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Opinión

La ciudad desconocida

Quien lo dijera: la ciudad, de apariencia tan rígida con sus calles pavimentadas y edificios de concreto, se comporta como un ser orgánico: se modifica a cada momento

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 04 mayo 2022 | 06:00

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Quien lo dijera: la ciudad, de apariencia tan rígida con sus calles pavimentadas y edificios de concreto, se comporta como un ser orgánico: se modifica a cada momento.

Esa es la sensación que nos dejó el recorrido que alumnos y maestros hicimos el pasado viernes. Iniciamos el camino en Infonavit Frontera. A pesar de los cincuenta años desde su construcción, el paisaje y las viviendas no muestran deterioro y, un punto relevante a destacar, es que son mínimas las calles que se cerraron en contraste con lo que sucedió en muchos otros fraccionamientos que originalmente se concibieron abiertos. Hicimos referencia a un estudio realizado hace diez años en el que encontramos que eran los propietarios originales, o sus hijos, quienes habitaban las casas. Esto nos dio la pauta para platicar sobre la importancia del “barrio” y “vecindario” en la construcción de comunidad. 

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Partimos hacia Riberas del Bravo. Aprovechamos para charlar acerca de la frontera y cómo llama la atención de foráneos lo que se dio por llamar “el muro de la tortilla”. Mientras platicábamos sobre cómo en la frontera los fenómenos sociourbanos y económicos se dan de manera distinta respecto a las ciudades del resto del país pasamos a un lado del paraíso perdido: la Zona de Integración Ecológica, una oportunidad para lograr un ordenamiento territorial sustentable que privilegiaba a la naturaleza. A lo lejos vimos Altozano: un desarrollo poco comprensible que dice ser similar a los que han surgido en el centro del país y, sin embargo, tiene características muy diferentes. 

Y llegamos a Riberas del Bravo, que por el tamaño de su población bien pudiera ser una ciudad. Hicimos notar que los cambios de uso de suelo y venta de áreas de donación para fines privados dejaron a sus habitantes sin el equipamiento que requiere y, por ende, en condiciones de marginación ya conocidas. “Disfrutamos” del paisaje único que ofrece el parque lineal que según el plan maestro corre a lo largo de casi todo su polígono, pero lo único que encontramos es el canal abierto de aguas negras que emite un fétido “aroma”: la insalubridad a la vista de todos. Vimos las estructuras que alojan los mercados informales donde se vende todo tipo de mercancía; ahí los habitantes temen resuelven el suministro de los artículos que necesitan pues temen arriesgarse a ir al centro ya que no saben si a la hora que lo requieran habrá transporte público que los regrese a casa

El siguiente punto fue Senderos San Isidro, también promovido por el Estado. Los perros callejeros que ocupan el espacio público nos dieron la bienvenida. Vimos las casas “recuperadas” que lucen una reja al frente y un adorno de piedra apenas visible alrededor de las ventanas. Pero de cambios realmente estructurales que mejoren contexto: nada. 

Ya en el Mezquital, también promovida por el Gobierno del Estado, logramos distinguir algunos pies de casa que se levantaron allá en los últimos años del siglo XX: la mayoría ha evolucionado a tal grado que parece increíble que su origen fueron apenas unos cuantos metros cuadrados. Se les platicó a los alumnos el proceso de invasión inducida que dio lugar a este asentamiento y fuera el “pretexto” para valorizar el suelo que resultó entre esta colonia y el límite de la mancha urbana de aquel entonces. Se hizo referencia a Tierra Nueva y a la Carlos Castillo Peraza, víctimas también de la especulación del suelo pero, en este caso, por ser parte de la necesaria reserva que un día quiso destinar el municipio para vivienda popular y que, a manera de recordatorio y escarmiento por tal osadía, se les ha dejado carentes de infraestructura. ¡Que a nadie se le ocurra nuevamente atentar contra los procesos de especulación!

Finalmente, llegamos a “los kilómetros”, ahí, sin agua y sin esperanza de un día disponer de ella, los habitantes enfrentan el índice más bajo de marginación que se registra en la ciudad: vimos desde una sencilla vivienda edificada con material de desecho, hasta una elegante casa de campo.

En nuestro recorrido no dejamos de ver montones de basura y miles de llantas, guarniciones y banquetas desbaratadas, mucho más de lo que había hace un par de años. La ciudad ha evolucionado, pero no para bien. Cierto es que fueron pocas las casas deshabitadas que vimos, pero es más porque han sido invadidas de manera ilegal que por los programas de recuperación por parte del gobierno: un lastre para todos provocado por los intereses de muy que difícilmente se resolverá.

Fue un recorrido muy triste, dijo uno de los alumnos. Transitamos por una ciudad que ellos no conocían y, a dos años de distancia, puedo afirmar que tampoco nosotros, los docentes, la reconoceríamos. 

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