosle tener el corazón abierto, como los ninivitas, a su llamado en el rostro sufriente de tantos hombres y mujeres. ¡No más muerte ni explotación! Siempre hay tiempo de cambiar, siempre hay una salida y una oportunidad, siempre hay tiempo de implorar la misericordia del Padre.

Saliéndose del texto, al final, de la homilía, dijo: “Al venir hacia acá me presentaban a los niños y sentí ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido. ¿Qué será de ellos? Y pidió cuidar de los niños que son el futuro de México”.

Pero, cuántos mensajes se pierden en el desierto. Pareciera ser la suerte fatal de los profetas. Pero mi pueblo no quiso escuchar, dice Jeremías. (7,24).