Hace poco más de diez años

Hace poco más de diez años, cuando la violencia dolía en Juárez, una de las principales secuelas...

Elvira Maycotte
Escritora
miércoles, 11 septiembre 2019 | 06:00

Hace poco más de diez años, cuando la violencia dolía en Juárez, una de las principales secuelas fue el abandono del espacio público. Sin embargo, esta circunstancia poco afortunada abrió la ocasión para implementar modelos de intervención social que pasaron de la teoría a la práctica.

En ese entonces, muchos fueron los intentos para fortalecer el sentido comunitario pero muy pocos resultaron exitosos, como lo fue el trabajo que la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez realizó a través del Centro Comunitario ubicado en La Chaveña; exitoso no sólo por los resultados positivos que fueron palpables en su momento, sino también por la oportunidad que abrió para que estudiantes y docentes de diversas disciplinas intervinieran en él. El proyecto giró en torno del capital social, entendido como la dinámica de colaboración entre los diferentes individuos de un colectivo humano que tiene el potencial de generar afecto, confianza y normas de interacción, formales o entendidas a manera de convencionalismo, que suelen derivar en el fortalecimiento de lazos de identidad y redes sociales.

La Chaveña, fundada alrededor de 1881, al igual que otras colonias ubicadas alrededor del Centro de la ciudad, enfrenta fenómenos urbanos propios de la actualidad como el despoblamiento, abandono e inseguridad, que al debilitar la interacción social cotidiana favorecen el abandono y la pérdida de vitalidad en sus espacios públicos, no obstante los íconos que, en su caso, ofrecen identidad e historia, como lo son “La Pila” y la Escuela Revolución, orgullo de los habitantes.

Para procurar lo anterior, se diseñó un modelo de intervención basado en la investigación-acción que pudiese ser replicable en otros sectores con problemáticas sociales y urbanas similares, entendiendo por éste un modelo de carácter participativo con fines educativos que pretende lograr avances académicos y, a su vez, cambios sociales haciendo converger el enfoque experimental de la ciencia social con la implementación de estrategias de acción para, posteriormente, someter a observación y evaluación los efectos de tal proceso. De esta forma se vinculan tres hechos importantes: la investigación, basada en problemáticas de la comunidad, diseño de estrategias y generación de conocimiento; la acción, como forma de intervención para inducir una mejora; y la formación de alumnos, lo cual adquiere un valor adicional al enfrentar al alumno a situaciones reales.

Viendo en perspectiva lo que pasó aquellos años y, admito, con nostalgia, valoro la experiencia vivida y no dejo de preguntarme qué fue lo que permitió que floreciera el trabajo y entrega de quienes encabezaron esta cruzada; sin duda creo que un factor fundamental fue el arraigo de sus habitantes. Con frecuencia encontramos que la población originaria de Juárez tiene sus raíces en esta colonia y en general posee una referencia histórica hacia ella: “El presidente Cárdenas estuvo en mi escuela…”, “aquí vivieron los ferrocarrileros…”; la propia Pila es un punto de referencia de ubicación para la ciudad: ¿Está antes o después de La Pila de La Chaveña? Con orgullo y una sonrisa en su rostro exclaman: “Soy de La Chaveña”. La historia, patrimonio y el capital social estaban y aún están ahí.

Aún recuerdo los conciertos de la orquesta sinfónica en el templo de la colonia, los bailables itinerantes en sus cruceros, y a los adultos bailando alrededor del kiosko con grupos musicales de la propia comunidad; la gente organizada remodeló su parque; la atención psicológica y la ayuda a los niños para hacer sus tareas; la ayuda a mujeres víctimas de violencia y los talleres que se les daba para que se ayudaran económicamente; se procuraron también servicios de salud y la activación física por medio del deporte. Se trabajó en el entorno y su imagen urbana.

Ahora es tiempo de replicar la experiencia. Ante el cuestionamiento hacia el trabajo de los investigadores, este es sólo uno de los casos que valida la importancia que tiene la investigación en las universidades públicas, más aún cuando sus productos se aplican directamente en beneficio de la comunidad y de la propia formación de los alumnos: una universidad que repite conocimientos y no los genera deja mucho que desear, y un alumno que conoce y puede palpar la realidad nunca olvida lo aprendido.

Mi agradecimiento a la Mtra. Olga Rosa Ortiz, de amplia sonrisa y corazón.