Opinión

Las ‘benditas’ redes sociales

Hoy pareciera que lo que no está en Facebook, Instagram, YouTube o Twitter no existe

Francisco Ortiz Bello
Analista

domingo, 06 junio 2021 | 06:00

Sin duda alguna el fenómeno comunicacional que se da en nuestros días a través de las redes sociales, será digno de un estudio y análisis profundos desde el enfoque sociológico y científico, porque ha cambiado en muchas formas la dinámica de interrelación entre los seres humanos, al punto de convertirse prácticamente en escenario real, o virtual como se prefiera, de las más cruentas y duras discusiones sobre casi cualquier tema.

Hoy pareciera que lo que no está en Facebook, Instagram, YouTube o Twitter no existe, aunque localmente, al menos en esta frontera, prevalece con mayor fuerza e intensidad la primera de estas redes sociales. Sin embargo, cada una se distingue por características muy particulares que las han hecho incluso las favoritas hasta de los políticos, no solo en México, sino en el mundo entero.

Es sabido y conocido por todos, el efecto que causaron en su momento los tuits de Donald Trump o del mismísimo presidente López Obrador quienes, a través de esa red social, encontraron una vía efectiva de comunicación social. Lo mismo la han utilizado para anunciar reacciones de su gobierno hacia eventos particulares, que para hacerle bullying incluso a mujeres senadoras de su país, en el caso de Trump, o a periodistas en el caso del presidente mexicano.

También han resultado épicas las bizarras y apasionadas discusiones tuiteras entre Fernando Belaunzarán, Javier Lozano, Felipe Calderón y los seguidores del presidente López Obrador, que se dicen de todo de verdad. De todo, es de todo.

Pero ¿Por qué ocurre esto? Analicemos un poco. De acuerdo con la plataforma de gestión de redes sociales Hootsuite, en un estudio realizado en 2019, el uso de redes sociales en México aumentó en un 9% durante los últimos 12 meses (de enero a diciembre de 2018), con lo que ha llegado a los 83 millones de usuarios, cifra que más o menos coincide con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de las Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) del Inegi, misma que establece en 74.3 millones de usuarios en internet mayores de seis años también en el mismo año.

En lo personal me parece mucho más acertado el dato de Hootsuite porque obedece a mediciones directas de usuarios y cuentahabientes de casi todas las redes sociales y, siendo una empresa que gestiona precisamente las redes, su conteo o cálculo pues resulta más exacto que el de una encuesta.

Según la encuesta del INEGI, el 90 por ciento de los internautas se conectan a las redes o plataformas digitales a través de teléfonos celulares o smartphones, lo que ha facilitado enormemente la difusión de temas a través de las mismas, lo cual no debiera significar problema alguno, sin embargo, no es así.

Digamos que, a manera de conclusión muy simplista, las redes sociales han democratizado extraordinariamente la discusión de los asuntos públicos, aquellos que son del interés de las personas, lo cual por supuesto que es algo digno de reconocer y congratularnos por ello. Sin embargo, esta masificación indiscriminada del debate y de los temas ha traído consigo efectos no deseados.

El debate de las ideas, entendido siempre como el intercambio ordenado de argumentos o posturas, siempre será la mejor manera de avanzar, de entenderse, de construir, pero cuando ese intercambio se aleja de la discusión civilizada entrando en los terrenos de un pleito de mercado, entonces ya no se gana nada y, por el contrario, se hace mucho más difícil la comunicación entre personas.

De hecho, esa es una causa muy generalizada para los conflictos entre seres humanos, los pleitos o agresiones que pueden llegar a ser incluso físicas, como resultado de los insultos u ofensas personales entre uno o más individuos. No hay nada que moleste más a alguien que, ante la falta de argumentos de la contra parte se vuelque en insultos, ofensas, malas razones y hasta agravios personales que nada tienen que ver con el tema discutido.

El problema con las redes sociales, si es que hemos de encontrarle alguno, es que ha fomentado con mucha profusión ese tipo de discusiones o pleitos entre personas, principalmente porque lo que se dice no tiene un efecto inmediato, es decir, si una discusión o debate sobre un tema se degrada a pleito y alguien me insulta en un comentario de Facebook, por ejemplo, estoy físicamente impedido para responder la agresión verbal al ser un diálogo virtual.

Esa condición de anonimato incluso, porque muchas veces se desconoce completamente con quién se está interactuando, facilita que cualquiera se envalentone y profiera las más fuertes injurias contra otro a la menor provocación, aun personas de carácter retraído, o de plano tímidas y hasta temerosas, se pueden volver formidables y valientes buleadores en las redes sociales, por esa condición de anonimato que les brinda cierta protección.

Pero hay otro ingrediente que se convierte en combustible que hace arder literalmente cualquier discusión en las redes sociales: la impunidad ¿A qué me refiero? A que para acusar a alguien de lo que sea, incluso del más abominable y abyecto acto, no necesito probar nada, solo me basta inventar el hecho aderezarlo con dos o tres detalles que lo hagan poquito creíble y ¡zas! soltarlo a rajatabla contra alguien en una conversación.

Cualquiera que tiene una formación y educación más o menos aceptable, que creo somos la gran mayoría de los mexicanos, sabe que una persona de bien no puede acusar a otro de algo si no se tienen las pruebas, las evidencias, que lo comprueben. No se debe hacer. Sin embargo, esta condición favorable de las redes sociales ha relajado mucho ese tipo de normas sociales, y hoy cualquiera le raya la madre u otro, o lo acusa de ladrón, corrupto, secuestrador y de lo que sea, porque finalmente ni tiene que hacerse cargo de las consecuencias de sus palabras, ni tiene que probar nada.

Pero esa situación nos lleva a otra peor aún. El fenómeno conocido como “viralización de contenidos” que no es otra cosa que una publicación se difunda masivamente llegando a miles de personas, a decenas de miles, a cientos de miles, y entonces aquello se convierte en el pandemónium porque alguien terminará siendo víctima de un verdadero “linchamiento digital”, no importa el tema, no importan los argumentos planteados, es más, no importa si lo que se dice es verdad o no, por el efecto de la viralización y las posturas de quienes participan, que pueden llegar a ser decenas de miles, alguien terminará injustamente linchado.

Esta situación ha llevado a varios legisladores de casi todos los partidos políticos a considerar la posibilidad de regular las redes sociales, el Internet, con propuestas desde las más sensatas y mesuradas hasta las más disparatadas, de hecho, considerar seriamente la regulación de las redes o el Internet es en sí mismo un disparate, porque necesariamente se estaría atacando la libertad de expresión de los ciudadanos.

Por eso creo que, un tema como este, en el que lo que está de fondo realmente es la condición personal de cada uno de nosotros ¿Qué nos hace actuar apartándonos de principios y valores que incluso formaron parte de nuestra educación básica en el hogar? ¿Por qué de pronto nos podemos convertir en verdaderos salvajes sin el menor respeto y consideración hacia nuestros semejantes?

Cuestionamientos que dejo aquí para la reflexión. Pensar diferente de otros está bien, opinar distinto en diversos temas está bien, no tenemos que estar de acuerdo en todo, lo que ya no está bien es satanizar, insultar, denostar, criminalizar o hasta linchar a quienes piensan distinto de nosotros. 

Particularmente en una época electoral como la que vivimos, la polarización, el encono, el enfrentamiento, la división, el resentimiento no son precisamente valores o buenos principios de las personas de bien, de las personas con educación, pero pareciera ser que las redes sociales los convierten a algunos en verdaderos energúmenos capaces de todo, sin límites morales ni éticos para atacar a otros, para destruir su dignidad, y eso nos llevará, irremediablemente a la violencia y a la agresión reales, las que se salgan de las plataformas digitales y se instalen de verdad entre nosotros ¿Eso queremos? ¿Eso sería bueno para nuestros hijos? Yo creo que no.