Opinión
Cultura de la paz para el buen vivir

La taza rota

Han sido días duros. La llegada del Covid trajo consigo pérdidas de diferente índole

Fátima Silva Contreras

lunes, 15 febrero 2021 | 06:00

Han sido días duros. La llegada del Covid trajo consigo pérdidas de diferente índole. Mientras que algunos perdieron a sus padres o a amigos entrañables, otros perdieron su empleo, su casa, su negocio, un viaje, la posibilidad de realizar la boda de sus sueños o un baby shower en compañía de seres queridos. Perdimos espacios de encuentro con el otro. Perdimos la paciencia, la paz y nuestra salud emocional. En fin, perdimos personas, sueños, movilidad. Tratamos de salir adelante y hacer lo posible por adaptarnos, por recuperarnos de esas pérdidas, pequeñas y grandes, algunas irreparables. Buscamos en esos sucesos el sentido de la vida y nos aferramos a ella y a su bondad, al amor de quienes permanecen y nos acompañan.

Hace algunos años en una etapa de crisis escribí un texto que compartí con personas allegadas a mí para agradecerles su presencia en mi vida. Con el tiempo fui hallando que esas palabras podían acompañar a quienes estuvieran atravesando situaciones de dolor. Hoy, en este espacio, quiero compartirlo contigo. Cualquiera que sea tu pérdida espero que estas letras te ayuden a encontrar paz y acompañen tu duelo:  

Hay momentos durante el existir en que uno siente como la vida, esa que estaba llena de planes y certezas, se te viene abajo, se quiebra de repente, truena en pedacitos. Los sueños se diluyen, los proyectos caducan, los caminos se borran. Pero aparecen otros, recordándote que, en medio de esa taza rota, de esa vida rota, de ese corazón roto, existe el símbolo más grande de vida: la capacidad de mirarnos a nosotras y nosotros mismos y desnudarnos en la autenticidad de nuestros deseos más profundos. El símbolo más hermoso de esperanza se hace tangible al ponernos en nuestras propias manos, como mujeres y hombres de barro que se pueden volver a construir una y otra vez, tantas como sea necesario, tantas como el corazón nos sugiera o hasta reclame cuando dejamos de mirarlo. A veces olvidamos las razones por las que nos quebramos y nos aferramos a pegar las piezas de nuestra vida justo como estaban, pero nunca volverán a encontrar su lugar porque en definitiva habrá piezas que ya no estén, que decidan no ser más parte de ti o tú decidas dejarlas ir, ya sean personas, momentos, lugares, etapas, proyectos. Esa imagen, aparentemente desgarradora, se transforma en arte cuando esa construcción es ahora decidida, cómo tú quieres que sea, moviendo y reacomodando piezas, quitando unas, buscando otras, siempre para ser mejor persona, más completa, más congruente, con menos recetas mamadas por tu propia historia. Hoy me reconozco fracturada, a punto del desmorone. Reconozco en cada fisura un camino que ya no se andará más, que ya no se sostiene, que comienza a caer. No hago más que poner un traste debajo de mí que guarde con cuidado cada pieza mientras yo no pueda sostenerla. Me dejo acariciar y guardar, así... en pedacitos. Me dejo abrazar por todas las personas que se vuelven engrudo, periódico y colores mientras respiro y me vuelvo a construir. 

Mi caminar me ha enseñado que hay ocasiones en la vida en que es necesario fortalecer al corazón, pero hay otras, más profundas, en que es necesario renovarlo.