Opinión

Hay que preocuparse

No hay punto alguno de la Constitución que diga que no se puede felicitar a un mandatario extranjero por su triunfo electoral, ni mucho menos eso significa que una felicitación sea igual a 'adherirse a un partido extranjero'

Jorge Fernández Menéndez
Analista

miércoles, 11 noviembre 2020 | 06:00

Ciudad de México.- El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, felicitó a Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos. Lo mismo hicieron todos los mandatarios de la Unión Europea, los de América Latina, menos Jair Bolsonaro, incluyendo a los presidentes de Venezuela y Cuba. Sólo no lo han felicitado autócratas como Vladimir Putin, Xi Jinping, Recep Tayyip Erdogan, jefes de Estado de Rusia, China y Turquía, respectivamente.

A ellos tres se ha sumado el presidente López Obrador, quien sigue tratando de justificar una postura internacional que desafía incluso el sentido común. Que el primer mandatario diga que Trump “ha tratado bien a México” ya es una visión ajena a la realidad, pero, más allá de eso, el hecho es que Trump perdió las elecciones en la Unión Americana. El ganador es Biden y con quien tendrá que lidiar este gobierno, y vaya que tendrá que lidiar con él, es con Biden.

No hay punto alguno de la Constitución que diga que no se puede felicitar a un mandatario extranjero por su triunfo electoral, ni mucho menos eso significa que una felicitación sea igual a “adherirse a un partido extranjero”. Se felicitó a Evo Morales por el triunfo de Luis Arce en Bolivia, ¿por qué no se puede felicitar a Biden? En todo caso es mucho más discutible, en términos legales y constitucionales, haber ido a la Casa Blanca en pleno proceso electoral para apoyar implícitamente a un candidato (o hace cuatro años haberlo invitado a México y recibirlo como si fuera jefe de Estado) que enviar una felicitación.

No se comprende el razonamiento que está detrás de esta decisión. Hay personajes en el equipo presidencial, como Lázaro Cárdenas o Julio Scherer, que conocen perfectamente el andamiaje de poder en EU, además del propio canciller Marcelo Ebrard o la embajadora Martha Bárcena, más allá de las diferencias que puedan tener entre ellos. Si el presidente no los escucha es grave, si no los quiere escuchar es peor. Dice el presidente que, por no felicitar a Biden, “no hay nada que temer”. Puede ser, Biden es mucho más sensato que Trump, pero esto no es un asunto de valentía, sino de reconocer las realidades, como lo han hecho los otros mandatarios mundiales, comenzando por nuestros principales aliados comerciales y diplomáticos.

Es la misma realidad que no se termina de aceptar, por ejemplo, en Tabasco. Por supuesto que López Obrador no tiene responsabilidad alguna en las inundaciones en Tabasco. Y es verdad que tiene temas muy importantes que tratar, como, por ejemplo, entender que la refinería de Dos Bocas, nuevamente inundada, no se puede construir con seguridad en el lugar donde está concebida. Con lo que cuesta Dos Bocas se podrían solucionar para siempre las inundaciones en Tabasco.

Las inundaciones se dan, todos los años, en estas mismas fechas porque el sistema de grandes presas: Angostura, Chicoasén, Malpaso y Peñitas, recibe una enorme cantidad de agua que se suma a las precipitaciones pluviales y que juntas rebasan los cauces de los ríos Grijalva, Usumacinta y Chilapa y anegan amplias zonas de Tabasco, que están bajo el nivel del mar. Para resolverlo existen, desde hace décadas, propuestas para modificar el curso de los ríos o establecer canales de desfogue que crucen el estado hacia el golfo de México. Algunos se construyeron en el 2009 en Chiapas, pero no en Tabasco, y nadie continuó las obras. No se hacen porque implican recursos y requieren voluntad política, porque se afectan demasiados intereses y parece que no sobran ni los recursos ni la voluntad.

Y sin esas obras el problema es, simplemente, irresoluble. ¿Es una herencia del pasado? Sí, pero es también una exigencia del presente, que está tan desatendida hoy como entonces. Si este gobierno presume de no ser igual a los anteriores, debería actuar en forma diferente que sus antecesores y tener claridad en el diagnóstico, más aún en el estado natal del presidente. Hoy no lo está haciendo.

Muchas veces se habla de la teoría del cerco, de mandatarios rodeados de un pequeño grupo que le impide acceder a la información, a la realidad. Puede ser que eso esté ocurriendo hoy en Palacio Nacional, pero me parece que no es así: se trata de una suerte de cerco autoimpuesto, de un muro que construyen las propias convicciones. No hay que tener miedo, hay que preocuparse.