La ciudad de la esperanza

Aveces se pierde la fe y las expectativas de que las cosas mejoren

Francisco Ortiz Bello
Analista
domingo, 08 septiembre 2019 | 06:00

Aveces se pierde la fe y las expectativas de que las cosas mejoren, se pierde la esperanza. Sin embargo, ocurren cosas que nos hacen recuperar lo perdido y confiar en que todo puede ser mejor, en general, en cualquier ámbito de la vida. 

Manejando por las calles de la ciudad, entre las sombras de una pésima iluminación del alumbrado público, llegué a un semáforo en rojo, por lo que tuve que hacer el alto total obligado. Instantes que regularmente aprovecho para revisar mensajes del celular o hacer reflexiones sobre lo que haré al llegar a mi destino. En ese momento me di cuenta que estaba en carril central de una calle de tres carriles, y que debería estar en el de la derecha porque para llegar a mi destino tendría que dar vuelta en esa dirección.

De pronto, algo tan sencillo como poner las direccionales en el sentido de mi dirección se complicó al máximo. Sé, porque lo he vivido innumerable cantidad de veces, como todos los que manejamos en esta ciudad, que poner la direccional para cambiar de carril o dar vuelta, no es una buena idea. Algo ocurre en la mente de los conductores (y conductoras) en el momento que alguien anuncia, mediante las luces intermitentes direccionales, que va a hacer una maniobra de cambio de carril. Algo se altera en su conducta.

Tal parece que hacer este señalamiento, el de las direccionales para cambiar de carril, dispara en la mente de los demás conductores una especie de alerta o llamado a la contradicción. Aceleran más, o de plano se interponen en el espacio para que se pueda realizar la maniobra. Es como una especie de reacción automática, predispuesta, ven las luces anunciando el cambio de carril y su reacción condicionada es impedirlo ¿por qué? No lo sé. Por nada, porque sí. Sólo por impedir el movimiento.

Ese razonamiento me llevó a un momento de duda, de cuestionamiento, porque sabía o adivinaba lo que pasaría. Dudé en hacer lo que pensaba, poner la direccional y esperar a que me cedieran el paso, o bien, sólo acelerar al ponerse el semáforo en verde y ganarle el espacio al carro de junto. Difícil decisión en ese momento.

Hice lo correcto, a pesar de mis dudas. Puse las luces direccionales y esperé a ver qué ocurría. Para mi sorpresa, el conductor del vehículo contiguo a mi derecha, me hizo la seña de que podía pasar. Y no sólo eso, puso sus direccionales intermitentes para indicarle al auto detrás de él, que esperaría a que yo hiciera la maniobra anunciada. Sorprendente.

Ese gesto, además de sorprenderme, porque no es lo normal que ocurra en esos casos, me dejó reflexionando sobre algo más profundo, más de fondo. ¿Cuántas veces nos hemos decepcionado de la manera de actuar de los demás?

En la fila del banco, o la de los puentes internacionales para cruzar a EU, o cuando vemos los abusos y prepotencia de quienes dejan a sus hijos en la escuela por las mañanas, o cuando pedimos la acción de la ciudadanía a causas realmente importantes y sólo recibimos la apatía e indiferencia de la gente. Todos estos son ejemplos que hemos vivido constantemente en esta ciudad.

He sido presidente del comité de vecinos el fraccionamiento donde vivo en tres ocasiones distintas. Siempre me ha animado a participar en esa actividad, el deseo de mejorar el entorno en el que vivimos, pero la experiencia que me ha dejado esa actividad no es nada grata, ni estimulante. 

De las primeras reuniones del comité de vecinos, en las que participan en promedio 100 personas (de un universo total de 600), cuando ya se trata de pasar a la acción y al compromiso de hacer cosas, quedan 20 o 30 personas. Decepcionante.

Pero más decepcionante aún es darse cuenta que, cuando se trata de temas que afectan directamente el entorno de 600 familias, como el cuidado del parque por ejemplo, o la seguridad pública, muy pocos están verdaderamente dispuestos a colaborar o poner su granito de arena para que las cosas mejoren. Triste y decepcionante.

Por eso, cuando me encuentro gente como el conductor que me cedió el paso al anunciarle que cambiaría de carril, no puedo menos que sentir esperanza y fe en que sí hay juarenses decididos a tener una mejor ciudad, un mejor lugar para vivir. Sí los hay.

Es una verdad irrefutable. La esperanza de nuestra ciudad está en gente como esa. Que está dispuesta a poner algo de su parte para que las cosas mejoren, pero no sólo a través de comentarios en Facebook, sino con la acción, con los hechos.

En el 2018, el periódico nacional El Economista publicó una nota titulada “Ciudad Juárez muestra solidez financiera”, a propósito de la importancia de nuestra ciudad en el entorno nacional.

“El desempeño presupuestal y financiero observado en el 2017, los bajos niveles de endeudamiento y sostenibilidad, y el consistente ahorro interno generado en los últimos años fundamentan la ratificación de Fitch Ratings de la calificación crediticia del municipio de Ciudad Juárez, Chihuahua en ‘AA-(mex)’, cuya perspectiva es Estable”, dice una parte de la nota.

“El territorio sólo cuenta con un crédito de largo plazo, con saldo al cierre del 2017 de 217.9 millones de pesos, que representó 0.05 veces  los ingresos fiscales ordinarios. Por lo anterior, la agencia considera el endeudamiento como bajo”.

“El servicio de la deuda sumó 75 millones de pesos y representó  12.1 por ciento del ahorro interno del año pasado. Adicionalmente, se contempla como otras deudas el Proyecto de Movilidad Urbana, el cual es un plan de Asociación Público Privada”, finalizo la cita textual de la nota.

Nuestra ciudad está entre las primeras 10 ciudades del país en diversos aspectos. Economía, demografía, frontera, seguridad, salud, comercio, industria y ubicación geográfica son los temas que nos ponen en lugar privilegiado en el contexto nacional e internacional ¿por qué no los hemos aprovechado bien?

El actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, inició su campaña a la Presidencia de la República en esta ciudad el 1 de abril del 2018, y en su presentación dijo que, con su gobierno, a Juárez le iría muy bien. Lo cierto es que a 10 meses de su administración siguen muchos pendientes sin solución.

Pero esa es la parte menos importante de este texto. No se trata de echarle la culpa de lo que nos pasa a los gobiernos. Porque ninguno ha cumplido con Juárez, se trata de reflexionar sobre lo único que realmente puede provocar el cambio verdadero: los juarenses.

Cuando exigimos un cambio real en la vida política del país, no estamos realmente conscientes de que ese cambio se dará sólo en la medida que cambiemos nosotros mismos. No podemos exigir buenos gobiernos y políticos decentes, honrados y bien intencionados, cuando nosotros como sociedad estamos produciendo malos ciudadanos. Y a eso me lleva el ejemplo puesto al inicio de esta colaboración.

Quizá parezca muy intranscendente y burdo el ejemplo puesto, pero en realidad no lo es. Cuando hay ciudadanos a los que no les importa en absoluto el cumplimiento de las leyes, no se puede pensar en una mejor calidad de vida. Pero más aún, no podemos exigir gobernantes honestos, íntegros y capaces, cuando como sociedad estamos produciendo personas carentes de valores y principios. Somos lo que hacemos.

Por eso, la próxima vez que se enfrente a un juarense abusón que le quita el lugar en la fila, o que ignora los señalamientos viales o de tránsito al conducir, pregúntese ¿ésta es la clase de personas que hacen un mundo mejor? Y reflexionemos sobre qué estamos haciendo, cada uno, para alcanzar un mejor nivel de vida. 

Como ciudad, sí tenemos esperanza. Hay muchas cosas que cambiar, pero lo mas importante y decisivo es cambiar nosotros mismos. Cuando eso ocurra, estaremos listos para ser mejores.