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Opinión

Los frentes fríos en Ciudad Juárez

Llegamos otra vez al trágico momento del año en que, en la ciudad, centenares de personas vulnerables, especialmente niños, ancianos y gente en condiciones de calle, empiezan a enfermar y a morir por el frío

Laura Estela Ortiz
Doctora

viernes, 11 noviembre 2022 | 06:00

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Llegamos otra vez al trágico momento del año en que, en la ciudad, centenares de personas vulnerables, especialmente niños, ancianos y gente en condiciones de calle, empiezan a enfermar y a morir por el frío, la semana pasada se empezaron a contabilizar los casos. Pero tanto nos hemos acostumbrado a este penoso fenómeno, que su periódica ocurrencia no causa más impacto en la opinión pública. Nadie se da por enterado. 

El Hospital Infantil de Especialidades y el Hospital General aumentan su ocupación hospitalaria por niños con padecimientos bronquiales y neumonía.  Muchos de nosotros sabemos lo doloroso que es la muerte de un ser querido por no contar con los recursos necesarios para recibir atención médica oportuna y de calidad, mucho menos para la compra de medicamentos básicos. 

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Solo es necesario pasar una temporada otoño-invierno en Juárez, para saber lo que es el dolor de huesos, músculos, nariz y dientes por el cruel frío que aquí se vive. 

Escuchamos las noticias sobre las temperaturas gélidas que se aproximan y vienen a nuestra mente los días en que por unas horas la ciudad se paraliza, se convierte en un fugaz silencio, una caída de copos blancos de nieve, que, al poco tiempo, el frío convierte en hielo duro y resbaladizo; las calles se transforman en paisajes blancos y las clases se suspenden, los afortunados nos quedamos en casa gozando de las caricaturas y series de televisión. 

Muchas familias tienen que salir a pesar de los grados bajo cero para comprar la leña que sirve como combustible en esos calentones de metal empotrados en la pared de las casas, con una chimenea hechiza que llena de hollín hasta las vibrisas nasales.

La vida se ha modernizado un poco, antes salíamos los más jóvenes de la familia acompañados de mamá para hacer las líneas para la compra del petróleo y hacer funcionar aquellos aparatos con bombillas a los que había que cambiar la mecha cada determinado tiempo y que humeaban todas las paredes y techo de la casa cuando colocábamos cáscaras de naranjas y mandarinas para darle un toque de aroma cítrico a nuestro humilde hogar. 

Papá hacía donas y convertía la casa en una minipanadería familiar, con la ayuda de una pequeña estufa. El olor a azúcar y canela, el calor de su cocción y luego ver el pan en la cocina esponjándose para comerlo, acompañado con una taza de chocolate abuelita preparado por mamá, nos convenció siempre que nunca faltó nada en esa casa, eso sí que era calor de hogar. 

Pero la mayoría de la gente en Juárez, no tienen la fortuna de describir situaciones poéticas y bendecidas de una vida familiar como en la que crecimos muchos de nosotros. No todos en esta ciudad tienen la bendición de tener cuatro paredes donde subsistir a un invierno, No siempre la oportunidad se da de la misma manera, hay quienes no tienen hogar, aparatos de calefacción, alimentos, ni amor. La vida se muestra desolada y triste, la realidad la supera. La situación de pobreza se puede entender como un síntoma. Nos muestra las grietas de aquello que hemos construido y aparece como el resultado de múltiples mecanismos de segregación y exclusión. 

Solo hay que caminar por las calles de la ciudad para darnos cuenta, cada vez  es más común lo que antes era esporádico: encontrar gente durmiendo en casas de campaña, casas de cartón, en construcciones incompletas y terrenos desolados. Las caravanas de migrantes permanecen en los puentes internacionales y en el bordo del Río Bravo esperando un milagro que cambie su estado migratorio y el frío cala en su cuerpo y en su alma. Algún cajero automático del Centro sirve para pasar la noche fría también, en el peor de los casos, en aceras y esquinas envueltos en harapos y cobijas rotas y sucias que encuentran en la basura o que les han donado “piadosas” personas a las que les sobra una que otra manta. Aquí hay niñas, niños, adolescentes, ancianos. Pero muchos pasamos cerca y de largo, volvemos a casa, nos sentamos a la mesa y dormimos tranquilos a pesar de todo.  

El frío de Juárez está ya amenazando, es el momento justo en que la sociedad civil, las personas de buena voluntad, ese puñado de conciencias tranquilas o intranquilas resurja para auxiliar al necesitado. No son solo las campañas para la recolección de cobijas, ropa de abrigo y alimentos lo importante y urgente. Es también la certeza y la conciencia de que nuestra ciudad es más que una olla comunitaria que recibe oleadas crecientes de migrantes de todo el país y de países vecinos y hasta de inimaginables rincones del mundo. 

Es el tiempo de sumar esfuerzos y asumir responsabilidades, para un solo fin: ayudar a quienes han sido más desafortunados que nosotros. Podemos empezar a enseñar a crear hábitos a nuestros niños, a nuestros alumnos y jóvenes de compartir lo que tenemos, y no lo que nos sobra, a compartir ropa propia de la temporada, a preparar alimentos y donarlos, podemos hacer un trabajo serio y comprometido convirtiéndonos en activistas reales y constantes, sin necesidad de fotografía que lo atestigüe. Más allá de lo cuantitativo, debemos imprimir calidad a los buenos actos. Nunca es tarde para arrimar el hombro y ayudar a los demás, brindándoles  acogimiento, confianza y la dignidad perdida. Tiempo de que avivemos el espíritu.  Ropa, calzado, artículos de higiene, cobijas, alimentos, bebidas calientes nos esperan en cada espacio, en cada albergue, asilo, orfanato, fuera de los hospitales donde la gente espera a su familiar enfermo, y en la  vulnerabilidad completa de las personas que viven en la calle. Para hacer frente a estas y otras dificultades de discriminación, tristeza y exclusión social, hagamos visibles a estas personas que, si no las observamos, solo las convertimos en una parte de un paisaje y un mundo triste e injusto.

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