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Opinión

La granja es pequeña, pero tiene dueño

Merecedora de análisis la frase que intitula la presente opinión, algunas veces se utiliza como una figura retórica que expresa la imposición de la consciencia y la autoconsciencia

Jorge Breceda
Académico

sábado, 12 noviembre 2022 | 06:00

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Ciudad de México.- Merecedora de análisis la frase que intitula la presente opinión, algunas veces se utiliza como una figura retórica que expresa la imposición de la consciencia y la autoconsciencia intentando construir con fervor un grito de poder sobre algo después de una batalla con mayores o menores vicisitudes, en otras ocasiones, se articula como la crítica hacia aquellas personalidades que con pequeños nichos de poder emulan al más alto personaje totalitario esgrimiendo la serie de complejos o falta de personalidad que los acompañan. 

Atendiendo a lo anterior, a la distancia -o a centímetros- podemos observar a ciertas personas intentar férreamente retocar constantemente sus fronteras para que se reconozca su campo de acción, ese pedazo de tierra en el que cuentan con competencia y reconocimiento. En el caso de los servidores públicos, la propiedad de la pequeña granja -el sentirse reconocidos- se demuestra no respondiendo -en tiempo y forma- a las necesidades de la ciudadanía, sino responder hasta que se quiera, únicamente para hacer notar el poder. 

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Ridículo o increíble, ni una, ni otra, seguramente conocerá aquel servidor público que se auto reconoce públicamente como el único que labora en la oficina, a partir de construir mentiras para desmeritar el trabajo de los subordinados. Llegando al extremo de no permitir establecer un vínculo laboral sano, ejemplos de lo anterior existen diversidad, entre ellos, “tener agenda llena para no recibir a nadie” “política de puerta cerrada” o “no poder devolver una llamada”, ¡claro!, actitudes que se extinguen en el momento que lo decide el dueño de la pequeña granja para dejar en claro que se estará disponible hasta que así la subjetividad lo decida. 

Razonablemente o atendiendo a la razón, dicho comportamiento pareciera enredarse un bucle retórico, ya que el poder tiene que demostrarlo en la inoperancia y solo así, en la ineficiencia se pierde el poder. En otras palabras, aquel que se debe gritar que es el dueño de la pequeña granja, solo refleja la derrota de una personalidad y la victoria del soliptismo, es decir, al existir un solo dueño: un solo líder o funcionario público, la autoconsciencia del personaje es ficción y es creación, se vuelve un mero ensimismamiento; es el desconocimiento, se deja de saber que se sabe, desconociendo que la consciencia como consciencia del mundo, es el saber de la consciencia como saber del mundo. 

Yerro que siempre tiene consecuencias, ya que, como sabemos, la autoconsciencia es la representación de la consciencia como huella del mundo, como hierros de los objetos y heridas de las interacción con ellos; es verse uno mismo sumido en el mundo, subsumido en el contexto dos elementos, primero, la obligación imponderable de hacer eficientemente las cosas -por recibir una contraprestación-, segundo, por reconocerse como un objeto que conforma un mecanismo, más no el mecanismo en su totalidad.  

Mostrando con ello, con esto último, que no se puede sobrevivir con la desmemoria, ningún cargo público -pequeña granja- puede extinguir los mínimos éticos que se esperan de las personas que representan u ostentan el poder. Al fin, no se puede intentar encumbrar un poder “orgánico” sobre la institucionalidad, porque de hacerlo, se construye un escenario en el que se visualiza una fase terminal del todo: la granja, el dueño y quien recibe los beneficios de la granja. Sin embargo, siempre existe una posibilidad que aquellos pequeños (en todos los sentidos) burgueses o terratenientes saquen la cabeza y comiencen a ver al mismo nivel a la sociedad, a la oficina, a quienes le acompañan laboralmente, a la teleología institucional, entre otras, para aprehender, construir y subsumir.

Esto, seguramente, le recuerda cuando el gran filósofo francés Jean-Jacques Rousseau quien con mucho ahínco fundaba el nacimiento de la propiedad privada en la locución “esto es mío”, apaleaba a la lucidez de reconocer que el éxito de tal frase se remitía a que “encontró a otras personas que lo reconocieran, que aceptaran su apropiación; de modo semejante, cuando con cierta arrogancia se declara solemnemente “esta es mi oficina”, deberían echar un vistazo en su entorno y examinar si se les percibe así o si se les reconoce; y sobre todo, distinguir en su alrededor si su posición, su acción, su intervención, avala su consciencia de sí, o si por el contrario, como describen los historiadores de las razzias de Almanzor, con la algarabía intentan de disimular su impotencia, es decir, un grito desesperado por el reconocimiento público de la ciudadanía. 

 

 

 

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