Opinión

La Iglesia y la Independencia *

'La independencia de México debe formar parte integrante de la Historia Eclesiástica que hemos tomado a nuestro cargo...'

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 19 septiembre 2021 | 06:00

“La verdad os hará 

libres” (Jn, 8,31)

“La independencia de México debe formar parte integrante de la Historia Eclesiástica que hemos tomado a nuestro cargo, no solo porque sus principales promotores salieron de nuestro clero, sino también y principalmente, porque desde el principio hasta el fin de la independencia, intervino notablemente en ella la idea religiosa. «El carácter marcadamente religioso, dice el sabio padre Miguélez, jamás abandonó la causa de la independencia mexicana. Había nacido al toque de una campana y sus ecos la seguirán por todas partes»” (M. Cuevas. Historia de la Iglesia en México. Vol. V). El Generalísimo Morelos escribía: “Sabed igualmente, que estamos tan lejos de la herejía, ya que nuestra lid se reduce a defender y proteger en todos sus derechos nuestra santa religión que es el blanco de nuestras miras, y extender el culto a nuestra Señora la Virgen María como protectora visible de nuestra expedición”. (F. López Cámara. Génesis de la conciencia liberal en México. Cit. por J. Meyer. La Cristiada. Vol. 2).

El número de sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, podría ascender hasta 8 mil, pero según nuestro autor, para efectos reales, no pasaban de unos 6 mil. Lo peor para el clero, afirma el Padre Cuevas, tanto secular como religioso, era su mala distribución en su territorio. Para comprobar lo cual, escribe: “verán un máximo de 2,657 eclesiásticos varones, en la Arquidiócesis de México mientras que en todo Texas no había más que 13 franciscanos casi desamparados. Mil y pico sacerdotes había en Puebla cuando en toda la alta California no llegaban a 40 los padres franciscanos evangelizadores de aquella región.¡Y luego se preguntará que por qué perdimos esos territorios!”  (ibid). Los estudios más brillantes y profundos sobre la evangelización y civilización de las Californias, Sonora y los estados del Oeste americano, se han hecho en la Universidad de S. Diego, Ca. Junípero Serra es héroe nacional en EU. Aquí somos laicos. Por ello escribe J.V. en su Breve Historia de México que, si en vez de iniciar en ese momento la guerra de independencia, se toma la precaución de colonizar el Norte de México con iniciativas como las que llevaban a cabo en las Californias, gobierno, civiles y misioneros, no hubiera sido tan fácil a Sam Houston y demás judíos armarnos el sainete de Texas y luego quitarnos más de la mitad de nuestro territorio.  

Abad y Queypo, Arzobispo de Valladolid, fue un iluminado. Su pensamiento es extraordinario y desconocido. Resulta importante saber que el auténtico cerebro de las luchas de independencia fue precisamente él. “Quien llevaba la batuta en aquel primer interesantísimo periodo era el prebendado D. Manuel Abad y Queypo, español peninsular de talento claro y extraordinario, de aspiraciones muy amplias y desinteresadas”.  El convirtió Valladolid en el verdadero foco de las luchas libertarias. Hidalgo y Morelos pertenecían al clero de Morelia. Con mucha razón escribía el Virrey Venegas al ministro de Guerra; «que la ciudad de Valladolid había sido el origen de la revolución y el constante foco de ella». 

Lo que denunciaba el arzobispo tiene vigencia permanente. En innumerables cartas Abad y Queypo hizo notar a la Corona la situación que guardaba el Virreinato de la Nueva España para llamarle la atención con el fin de que pusiera remedio a las situaciones de pobreza, injusticias y explotación, desigualdades.  Sus escritos son verdaderos ejemplos de análisis estadísticos y de una precisa observación de la realidad.  Veamos un ejemplo de ello. Escribe al Rey: «Permítame V. M. eleve a su alta consideración y soberano juicio una verdad nueva, que juzgo de la mayor importancia, y es que las Américas ya no se pueden conservar por las máximas de Felipe II».  Este fragmento es un acabado ejemplo de sabiduría política. Los tiempos cambian y con ellos las circunstancias y la oportunidad de las leyes y costumbres de otros tiempos. Con Carlos V y Felipe II las cosas eran unas; ahora, nuevas circunstancias y cambios profundos, si no se tiene la visión ni la capacidad para el discernimiento, todo corre peligro. Continúa Abad y Queypo: «que cese para siempre el sistema de estanco de monopolio y de inhibición general que ha gobernado hasta aquí, y ha ido degradando a la Nación en proporción a su extensión y progresos, dejándola sin agricultura, sin artes, sin industrias, sin comercio, sin marina, sin arte militar, sin luces, sin gloria, sin honor, fuera de algunos cortos intervalos en que se relajó algún tanto por la sabiduría de algunos soberanos.  Es necesario, pues, un nuevo sistema más justo…; pero también más vigoroso y enérgico. Dígnese V. M. de sentar siquiera las bases de un sistema sabio, generoso, liberal y benéfico… Dígnese, pues, V. M. obrando en consecuencia, declarar que las Américas y todos sus habitantes libres e ingenuos, deben gozar de todos los derechos generales que conceden nuestras leyes a las provincias de la metrópoli y sus habitantes». Tal texto puede ser hoy una proclama nacional y su implementación una verdadera transformación. Lo que está pidiendo el Obispo en las últimas palabras de este párrafo es que los habitantes de “las Américas” tengan los mismos derechos que los habitantes de Madrid y de las Provincias españolas.  Es un texto que, con algunos cambios, se lo entregaría como programa a cualquier gobierno actual, porque se trata de la reivindicación de los derechos más elementales y la igualdad de todos los habitantes de “las Américas” y de una visión de gobierno que ha de ajustarse a nuevas realidades; cuando las circunstancias cambian, no se puede seguir gobernando con los mismos esquemas. Visión, decisión y acción. Atención al cansancio, al hastío, a la pobreza y desencanto del pueblo. No se puede mentir siempre. Extraña ceguera de los gobiernos; decía Fuentes Mares: “cuando Dios quiere perder a alguien, primero lo apendeja”; y el gobierno español se apendejó; al máximo con Fernando VII. 

El siguiente texto de Abad y Queypo nos da una idea de lo que era La Nueva España en el contexto de Imperio Español y de la injusticia que no alcanzaba a ver La Corona. «Es indudable que la Nueva España contribuye indirectamente con una sexta parte de la renta Real de la Península, por lo derechos que adeudan en aquellos puertos los frutos y efectos nacionales y extranjeros que consume, y la plata y frutos propios que introduce en ellos. Contribuye directamente con más de 20 millones de pesos anuales, suma verdaderamente excesiva si se atiende a que recae casi toda sobre las clases que representamos, y no componemos los dos décimos de la población, respecto a que los 8 décimos restantes son tan miserables que apenas contratan ni consumen. Con esta suma sostiene la Nueva España las atenciones de policía, administración de justicia y su propia defensa en tiempo de paz y de guerra. Ha sostenido y sostiene otras posesiones, como son Manila, Luisiana, Las Floridas, Trinidad, Puerto Rico, Santo Domingo y la Habana, en cuyos astilleros se construyó con los pesos mexicanos la mayor parte de la Real Armada. (Por ello se invitó al represivo dictador cubano a arengar nuestras fuerzas armadas. Triste presagio). Y, después de cubiertas sus propias atenciones y de haber gastado en las ajenas cerca de 4 millones anuales, ha remitido a la Metrópoli otros 6 que han entrado libres al Real Erario… En suma, la Nueva España lleva más de dos siglos que, sin haber dado motivo a que la Metrópoli gaste un solo peso en su defensa, ha contribuido, por término medio, o de un año común, con 8 millones de pesos, es decir, más del duplo de todos los productos libres de las otras posesiones ultramarinas. Resultado verdaderamente feliz y tan peregrino, que no tiene ejemplar en la historia de todas las colonias antiguas y modernas». Todo ello preparaba el desastre. 

El gobierno español fue incapaz de ver la situación y lo perdió todo. Abad y Queypo se opuso, después, con todas sus fuerzas al movimiento armado. Tal vez tenía razón. Por ello advirtió tan agudamente a las autoridades imperiales sobre la situación de injusticia; quería evitar la guerra, una guerra que se prolongó 10 años y fue, como toda guerra, destructiva y engendradora de odios permanentes. 

Nos queda el ejemplo de un auténtico amor a la Patria y el reto de discernir los signos del tiempo para elegir el mejor camino en esta nueva circunstancia en la que al lado de la independencia tenemos que aprender a vivir la interdependencia con el mundo moderno. Y esto es mucho más que griterío. Exige de nosotros, ahora, un compromiso con la Patria superando los egoísmos de todo tipo. Es una bella historia como quiera que haya sido. 

*El presente es un extracto de “La independencia y el clero”. Publicado en El Diario de Juárez. (12.09 2010).

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