Juarenses de quinta

Hoy quiero compartir con usted una reflexión que me parece vital y trascendente para el futuro de esta ciudad

Francisco Ortiz Bello
Analista
viernes, 17 mayo 2019 | 06:00

Hoy quiero compartir con usted una reflexión que me parece vital y trascendente para el futuro de esta ciudad y de cada uno de nosotros, y tiene que ver con la clase de personas que somos, con la calidad de personas que somos.

El pasado miércoles por la mañana tres sujetos acribillaron a balazos a cuatro hombres y una mujer a las afueras de lo que parece ser un centro de distribución de droga en las calles Colón y Lerdo en la colonia Cuauhtémoc. La nota se publicó en este rotativo como decenas de casos similares, desafortunadamente, nos hemos ido acostumbrando a este tipo de informaciones.

Y quizá sea esa “normalidad” de la violencia, difundida a través de los medios de comunicación, lo que también contribuye a que la sociedad entera vea como normales ciertas conductas que desembocan en escenas como la que narré en el párrafo anterior. Un círculo vicioso perfecto. Pero ¿qué es lo que hace falta para que un ser humano tenga la inconciencia y la temeridad suficientes para arrebatarle la vida a otro? ¿Qué pasa en esos momentos por la cabeza de un sicario? ¿Cómo se llega a ese estado de intoxicación mental y espiritual? Preguntas que exigen respuestas en la sociedad.

En estos dolorosos casos, en su gran mayoría, son jóvenes juarenses que consumen o venden drogas, y que caen abatidos por las balas de sus enemigos o jefes. Del otro lado, también juarenses de edad temprana, que están dispuestos a jalar del gatillo para recibir un puñado de billetes a cambio, aunque eso implique mancharse las manos de sangre en muchos de los casos inocente. Juarenses matándose unos o a otros por la maldita droga.

En Juárez tenemos muy claro que la actividad del narcotráfico es la principal causante de la inseguridad que vivimos. El narcomenudeo, la extorsión, los carjacking y otros delitos asociados al narcotráfico, mantienen en niveles altos los índices delictivos generando con ello una sensación de inseguridad entre la población. Una inseguridad provocada por juarenses en su gran mayoría. Plantearé enseguida una pregunta provocadora: ¿qué diferencia hay entre un juarense que se mete hasta adelante, a la brava, en la fila de un puente internacional y otro que jala del gatillo de una arma para matar a otro juarense? Daré una respuesta aun más provocadora: no hay diferencia, ¿usted qué piensa?

Afirmo que no hay ninguna diferencia entre ambos, porque cualquiera de las dos conductas altera el orden social, lo rompe. Si bien en el primero de los casos (meterse a fuerza en una fila) las consecuencias inmediatas no son tan graves como jalar del gatillo de una pistola, amén de las consecuencias, ambas conductas son perniciosas para la sociedad. Es más, me atrevería a asegurar que es más grave la primera, porque con ella se da inicio a otras de mayor intensidad y gravedad.

Todos hemos visto las escenas de videos, tomados en los puentes internacionales, en los que se puede apreciar claramente las riñas y golpes que se dan entre quienes abusan metiéndose en las filas y quienes se ven afectados, ignorando el tiempo y espacio de los otros, arrollando prepotentemente todo a su paso, pasando por alto que otras personas están antes que ellos, que llegaron antes y que, ordenadamente, tomaron su lugar en la fila y esperan pacientes su turno a pasar, ese es el orden, la educación, la norma social a seguir. Por eso, a quien no le importa seguir ese orden, respetar el derecho de los demás, en algo tan sencillo como hacer una fila, tampoco le importará respetarlo en otros ámbitos. Aun más, y peor, con sus actos prepotentes les enseñan a sus hijos, con el ejemplo, que pueden pasar por encima de los demás literalmente, sin que sus actos tengan consecuencia alguna.

Esa es la clave del problema. Ahí está la respuesta de porqué, de pronto, un joven puede sentir que es “normal” jalar del gatillo de una arma en contra de otra persona. Una cosa lleva a la otra. Por eso no hay diferencia entre un delito o falta menor y uno mayor. Ya lo decía Rudolph Giulliani: “Todo delito mayor empieza por una pequeña falta”.

Hoy esta colaboración ha sido provocadora desde el inicio, tanto en el título como en algunas de las afirmaciones o preguntas que hice. Porque tiene la intención de provocar una reflexión y una reacción entre quienes la lean. Entiendo que no todos los juarenses son de quinta, claro que no, es más, la gran mayoría somos gente honesta, trabajadora y esforzada, pero los pocos que no lo son, nos incomodan a todos los demás. Por eso la provocación.