PUBLICIDAD

Opinión

Los dos infiernos

Aunque nos cueste aceptarlo, este mundo tiene dos infiernos: el mitológico (salvando, por supuesto, la cultura y tradición cristianas) y el terrenal

José Luis Garcïa
Analista

lunes, 09 enero 2023 | 06:00

PUBLICIDAD

Ciudad de México.- Aunque nos cueste aceptarlo, este mundo tiene dos infiernos: el mitológico (salvando, por supuesto, la cultura y tradición cristianas) y el terrenal, que se compone dramáticamente por las condiciones hegemónicas de cada región y sus diversos dolores.

Cuando digo dolores, no me refiero al sufrimiento natural del hombre en determinada situación geográfica; hablo de aquello que le causa un problema no solo en la convivencia, sino en su seguridad misma y la de su familia, sus bienes y su condición humana.

PUBLICIDAD

En la mitología, cualquiera que sea su momento en la línea del tiempo, el infierno está plagado de criaturas paganas, desde Dante, que creó al Cerbero, el perro de tres cabezas, el Minotauro, a las arpías y los centauros, hasta Miguel Ángel que incluye a Caronte y Minos, así como Milton a Medusa e Hydras.

En la demonología, Astaroth es el gran duque del infierno en la primera jerarquía con Belcebú y Lucifer, la parte de la trinidad maligna. El infierno, según la biblia, es un gran valle en forma de cono y se divide en nueve círculos, cada vez más estrecho y profundo uno que el anterior, donde las almas son azotadas contra muros y pisos, arrastrados por un fuerte viento que les impide salir, para que permanezcan ahí atormentados.

Hay una coincidencia en toda la mitología: el infierno es un sitio lleno de fuego, donde los demonios castigan a punta de latigazos a los pecadores y los obligan a trabajar eternamente, bajo condiciones -por supuesto-, degradantes para hacer que paguen por sus acciones en vida.

Y aquí empieza el problema, pero, curiosamente, las enormes coincidencias entre los dos esquemas: el mitológico y el terrenal. Los círculos en el infierno de Dante Alighieri son el limbo, la lujuria, la gula, la codicia, la ira, la herejía y, la violencia, el fraude y la traición. Nueve condiciones, nueve esquemas de castigo y, por supuesto, siete formas de hacer daño. Nueve círculos, siete infiernos.

¿Los siete pecados capitales? La interpretación es de cada lector o lectora. Lo que me llama poderosamente la atención, es que la violencia desatada por el infierno de las drogas es cíclico en nuestro país y casi el resto del mundo. “Casi”, porque son escasos los territorios nacionales que no padecen el problema del tráfico de drogas.

Al narcotráfico se le ha llamado el monstruo de mil cabezas, porque no tiene fin. Es un problema que abarca todo y más. El narcotráfico doblega gobiernos, atrapa inocentes, mata niños, hombres y mujeres, condiciona vidas, secuestra pueblos enteros y, en el inicio de su imperio, prostituye voluntades.

Lo ocurrido en Ciudad Juárez, con la fuga del penal del líder de uno de los grupos criminales más despiadados de la historia moderna y con la captura del hijo de “El Chapo” Guzmán en Culiacán, el infierno volvió a abrirse de par en par. Murieron inocentes, se masacraron no solo vidas, sino también esperanzas y sueños.

El “negocio” de las drogas da para todo, pero hay que atravesar el infierno para permanecer al margen; a quienes dedican su tiempo y su vida a ello, jamás les importará asesinar para conseguir el objetivo: el mercadeo de sustancias prohibidas.

Este es el infierno terrenal al que me refiero, un infierno que nada tiene que ver con la mitología, porque si bien se compone de demonios vivos y asesinos despiadados, lastiman y castigan a inocentes, a diferencia del mitológico, que sostiene a latigazos a los pecadores. En el infierno de las drogas no hay pecadores, hay inocentes que caen en ese cono incendiado de poder y lágrimas.

Lo que vivimos a partir del amanecer del domingo primero de este año, no es una inocente coincidencia: fue una fuga planeada, con un trazo que lo que menos tuvo, fue clemencia de inocentes. Mataron a sangre fría, a balazos y a centímetros de distancia. Fue saña, maldad que anida las más perversas emociones.

Detener a un poderoso narcotraficante como en Culiacán, o terminar con la vida de otro influyente líder criminal en Ciudad Juárez, no es el fin de grupos delictivos: es el cambio de piel, como las víboras, para que otros asuman el control de ese que es uno de los más redituables “negocios”: envenenar personas, no importa su edad ni su condición social o económica.

El terror de los habitantes de ambas ciudades, Culiacán y Juárez, es algo que no tiene comparación. La quema de vehículos, cierre de carreteras, “retenes” criminales, asesinatos o el incendio de negocios, es un infierno cíclico, que se abre y se cierra cada vez que alguien intenta poner orden en el desorden.

Extorsiones, secuestros, asaltos, desplazamientos forzados de pueblos enteros, son al menos cuatro de las variables del narcotráfico y, quienes son víctimas de alguna de ellas, saben -lo saben bien-, que es un infierno real y que puede ser peor que el mitológico.

Cada vez que se le da un golpe al narcotráfico descansamos. Pero el infierno volverá a abrirse en cualquier momento, hasta que dejemos de abrirle la puerta… todos. Porque la solución, la tenemos todos. En serio, todos. Al tiempo.

PUBLICIDAD

ENLACES PATROCINADOS

close
search