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Opinión

La tristeza, el gran enemigo

Basta ver el mundo de la noticia; parece que nada bueno hubiera en el mundo, y ello deprime

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 15 enero 2023 | 06:00

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“Echa lejos de ti

la tristeza”

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Eclo.30,24

¡Pocas cosas nos invitan, hoy, a la alegría! La alegría nos es desconocida y difícil y podemos confundirla con sucedáneos. Por lo demás, es vieja compañera del hombre, le ha seguido siempre, siempre lo ha asechado y muchas veces lo ha vencido. Pero creo que lo nuevo es que, hoy, la tristeza se ha hecho forma cultural. Mucha diversión y poca alegría. 

Basta ver el mundo de la noticia; parece que nada bueno hubiera en el mundo, y ello deprime. Noticieros hay que resumen toda la miseria humana acumulada en el año; nada bueno ha sucedido según esto; no debemos confiar en tal visión. Incluso, hay resúmenes semanales y se nombra lo más importante que ha sucedido. Rozan la apología del delito. De política, hay quienes escriben muy bien porque conocen su oficio, consiguen información especial, etc. En nuestro Diario aparecen dos que tres de esa talla: Sarmiento, y otros. López Dóriga recomienda su espacio diciendo: lo que Ud. oirá y verá y leerá esta tarde y mañana, así no deja nada pa’ los demás. Más para la gente que está en la cuneta de la vida, invadida por el sufrimiento, la ansiedad, el miedo, la enfermedad no hay espacio editorial. No cabe duda, en la página editorial se mide el medio. Claro hay que leer, pero saber leer. Ya decía S. Agustín, “Si vemos, solo, las cosas de este mundo, nos entristecemos”. Aquí está el perno de toda vida y de la historia de hombre. Tenemos que ver por encima del oleaje e interpretar.

¡Cuántas cosas impresionantes nos dice la psicología, desde la ‘geografía’ y las imágenes del cerebro, hasta las terapias más sofisticadas para luchar contra la tristeza, sus nuevos nombres y sus nuevos remedios! Pero yo quiero ver qué nos dice Dios sobre el tema, después de todo es el mejor psicólogo. 

La tristeza es el enemigo número uno del hombre, es la tiniebla del alma porque no deja ver el camino, y no deja avanzar. La tristeza quita la alegría, deja ciego porque es oscuridad. La gran enfermedad de la humanidad es la tristeza, depresión le dicen hoy, pero, al fin y al cabo, es tristeza. Muchos se hunden en un sin fin de adicciones como forma de lucha contra la profunda tristeza que anida en el alma. Detrás de toda vida que se malogra está una experiencia que provocó un gran sufrimiento y lanzó su vida por caminos que no lo son. Los que han intentado quitarse la vida, fueron dominados de forma tal por la tristeza hasta perder el sentido y el valor de la vida. “Echa muy lejos la tristeza porque la tristeza ha matado a muchos y no hay provecho alguno en ella”. (Eclo. 30,24).

Para remediar el mal de la tristeza, hay que tener el mismo cuidado que se tiene cuando se trata de cualquier enfermedad del cuerpo, como el Covid, debido a los grandes daños que causa. Hay que cuidarse de no caer en ella ni que ella ingrese al corazón; porque si se le da entrada y se asienta, sentiremos rechazo a las cosas buenas, incluso se apagará la fe. “Mi alma se adormece de tristeza”, (Sal.118,28); no dice que se adormece el cuerpo, sino mi alma cae en un letargo, en una catalepsia. La tristeza, vuelve desabrida y áspera a la persona. Mueve la ira y el enojo; cuando estamos tristes nos disgustamos y enfadamos fácilmente; hace al hombre impaciente en las cosas que trata. Llega a turbar el buen juicio: “Donde hay amargura y tristeza no hay juicio”. (Eclo. 21,15).

Cuando reinan la tristeza y melancolía, empiezan a surgir ideas obsesivas y perturbadoras, temores infundados, sospechas, de tal forma que esas ideas pueden convertirse en “conversaciones”, que rondan por la cabeza, muy parecidas a la locura. “Lo que hace la polilla con la madera, eso hace la tristeza en el corazón del hombre”, escribe S. Máximo (c 580-662). La madera carcomida por la polilla no sirve para sacarle provecho alguno, no se le puede poner peso encima porque se hace pedazos. Así el hombre carcomido por la melancolía, triste y desgraciado se hace inútil para todo lo bueno.

Desgraciadamente el mal no para aquí; la tristeza en el corazón es causa y raíz de muchas tentaciones. En la sombra de la tristeza, se esconde el mal, es su nido y madriguera. Decía San Francisco que cuando nuestro corazón está triste, fácilmente se ahoga en la desesperación, o en los placeres mundanos, hoy diríamos, en las adicciones. Al que anda triste y melancólico, el Malo le hace caer en la desconfianza y en la desesperación; es lo que sucedió a Caín. Caín, le dice el Señor, ¿por qué te irritas?, ¿por qué andas triste y cabizbajo?, si obraras bien, ¿no levantarías la cabeza? Pero si no procedes bien a la puerta está el Malo asechándote… (Gen.4,46-67). Meditaba ya el asesinato del hermano. 

Otras veces el Malo lo hace caer en sucedáneos: juego, consumismo compulsivo, fijación exagerada en la apariencia externa, recurso al escape. Huida. Otras en la abyección creyendo que con esto saldrá de la tristeza que lo abrasa. Y solo aumenta la sed. Toda persona al alejarse de Dios cae en la indisciplina del cuerpo y del espíritu, busca la adrenalina en todo lo que hace para paliar su tristeza. Es tal el mal que hace la tristeza que “Todos los males vienen por ella”. (Eclo,25,17). La desconfianza propicia buscar falsas seguridades en el esoterismo.

Puede ser que, desde ahí, desde la tristeza, Dios llame. Pero por desgracia la persona al no poder (o no querer) reconocer la causa real de su mal, escoge el camino tibio, fácil, en donde no se toque la fibra del problema y recurre a doctrinas engañosas que al final empeoran más su estado: búsqueda de ideologías religiosas, vendedoras de ilusiones, psicologías patito parten de la idea de “autocuración”, “poder dentro de uno” o “autosugestión”, que termina por devastar psicológica y espiritualmente a la persona. Las citas empleadas vienen de muy lejos; el problema es añejo, tan añejo como el hombre. Entonces, ¿no hay lugar para la alegría?

Por una extraña paradoja la verdadera felicidad, incluye también la certeza de que no hay dicha perfecta. La experiencia de la finitud, que cada generación vive por su cuenta, obliga a constatar y a sondear la distancia inmensa que separa la realidad del deseo de infinito. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. 

Florence Wedge, enseñante de psicología en Harvard que fue, y psicóloga clínica, dice que los problemas que provocan nuestra infelicidad, el 30 por ciento son del pasado, el 60 por ciento pertenecen el futuro y solo el 10 por ciento son del presente. Y luego pasa lista a la cantidad de fármacos usados para luchar contra la tristeza y sus aliados. Suma estratosférica. Y concluye con una sencilla y añeja receta para esta lucha:

No se preocupen por el mañana. “Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No vale más la vida que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse puede añadir una hora más a su vida?

¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’. Los paganos se afanan por todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas”.

Este es el único sermón de nuestro Señor, concluye la autora, sobre la inutilidad de nuestras preocupaciones; estas breves palabras cubren un amplio territorio, toda nuestra vida, pero no creemos o no las conocemos. Son pocas palabras, pero si Cristo realizó grandes prodigios y milagros, él puede con pocas palabras cambiar los sentimientos amargos de nuestra alma. Estas pocas palabras vienen a ser la carne y la sangre de su mensaje. Hay que tomarlas en serio y ellas nos cuidarán; permitamos que su palabra sea la última palabra sobre las preocupaciones, miedos y tristezas que enturbian la vida. Son la respuesta definitiva a la situación planteada en el Eclesiástico (Eclo). De ahí invitación de Pablo a los cristianos girada desde la cárcel: “Estén alegres en el Señor; se los repito: estén siempre alegres” (Fil. 4 ,4).

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