Opinión
OPINIÓN

La infantería derrotada se arregló con los ganadores

Los casos de Olson y Franco en Chihuahua son ilustrativos y reveladores de la conducción que le ha dado Maru Campos a la cicatrización de las heridas panistas.

LA COLUMNA
de El Diario

domingo, 07 febrero 2021 | 06:00

Como subsecretario de Gobierno bajo el mando de Javier Corral, Carlos Olson San Vicente presumía, desde el mes de septiembre pasado, que la alcaldesa de Chihuahua con licencia, María Eugenia Campos, estaría en prisión antes siquiera de que pudiera pedir licencia para buscar la candidatura del PAN a la gubernatura.

Era duro en los calificativos el panista, quien bajaba así instrucciones a los suyos para sumarse al proyecto contrario que encabezaría Gustavo Madero.

El gobernador -decía a modo de amenaza a los contrarios- ejercería hasta el último minuto su poder, como lo hicieron todos sus antecesores.

Incluso el exfuncionario estatal fue exhibido junto a la directora del Registro Civil, Inés Martínez, haciéndole el trabajo a la supuestamente autónoma Fiscalía Anticorrupción. El papel de Ministerio Público extralegal fue debidamente denunciado por la propia Campos públicamente.

Después asumió como senador suplente y operó buena parte de la campaña interna de Madero. Los rumores contra Maru fueron su obra, igual que toda la política sotanera.

Asimismo fue el responsable del “cambio” de credenciales de elector por tablets y celulares a los militantes con derecho a voto los días previos a la elección interna. La idea era afectar la votación de la entonces precandidata, al estilo de las peores prácticas políticas adjudicadas al PRI.

No llegó a tener éxito en sus misiones contra la alcaldesa con licencia, tal vez por el tiempo tan corto que tuvo para operar, o por ineficiencia manifiesta en otras tareas, o por la pesada carga que significa la marca corralista, que se llevó buena parte de un gabinete “maderizado”.

Hoy Olson es candidato a diputado local por el distrito 17, por obra de las negociaciones entre los grupos panistas actores de la batalla; es abanderado, en suma, gracias a que la sangre no llegó al río.

La candidata panista dio su venia para la postulación y triunfo de Olson el 31 de enero, al tiempo que entregó la candidatura a la sindicatura de la capital del estado -la cual estaba en manos de uno de sus afines, Francisco “Paquito” Turati- a otra maderista, Olivia Franco.

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Los casos de Olson y Franco en Chihuahua son ilustrativos y reveladores de la conducción que le ha dado Maru Campos a la cicatrización de las heridas panistas. Hoy puede verse una recomposición del entramado interno del PAN sin la necesidad de incluir a Corral, quien fue dejado solo.

En todos los distritos locales, desde Juárez hasta la sierra, en todas las presidencias municipales, sindicaturas y hasta regidurías en juego, extendió la mano para negociar y repartir posiciones; sabía que era eso o avasallar, con las consecuencias de construir la unidad en el primer caso o ahondar la división en el segundo.

En la frontera quedó evidenciada la inclusión con al menos cuatro nombres del corralismo-maderismo en la planilla del externo Javier González Mocken, quien también ya buscó el acercamiento con la candidata a gobernadora.

Primero la candidata doblegó a los contendientes rivales y luego los sumó, esa fue la fórmula que siguieron en el equipo de la hoy abanderada azul, un equipo que tuvo varios sacrificados, quienes tenían aspiraciones y debieron ceder en aras de proteger el proyecto estatal.

Así también, resultó primer lugar en las plurinominales federales la dirigente panista Rocío Reza, una antigua rival interna de Campos Galván. Y así fue primera pluri local Rosa Isela Martínez, esposa del actual líder de la bancada panista en el Congreso, Fernando Álvarez Monje, quien fungió como coordinador de la campaña de Madero.

En los acomodos también fue doblegada y sumada la misma subsecretaria de Educación, Liliana Rojero, también denunciada por la campaña negra contra Maru. Otros operadores maderistas como Mario Mata y Patricia Terrazas pudieron ser postulados para su reelección como diputados federales.

Cada una de las torres corralistas fueron cayendo, pero de forma suave, con el menor ruido posible y con daños muy calculados; todo fue también con el aval de Madero Muñoz, quien no tardó en entender, tras digerir la derrota, que era necesaria la negociación o resignarse a una derrota general del PAN.

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En el terreno jurídico también se muestra esa operación de Maru Campos, con la inclusión de Francisco Molina Ruiz como su defensor, y además un respaldo cada vez más abierto de abogados de la talla de César Jáuregui Robles, exsecretario general de Gobierno y exconsejero de la Judicatura Federal.

Los pesos pesados del litigio panista (Desde “El Jefe” Diego y Antonio Lozano hasta Arturo Chávez, Jáuregui y Molina) forman ese grupo de juristas que orbitan entre lo político y lo legal. Alguna vez dieron su respaldo a Corral y hoy lo dejaron solo por algo que no es mera conveniencia.

Paco Molina, exprocurador del Estado que además hizo larga carrera en los órganos federales de justicia y contraloría, fue administrador del Poder Judicial al inicio del corralismo. Luego fue relevado precisamente por Olson San Vicente.

Ahora como defensor de Maru ha dado una batalla que ha resultado demoledora para la selectiva y arbitraria “Operación Justicia”.

“Ahora se topó Corral con alguien que sí sabe defenderse” y “los del Ministerio Público tienen engañado al gobernador”, fueron dos de las frases de Molina tras las audiencias a las que ha debido acudir Campos. Los dichos calaron en lo más hondo del ego corralista.

Eso ha sido por el lado de una de las causas penales contra la candidata, la de la famosa nómina secreta de Duarte que ha quedado desteñida a raíz de las audiencias, por pruebas armadas cuya legitimidad ahora hasta desconoce el notario público número cuatro, Luis Raúl Flores. Todo un batidero.

Por otro lado la Fiscalía Anticorrupción, que encabeza la nada autónoma Gema Guadalupe Chávez, ha sido desarticulada de raíz contra los que forzaron a ser testigos acusadores de Maru.

Tal vez antes de la elección interna la fiscal tenía ahorcados a sus testigos con llamados a declarar, a firmar acusaciones y validar expedientes a cualquier hora del día o de la noche. Hoy esos que fueron presionados ni el teléfono le contestan a Gema.

Era natural. Si con la certeza de una acusación formal a la que puede ser la próxima gobernadora pocos se atreven a actuar, menos lo harán con la más que razonable duda de que todo es una trampa política puesta por Corral.

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El domingo 5 de junio de 2016 se derrumbó el gobierno de César Duarte, cuando por la noche sus propios conteos le daban Juárez a Corral, Chihuahua a Corral, Delicias a Corral, la sierra a Corral. Le falló el cálculo al priista y los electores le cobraron todas juntas las facturas de sus excesos.

Esa noche Duarte Jáquez dejó de ser el gobernador y empezó a vivir la era más amarga de su sexenio, cuatro meses que seguramente fueron eternos.

A Javier Corral le pasó lo mismo la tarde-noche del pasado domingo 24 de enero. Él también dejó de ser gobernador desde entonces y comenzó sus siete meses más largos del quinquenio. Así ni cómo disfrutar del tenis o el golf de media mañana en fin o entre semana.

Al mandatario le cobraron sus excesos muchos meses antes y ni siquiera en una elección constitucional, sino en una interna panista. Fueron los suyos los que marcaron el fin de su gobierno, lo rechazaron; le dieron la espalda a su egolatría y megalomanía. Lo aislaron.

En el colmo de su obsesión, acusa ahora a todos de ser defensores de Maru: a los notarios, a los jueces, a los abogados, a los panistas, a los perredistas y a todos los que no le siguieron ya el juego porque viraron a la negociación.

No se da cuenta que hasta el Ministerio Público, producto de su gobierno fallido, parece estar a favor de Maru, en vista de las graves omisiones legales.