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Opinión

Las palomitas azules

Hemos trasladado los sentimientos y emociones a las redes sociales

Javier Horacio Contreras Orozco

domingo, 12 junio 2022 | 06:00

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Hemos trasladado los sentimientos y emociones a las redes sociales. Si los celulares son parte del equipaje indispensable, si constituyen verdaderas prótesis de la mano humana, almohada y compañero de cama, ahora podemos considerar que ahí radican nuestros novedosos signos vitales digitales.

Esos signos vitales son el número de seguidores, los likes que recibimos en nuestras redes, los shares o comparticiones que logramos acumular, los mensajes vistos, los reenvíos, la cantidad de contactos, el número de grupos o chats a los que se pertenece, pero, sobre todo, los emoticones que se reciben y alegran o entristecen el estado de ánimo.

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 Si alguien amanece triste por la mañana es porque desde un día anterior que envió varios mensajes, no tuvieron respuestas durante toda la noche y eso augura un mal día. En otras palabras: no lo pelaron y eso lo frustra porque en el maldito celular no hubo movimiento.

Y si en estos tiempos no hay movimiento en sus redes significa que no existe, que no está en el mundo digital o está fuera del ecosistema en que todo se reduce a intercambios de memes, fotografías, expresiones gráficas o codificadas en dibujos. Nuestros pensamientos y emociones cada vez los vamos reduciendo o sintetizando más a simples interjecciones de monosílabas, destrozando la mejor herramienta del raciocinio humano como es el lenguaje. 

Una falta de ortografía o mal uso de una palabra debería ser motivo de un propósito autodidacta de remediarlos, corregirlos y elevar el acervo cultural en el manejo adecuado de nuestro lenguaje. Lamentablemente, se pasan por alto o ni siquiera se detecta el mal uso. Y cuando una sociedad pierde su lenguaje, pervierte su idioma o descuida el uso correcto, deja de tener riqueza cultural.

Ahora, a través de un celular inteligente amamos y odiamos, expresamos nuestros afectos y obsesiones. Las filias y fobias se externan por medio de memes. Tomamos pensamientos o frases célebres de otros, para posesionarnos en una abierta deshonestidad intelectual o abordaje de piratas para hacerlas pasar como si fueran nuestras. En estos tiempos de Internet los derechos de autor, la creatividad e ingenio son los más devaluados sin el menor rubor o pizca de vergüenza.

Los afectos y desafectos los tenemos íntimamente ligados a un dispositivo electrónico alrededor del cual gira nuestra vida. Las relaciones tóxicas o enfermizas se dan ahora en los propios celulares, por el acoso o bullying digital con el agravante de que son a cualquier hora y desde cualquier parte y muchas anónimas. 

Así como son vehículos de frases de motivación, oraciones, “apapachos” al corazón o consejos, también son portavoces de reclamos, maltrato y discriminación. Se puede tipificar perfectamente tortura psicológica por un celular o también cortejo y flirteo digital. Muestra de ello son parejas y matrimonios que se incubaron a distancia, prosperaron a través de sus redes sociales y terminaron en boda o vida en común.

El antiguo flirteo era el arte de conquistar a una persona a través de palabras, frases y detalles, pero sobre todo estimulando las fibras más sensibles de las hormonas que impulsan al corazón a acelerar la sístole y diástole. Era estar cara a cara, sometido a una sudoración de las manos, con la tensión de los cinco sentidos atentos a cualquier expresión o movimiento. Un gesto, un parpadeo o un guiño nos podía indicar el éxito de la faena o una mirada de desdén o una mueca nos avisaba del rotundo fracaso.

Hoy, esas emociones están concentradas en aplicaciones electrónicas, donde hay tarjetas o ramos de flores electrónicas, frases ya elaboradas, corazones, cupidos, rosas, besos o labios rojos.

Gozamos o sufrimos por un par de palomitas que nos avisan si ya nos leyeron. Nos frustramos si permanecen por horas o días sin que cambien de color para saber si nos leyeron o están vistos. Y de manera obsesiva y compulsiva a cada momento revisamos si ya abrieron el mensaje, si ya lo leyeron, si ya lo conquistaron y luego, el tono o respuesta que nos envían. En esos avisos de una máquina, nuestras emociones se concentran para ser felices o infelices.

Nos hemos reducido en autómatas del cariño y la aceptación. Un dedo pulgar hacia arriba nos desata estrellas en el cerebro o mariposas en el estómago; con el dedo hacia abajo, nos sentimos como condenados a muerte como lo decretaban los antiguos emperadores romanos, que de esa manera decidían el destino de los cristianos.

Una respuesta a los mensajes en WhatsApp nos coloca en la agenda o prioridad de las otras personas. Si tenemos eco de inmediato, nos da la sensación de que están pendientes de nosotros, que esperan nuestros mensajes, que tienen interés o que somos importantes, al menos, en ese momento.

Pero también la ignorancia a los mensajes nos somete a una depresión emocional, a sentirnos abandonados o simplemente que no estamos en el radar, o para ser más a tono de estos tiempos, no nos tienen en el GPS. 

Nos angustia que no abran nuestro mensaje, lo que influye en el flujo de la sangre, como también nos alegra si la doble palomita ya está en azul. A palomitas azules hemos reducido la autoestima, la decepción o emoción. Y mientras las palomitas sigan sin cambiar de color desde que enviamos un mensaje, caemos en depresión. Lo mismo pasa con Facebook donde nuestra vida, éxito social y aceptación depende de un like. 

Algunos psicólogos relacionan estas reacciones con los llamados “bajones” o “subidones” en nuestro estado de ánimo, casi como el principio de dime cómo andas de humor para saber cómo andas en tus redes.

Pareciera todo esto muy exagerado, pero el fondo es que hemos incorporado a nuestras vidas un intermediario con la realidad y con las demás personas. Los celulares son ahora la ventana, puerta, acceso y rechazo. Son conexiones, mas no relaciones y al tener tanta información en esos dispositivos, dependemos totalmente de esos datos, o al menos, es la sugestión o autojustificación que tenemos para no desprendernos de los aparatos.

Los cargamos a todos lados “por si se ofrece algo”, por si nos buscan para una emergencia, por un apuro o algo inesperado. Los portamos porque traemos ahí directorios o contactos, banca móvil, documentos, nips, fotografías, cámara, grabadora y cientos de aplicaciones que nos han generado una nueva adicción o más bien una codependencia, de la que antes nos queríamos librar y ahora dulcemente aceptamos y nos ponemos los grilletes para andar por la vida argumentando que en estos tiempos nadie puede vivir sin celular, nadie puede estar sin la conexión de un aparato, es imposible sobrevivir sin una máquina a nuestro lado y en nuestra cama.

En conclusión, todo lo anterior es a través de un aparato, un dispositivo, una herramienta digital o un celular que llamamos teléfono inteligente, dejando en entredicho nuestra racionalidad y poniendo en duda nuestra inteligencia. 

Las redes sociales son los caminos amenos por donde el negocio de la atención se desvanece sobre nosotros, permea y adormece el esfuerzo de ejercitar la memoria, la profundidad y el uso de una mayor capacidad de nuestros recursos cognitivos y, por supuesto, opaca y reduce a su mínima expresión nuestras emociones, sustituyéndolas por simples y fríos recursos de una máquina “inteligente”. 

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