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Opinión

La militarización de la Guardia Nacional

Benjamín Franklin dijo que 'aquel que está dispuesto a renunciar a su libertad a cambio de un poco de seguridad, no merece ni libertad ni seguridad'

Sixto Duarte
Analista

martes, 06 septiembre 2022 | 06:00

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Ciudad de México.- Benjamín Franklin dijo que “aquel que está dispuesto a renunciar a su libertad a cambio de un poco de seguridad, no merece ni libertad ni seguridad”.

En este caso, la militarización del país (que no es reciente, pero se ha exacerbado en este gobierno) aprobada la semana pasada por Morena en la Cámara de Diputados, es el reflejo de una fallida e incongruente política de seguridad emprendida por el actual Gobierno federal. Falta el aval del Senado para que dicha reforma se entienda totalmente aprobada.

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Es incongruente porque aquellos que berreaban en años anteriores por la militarización (López Obrador, así como personajes como Mario Delgado entre otros) hoy son sus principales promotores.

Han llegado a tal grado las maromas de los oficialistas que dicen que entregar la Guardia Nacional al Ejército no es militarizar. Que el Ejército maneje el presupuesto de la Guardia Nacional, tampoco es militarizar. Incluso han llegado a decir que, como el Presidente de la República es también el mando superior de la Guardia Nacional, entonces que no está militarizada. Son ridículos en su defensa de hechos que antaño criticaban y hogaño defienden.

Es fallida porque quiere decir que las corporaciones policiacas civiles (de todos los niveles) están tan penetradas por el crimen organizado (especialmente el narco) que no son capaces de llevar a cabo la función para la que fueron creadas. Entonces, ¿para qué queremos policía?

El avance del crimen organizado en conquistar territorio, comprar autoridades, e incluso imponer candidatos y hacerlos gobernantes es escandaloso.

Por años se toleró al crimen organizado, pero los delincuentes sabían que el gobierno mandaba. Ahora, existe la duda de quién manda verdaderamente.

El poder económico y militar que el crimen organizado ha ido acumulando por años es suficiente para disputarle al Estado el monopolio de la fuerza. Especialmente tomando en consideración que las fuerzas armadas no pueden actuar para lo que se supone que fueron creadas.

Circulan en redes sociales diversos videos de enfrentamientos entre integrantes del Ejército y civiles en diferentes zonas del país. En ellos, el común denominador es que precisamente las fuerzas armadas se dejan vilipendiar por inferioridad numérica, o por órdenes superiores.

En este mismo sentido tenemos el ejemplo más evidente de que el Estado está completamente rebasado por el crimen, y es la liberación de Ovidio Guzmán por órdenes del presidente. Este episodio demostró que el Estado mexicano capituló frente a quien se supone combate, que es el crimen organizado.

Es curioso, pero las Fuerzas Armadas entraron a combatir un conflicto que se le salió de las manos a las policías civiles. Cuando ciertos miembros del Ejército se vieron inmiscuidos en el narcotráfico, entonces involucraron a la Marina. 

Es decir, el problema del combate al crimen organizado no es quién lo combata, sino que quien lo combate, debe ser incorruptible, como el Presidente asume que son sus funcionarios.

El combate al crimen organizado se debe dar no únicamente con la fuerza, sino también con la cabeza. En vez de desarrollar estrategias para inmovilizar activos financieros de las bandas del crimen organizado, el gobierno espera que el Ejército vaya y los agarre a culatazos.

El narcotráfico es un problema global. En la medida que Estados Unidos siga consumiendo droga, Colombia siga produciéndola, y Panamá siga lavando dinero producto de estas actividades, los esfuerzos que México pueda hacer (que en el último gobierno han sido ínfimos) serán insuficientes. No hay una solución nacional a un problema global como éste. Ni siquiera la militarización de la policía.

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