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Opinión

La dieta digital

El principio de que somos lo que consumimos, es la base de muchas dietas para adelgazar, reforzar, reducir o potenciar funciones y facultades que tenemos

Javier Horacio Contreras Orozco

domingo, 01 mayo 2022 | 06:00

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El principio de que somos lo que consumimos, es la base de muchas dietas para adelgazar, reforzar, reducir o potenciar funciones y facultades que tenemos. Estamos en una sociedad de consumo que nos mide y clasifica según adquirimos bienes, marcas, posturas o ideas. 

Consumir es una nueva obsesión que gira en torno a nuestras vidas. Después de la pandemia, los modelos de muchos negocios cambiaron para sobrevivir y adquirimos una cultura de uberización. La aplicación Uber, más que el servicio de un taxi es el modelo de pedir a domicilio, casi todo, desde la comodidad de nuestro celular rompiendo paradigmas. 

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Somos lo que comemos, somos lo que leemos, pero especialmente, somos lo que consumimos en las redes.  Somos la materia prima de la tecnología digital. Ahora, podemos considerar que somos lo que producimos y consumimos en las redes sociales; somos lo que vemos en internet.

Nuestra característica del hombre moderno, actual, conectado y actualizado es de consumidores y productores en las redes. 

¿Qué consumimos?: horas al día de Instagram dando vueltas y vueltas a las fotografías que van subiendo nuestros contactos. Consumimos cientos de likes diarios en Facebook de los cuales la gran mayoría ni siquiera abrimos o leemos y de manera mecánica le damos un clic de aprobación y en el mejor de los casos, para aparentar que mostramos atención recurrimos a un pequeño emoticón con una carita feliz o un corazoncito rojo si deseamos imprimir más sensibilidad o sensualidad. 

Facebook atrapa nuestra atención por la aparición invasiva de publicidad disfrazada de novedades, fotografías de la vida privada de los demás que despiertan nuestro morbo, pues nos exhiben gratuitamente la vida personal o íntima de otros que las suben de manera voluntaria.

  Los jóvenes consumen como promedio, entre 8 y 9 horas diarias conectados a internet para acceder a redes sociales y mensajerías, sumando desde los primeros minutos de la mañana cuando revisamos qué “novedades” tenemos o qué llegó durante la noche y luego empieza el rosario de cuentas durante todo el día de leer los mensajitos de todos los grupos en los que estamos incluidos, aunque seamos completamente ajenos a los temas, discusiones o chismes que se depositan en las redes sociales.

Si tiene curiosidad por saber cuántas horas al día usa el celular con el desglose de cada una de las redes sociales, ingrese en su teléfono en el ícono de Ajustes y busque la opción “Bienestar digital” y ahí le aparecerá el reporte al día, del tiempo de uso de la pantalla con el registro de horas o minutos en cada aplicación y la suma total del tiempo en el celular. Se quedará impresionado del tiempo que estamos conectados al día. Una gran cantidad de personas, incluidas muchas madres de los jóvenes que antes renegaban porque sus hijos solo estaban “todo el día” en el celular, ahora ellas son las campeonas con turnos hasta de 8 horas al día en el teléfono, equivalente a la jornada de dormir. 

Consumimos miles de expresiones, presunciones y falsedades de expositores en la gran era de la vanidad. Hay miles de personas que exponen fotografías de sus rostros varias veces al día o utilizan Facebook como auténtico espejo, pero compartido para todos. Modelan para ellos mismos, dan giros a su cuerpo, sonríen, se ponen serios, hacen gestos o bailan en la intimidad o soledad de sus vidas y luego buscan la aprobación y reconocimiento a su pasarela subiendo esas escenas “para todo el mundo”. Al día siguiente cambiarán de locación, vestuario y horario, pero será el mismo ritual para alimentar la dosis diaria de “fama” en las redes sociales ante un público incansable que en cuanto despierta inicia su porción diaria de alimento digital, como si fuera una humeante taza de café que nos despabila al iniciar la jornada.

En esos grupos consumimos los últimos memes que se van generando conforme van sucediendo acontecimientos. Si antes los mexicanos teníamos la cultura de crear historias-rumores de personajes públicos, tanto del mundo del espectáculo como de la política,  de seguir telenovelas como historias ajenas pero queriendo ajustar a nuestras situaciones personales para sentirnos protagonistas, o de hacer narrativas a base de albures y escarnio de los demás, ahora, su majestad “los memes”  ha desplazado a todos y nos hemos convertido en consumidores compulsivos de memes, que equivalen a los chistes digitales, rumores electrónicos, habladurías anónimas pero que nosotros les damos vista, oído y like.   

Consumimos y luego arrojamos o “compartimos” como se le dice. Es un consumo superficial, ligero que ni siquiera llegamos a digerir porque gran parte de todo es banal. Son ocurrencias o locuras de los que “seguimos”, son expresiones violentas o agresivas u opiniones sin respaldo o razonamiento más que el simple “yo digo esto y qué” con el correspondiente desafío a enfrentar, por ese mismo canal, a quien difiera.   

Es un consumo que nos llena, pero no nos nutre. Por eso, nos deshacemos por medio de la compartición. Esa es parte de nuestra producción: enviar o reenviar lo que nos llega convirtiéndonos en los grandes impulsores o promotores de falsas noticias, rumores, memes, mentiras, acusaciones, supuestos, datos y hechos sin comprobar. Trabajamos gratuitamente para las grandes máquinas dispersoras de infundios.

Ahora, ya no se crucifica en la cruz, sino en las redes.

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Hablar de una dieta digital, es ubicarnos en el centro de una nueva realidad que vivimos desde la incursión de dispositivos digitales en casi todas nuestras actividades.  

A partir de la idea de la dieta digital, entendemos los nuevos hábitos en un mundo pletórico de consumismo, donde las herramientas creadas por el hombre para nuestro servicio, ahora nos devoran y en cierto sentido hemos perdido el control.

El abuso en los consumos de comida se conoce como un trastorno llamado “atracón” que congestiona todo el organismo, daña el funcionamiento y por supuesto es una disfunción anormal.  Ese mismo “atracón”, se puede dar en los excesos de consumos digitales, sin recursos de moderación.

De tal manera, que el ser humano se va transformando en lo que consume, como ciertos animales que tienen la función de mimetizarse en su entorno. El color de la piel va cambiando a tono con lo que le rodea como protección y sobrevivencia. Y de pronto, se confunde y asume una posición de seguridad.

En el caso de los medios, hay que traer la propuesta de Marshall McLuhan quien afirmaba que los medios de comunicación son extensiones de nuestros sentidos. Con ello, quería significar que los medios impresos y auditivos estaban inspirados en nuestros sentidos para acercar la realidad que no podemos tener de manera cercana. Pero también decía, que a la vez que dan cercanía, también amputan la misma función de esos órganos sensoriales.

La tecnología digital, es un nuevo idioma que ha dado un salto a la tecnología análoga, donde la simpleza de un circuito cerrado o abierto era toda la posibilidad, ahora el lenguaje binario representa un escenario casi infinitesimal de combinaciones. Esa es una de las razones de nuestra fascinación por todo lo digital.

Pero siguiendo la teoría de McLuhan, podríamos preguntarnos: ¿una computadora está inspirada en el cerebro humano?, internet, ¿es una red de redes similar a las conexiones de las neuronas? O, ¿internet pretende suplir al cerebro humano?, ¿hasta dónde llegará la inteligencia artificial?

Todo depende de nuestra dieta digital….

Muchas actividades se han ido reduciendo por la suplantación de la mano y de la mente del ser humano.

Cada día nos adaptamos más a un ambiente de tecnología que, indudablemente representa un gran progreso y apoyo, pero el problema es que nos hemos excedido en los consumos digitales de manera compulsiva y obsesiva, síntomas infalibles de una adicción. Hemos cedido nuestra capacidad de memoria, de corto y largo alcance a un pequeño aparato que lo portamos en nuestras manos a todos lados. En el estudio de las adicciones eso corresponde ya a una codependencia. 

A esa epidemia de codependencia a personas, ahora sumamos una nueva adicción: la codependencia a las máquinas. El ser inteligente, el homo sapiens, ahora rinde culto a la “inteligencia artificial”. De creadores a creaturas, de hombres de sabiduría a hombres que pasan una importante parte de su vida con la cabeza inclinada, como reverencia, ante un pequeño dispositivo electrónico que les marca su vida, ritmo, entretenimiento, deseo y ambición.

Hemos cambiado el consumo televisivo por el consumo de redes sociales incorporándolas al nuevo altar tecnológico donde las idolatramos como en un secta adictiva y controladora.   

Las redes sociales, principales consumos digitales ya son las reguladoras de las relaciones humanas, la verificación y falsificación de nuestros propios valores, son el ágora y centros de desacuerdo y polarización. 

Y es lo que consumimos y por lo tanto, lo que somos. Esa es la nueva dieta digital.   

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