Opinión

Ley general de cultura de la paz y reconciliación (4/4)

La UNICEF sostiene que la Educación para la Paz se define como un proceso de promoción del conocimiento

Norberto López Garza

lunes, 05 octubre 2020 | 06:00

La UNICEF sostiene que la Educación para la Paz se define como un proceso de promoción del conocimiento, las capacidades, las actitudes y los valores necesarios; para producir cambios de comportamiento que permitan a los niños, los jóvenes y los adultos, prevenir los conflictos y la violencia, tanto la violencia evidente como la estructural; resolver conflictos de manera pacífica, y crear condiciones que conduzcan a la paz, tanto a escala interpersonal, como intergrupal, nacional o internacional.

Ciudad Juárez es una urbe que dada su naturaleza, ubicación geográfica, la industria, comercio y su gente, es considerada cosmopolita, presenta una serie de mezclas de cultura, subcultura, nacionalidades, entre otras. Es vasta gracias a la diversidad, sin embargo no todo es bueno, pues algunas devienen contrarias a la moral y buenas costumbres, también están aparejadas de ira, venganza, agravios, decepciones y pobreza, que no se afrontan en conciencia y el trabajo de la autoridad es insuficiente o no se detecta a tiempo para atenderlos.

Padecemos problemas de raíces profundas, por ejemplo, la narcocultura; tenemos datos que sustentan el origen y cómo ha transcendido en esta locación. Los sabedores de este tema recuerdan a Ignacia Jasso alias “La Nacha” quien a principios del siglo XX cobró relevancia su identidad: madre amorosa pero muy violenta en sus determinaciones, por décadas tuvo el control de drogas aprovechando la prohibición de alcohol en los Estados Unidos, ahora, en la modernidad existen series y novelas que presentan una vida de excesos y poder que seduce a varios.

Esta actividad ni al principio ni al final ha sido buena. Los agoreros señalan que es la peste, quizá tienen razón si recordamos que Ciudad Juárez fue considerada en un momento como el “tiradero nacional de muertos” iniciado en el régimen federal 2006-2012 donde el índice de homicidios se disparó sin precedentes por motivos de sobra conocidos, pero especialmente por el control de los mercados de la droga doméstica e internacional.

Afortunadamente, por decirlo de alguna manera, han descendido esos delitos, sin embargo, ¿acaso creemos que no habrá secuelas en esta y ulterior generación? Si tomamos en cuenta que la racha tiene apenas 12 años de vigencia, eso significa que tenemos una generación de niños y adolescentes que han crecido con la ausencia de padre, madre, hermanos, tíos o primos, oprimidos precisamente porque la vida de sus seres queridos fue arrebatada, y anestesiar las emociones de las víctimas colaterales sólo produce el crecimiento de la espiral de la venganza.

Cómo olvidar a aquel niño que le preguntó a su madre cuánto cuestan las bombas, su mamá sorprendida le respondió extrañada con otra pregunta: por qué querría saber eso, y el niño le contestó “porque voy a echarla a la televisión que sacó a mi papá muerto”.

Datos sensibles como éste existen muchos, pareciera que sólo quisiéramos olvidar los peores momentos de Ciudad Juárez con dedicación a la familia y trabajo, pues la benevolencia de su gente es así, pero la realidad de muchos no logra ni una ni la otra, y se conjuga con la crisis de quienes viven marcados, impactados o traumatizados por la violencia es sus múltiples facetas, a eso este escribidor la llama síndrome de la actividad pre-criminal, en otras palabras, la omisión de la sociedad y Estado para brindar ayuda u orientación a quien o quienes viven en crisis por eso.

Tal es el caso del suicidio. De acuerdo con trabajos del Dr. Óscar Esparza Del Villar y otros investigadores (2019) en Ciudad Juárez, piensan quitarse la vida 85 adultos mayores diariamente, 41 entre niños, jóvenes y adultos, y el INEGI en 2018 sostiene que el estado de Chihuahua duplicó la tasa nacional con 11.4 suicidios por cada 100,000 habitantes, y aquí el Código Penal del Estado de Chihuahua no contempla en su catálogo de delitos pena alguna, entonces, a conciencia debiéramos considerarnos como sociedad responsables solidarios de esta situación, pues son actos prevenibles y nuestra acción u omisión lleva a estas personas a esa fatal consumación.

Es cierto que la Educación para la Paz entraña ayuda psicológica que dota al estudiantado de herramientas que permitan vivir de una forma razonable y equilibrada pese a las vicisitudes ordinarias, como también lo es que urge un modelo efectivo acorde a cada región del país que influya en la comunidad positivamente para drenar aquello que impide el sano desarrollo de la personalidad.