Opinión

La paja en el ojo ajeno

Hace algunos días una imagen me estremeció: niños mexicanos empuñando armas

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 12 febrero 2020 | 06:00

Hace algunos días una imagen me estremeció: niños mexicanos empuñando armas. Las caritas de estos niños lucían semicubiertas por un pañuelo ocultando buena parte de su rostro. Los más pequeños sostenían varas entre sus manos a manera de escopeta, los mayorcitos tenían una de verdad.

Es cierto: en nuestro país, específicamente en Chilapa, asentamiento indígena del estado de Guerrero, se está capacitando a los niños desde seis y hasta 15 años para que aprendan a usar armas. Se escucha decir que es un grito desesperado de la comunidad para llamar la atención ante la inseguridad y falta de atención que enfrentan. Mas no es la primera ocasión que sucede: en mayo del año pasado se tuvo noticia de un caso similar, pero en esta ocasión los videos trascendieron fronteras.

De acuerdo a las noticias todo esto surgió a raíz del asesinato de diez músicos de esa comunidad y, son sus hijos, ahora huérfanos, quienes se capacitan para ser policías comunitarios. Mientras tanto, adultos del poblado expresan que han decidido darles armas a los niños para prepararlos a asumir la defensa de sus familias y de la propia comunidad, pero también para que enfrenten a delincuentes que los acechan. Dicen, que les están enseñando a defenderse para que no sean levantados o secuestrados, pues de no llevar armas, fácilmente serían presa de los grupos delictivos. Por su parte, con su voz todavía de niños, los jovencitos expresan que lo hacen con gusto, pues quieren estar listos para cuando llegue el momento de defenderse. Esto de verdad duele, porque ¿qué tanto faltaría para pasar de un bando, los que se defienden, a otro, los que atacan?

Y duele porque hace años que conocemos estas imágenes, pero los protagonistas eran niños de otros países, muy lejanos: “pobres niños talibanes”, decíamos, o ya los muy cercanos eran niños latinoamericanos, y veíamos que vivían en ambientes de pobreza, marginación e ideologías muy lejanos a los nuestros. Creo que nos los presentaban para, precisamente, llevarnos a pensar que eso sucede “allá”, en una realidad muy distinta; un distractor que nos vende espejitos para que pongamos nuestra mirada a lo lejos y perder el enfoque de lo que tenemos cerca.

Pero la realidad, que siempre ha estado aquí, nos ha alcanzado. Ya no son niños salvadoreños, o guerrilleros de otros mundos: si bajamos un poco la mirada lograremos ver con mucha tristeza que ahora se trata de nuestros niños de Chilapa. Más debemos bajar nuestra mirada aún más para reconocer que no necesitamos ir muy lejos para entender que aquí, en nuestra ciudad, sucede lo mismo.

Obviamente no han salido a la luz imágenes de niños juarenses siendo capacitados para tomar las armas, pero de facto, sabemos que saben usarlas. No pocas veces hemos tenido noticias de niños sicarios que apenas alcanzan los 14 años. Pensémoslo un poco: los niños de Chilapa son huérfanos a causa de la inseguridad… ¿y los nuestros? Son niños que dejan de ir a la escuela porque ahí es donde los agreden… ¿y aquí, en Juárez? Son niños marginados que viven en ambientes de pobreza, y aquí ¿no es así? Hay poblados fantasma, desolados, porque las familias que en ellos vivían ahora son desplazados, han tomado la dura decisión de abandonar sus casas y pertenencias porque no aguantan más tanta violencia… ¿será por eso que tantas colonias lucen así aquí mismo?

Ya se instaló una mesa de seguridad en Guerrero, pero los juarenses sabemos bien que eso ayuda, pero no resuelve. Tampoco resuelve la situación poner adjetivos denigrantes a quienes han puesto armas en manos de los niños: no se trata de juzgar, sino de atender.

Mire Usted, ¡llega a los niños más pronto la capacitación para repeler la agresión de los delincuentes que la educación! Desde mi punto de vista, seguramente limitado, pienso que el tema de darles dinero a los jóvenes para alejarlos de la perversión no resuelve el problema, finalmente, el dinero se agota y el hambre vuelve. Se trata de facilitar lo perdurable: la educación, los valores, los espacios de trabajo. Se trata de que los niños puedan ir a la escuela cerca de casa.

Ver a niños con armas en sus manos es desgarrador, pero hubo muchos focos rojos que ignoramos. Ojalá que como sociedad atendamos este problema en todas las dimensiones que presenta porque aquí, muy cerca de nosotros, hay cientos de miles de niños que conviven con la violencia a flor de piel: su vida y su futuro no se puede confiar a la fortuna, ni de tener suerte en una rifa.