Opinión

La iglesia en manos de Lutero

Tengo una apuesta con Lily; Lily es mi sobrina mayor

Luis Villegas Montes
Analista

lunes, 08 febrero 2021 | 06:00

Tengo una apuesta con Lily; Lily es mi sobrina mayor. La semana pasada, mientras comíamos, hicimos una apuesta: si ella se confiesa grabadora en mano, yo la invito a comer a donde ella elija.

Yo quiero mucho a mis tres sobrinos, pero con Lily tengo una relación especial. De bebé, yo la cuidé por unos meses, así que hubo una época lejana en que Lily, junto a mi hermana Patty y a mi mamá, me decía “mamá” a mí también, así que, en teoría, Lily carecerá de muchas cosas, pero se supone que madre le sobra. Yo tengo mis dudas, juzgue usted.

La semana pasada, Lily, quien tiene boca de carretonero, pero es muy creyente, estaba que echaba lumbre. Resulta que Carolina, su hija menor, nació hace casi un año y todavía no la bautizan; ello, a consecuencia del COVID y la cerradera de templos.

Pues bien, la semana pasada —estando con una amiga de quien omito la célebre descripción porque podría verse identificada en estos párrafos—, Lily vio las fotos del bautizo de su hija. “¡Ay, qué linda! ¿Dónde fue el bautizo?”; “en San Ch.”; “¿En san Ch? Pero si ahí no están bautizando”; “pues qué te digo, el Padre M. es un primor”.

Ahí fue donde a Lily, con su léxico de cuartel, pero fe inquebrantable, parecieron abrírsele las puerta del Infierno porque ella tenía casi un año sin poder bautizar a su retoña y venía esta, que al parecer ni siquiera es de esa parroquia, a decirle, en su cara, que sí, que el padre M., de San Ch., está bautizando el muy cretino.

Se despidió a las carreras, salió del convite y no se había subido a la camioneta cuando ya estaba marcando al templo: “buenos días, señorita, quiero pedir fecha para un bautizo”; “no estamos bautizando” (¿estamos? Dijo la mosca); “¡Cómo de que no! Vengo de desayunar papatzules y una amiga nos enseñó las fotos del bautizo de su hija, que por cierto parecía piñata (no aclaró quién, si la amiga o la hija)”; del otro lado de la línea, a Lily le respondió un silencio de ultratumba.

Pues bien, entre dejar a Carolina malamente con los cuernos —Lily dixit— o bautizarla, Lily sensatamente optó por lo segundo y ahí empezó su calvario (nótese lo idóneo de la metáfora). Un peregrinar de parroquia en parroquia para que la mayoría dijera que no y la que dijo que sí, que creo que fue la del SCdJ, le dio una fecha tan lejana que Caro iba a celebrar tres acontecimientos juntos: el bautizo, la confirmación y sus quince años. Como sea, en SIdL, un alma caritativa se hizo eco de su penar y le dijo que sí, que para el sábado. 

Resulta que para bautizar en una parroquia que no es la propia, es necesario integrar un expediente con la papelería de la parroquia que corresponda y llevarlo a la otra para que lo validen y procedan. Pues bien, Lily volvió a marcar al templo y esta vez, la señorita de los prolongados silencios, tuvo voz para decirle qué papeles iba a requerir para dar la autorización.

Ahí anda Lily, que el acta de matrimonio, la de bautizo —la propia y la de los padrinos—, las de confirmación, etc. y llegó muy contenta con la señorita de parla caprichosa: “ya, aquí están”; “mmm, no, faltan”; “¿Faltan? ¿Qué faltan?”; “papeles, ¿pos qué iba a faltar?”; “pero es que por teléfono usted me dijo…”; “sí, pero es que por teléfono no damos toda la información”; Lily, que tiene unos ojos muy bonitos, ya puesta en plan Sodoma, de haber podido la fulmina con la mirada, pero se contuvo, y sin el florido lenguaje que la caracteriza, le dijo: “es que por eso le marqué, tengo mucho quehacer y el sábado es el bautizo”; la mujer de habla voluble, la miró de pies a cabeza y con mirada gélida le respondió:  “para las cosas del Señor, hay que darse su tiempo”. Ahí fue también donde Lily empezó a ver visiones, la cabeza empezó a torcérsele como a la niña de El Exorcista y no descalabró a la susodicha con el cirio pascual que tenía al lado, solo porque Dios es grande.

Fue entonces que Lily y yo hicimos la apuesta: “Tío, ¿si voy y me confieso con el padre M. y nos grabo, me invitas a comer a donde yo quiera?”; “sí”, le respondí; “es que odio al padre, tío. Mira, voy a llegar y le voy a decir: ‘padre M., lo odio y quiero ponerlo como Santo Cristo’; y ya cuando él me pregunte que si me arrepiento y vaya a imponerme la penitencia, le voy a decir: ‘no puedo, padre, mejor aquí nos vemos otra vez el sábado; y así, hasta que se me pase el coraje’”.

Lo cierto es que, en asuntos de fe, la Iglesia debería ser menos exigente y más accesible. Esos expediente voluminosos y ese trámite —propio de un ucraniano lleno de tatuajes y con lentes negros que viene a abrir una cuenta millonaria en euros—, habría que dejarlos para ocasiones especiales y no para el sacramento indispensable de bautizar a una criatura. Lo demás son historias y ganas de fastidiar. 

En SIdL fueron más comprensivos y tolerantes, le dieron por buenos los papeles y Lily bautizó el sábado. No hubo jolgorio, una prima salió con COVID y Patricia había estado con ella días atrás.

La apuesta sigue en pie.

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Luis Villegas Montes.

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