Opinión

Hablemos, solo un poco, de discapacidad

Bebis me acompañó durante muchos años de mi vida. Ella nació como una bebé dentro de los que conocemos como normales, hasta que un día, siendo aún pequeña, la poliomielitis la encontró

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 07 abril 2021 | 06:00

Bebis me acompañó durante muchos años de mi vida. Ella nació como una bebé dentro de los que conocemos como normales, hasta que un día, siendo aún pequeña, la poliomielitis la encontró. La conocí cuando ambas estudiábamos Arquitectura ¡Volaba con sus muletas! Y no había obstáculo que se le interpusiera: subía hasta el tercer piso para tomar clases en el área de ingeniería civil, mismos que debía bajar, también uno a uno, para iniciar un recorrido de cerca de 200 metros lo más rápido posible solo llegar al pie de otra escalera. De ahí había que emprender otra travesía: subir hasta el cuarto piso para tomar la siguiente clase. Siempre, entre el grupo de amigas nos turnábamos para acompañarla día tras día.

Siempre avanzando hacia su independencia, un día decidió comprar un auto; solo fueron unos días los que su papá la llevó al trabajo en ese vehículo, ya que al poco tiempo se contactó con un grupo en Estados Unidos que apoyaba a las personas con discapacidad motriz a adaptar de sus vehículos. Imagínense, si con muletas no paraba ¡con carro menos! Nos invitaba casi a diario a solo dar la vuelta: aprendimos a disfrutar con ella al volante de las nuevas alas que le dio su inigualable Caribe roja. Poco después contrajo matrimonio y nació la primera de sus tres hijos. Era una delicia ver cómo la levantaba en brazos y la colocaba en una cangurera ceñida a su cintura: así, con las manos libres, iba y venía la incansable Bebis, con su bebé creciendo muy cerca de su corazón.

Dejar Monterrey para mudarme a Ciudad Juárez solo fue una pausa en nuestra convivencia física pues mantuvimos contacto aún a la distancia. Dejó sus muletas para volar ahora en su silla de ruedas. En uno de nuestros encuentros en un restaurante me pidió que la acompañara a los baños: imposible entrar en una puerta de 70 centímetros colocada de manera oblicua. Había otros locales alrededor, en uno no nos permitieron utilizarlos y en el tercero con toda amabilidad accedieron, solo que debíamos bajar cinco escalones para llegar a él. Un cortés joven nos ayudó para dar un final feliz a una odisea que para muchos de nosotros no representa ninguna dificultad, para Bebis, sí. Al día siguiente acudimos a una reunión de generación a nuestra casa de estudios que presume su calidad académica, la experiencia fue muy similar: me volvió a pedir que la acompañara y nos encontramos con que los baños no están adaptados para personas con discapacidad y fue ella la que tuvo que esforzarse para hacer uso de un cubículo sanitario. Para lavarse las manos, obvio, no alcanzó el dispensador de jabón y mucho menos el maneral de la llave de agua: le di jabón, abrí la llave y enjuagué sus manos, ella sonrió y me dijo “No te preocupes, ya estoy acostumbrada”. ¡Estábamos en una institución que enseña arquitectura! Seguramente no disimulé mi decepción.

Somos una sociedad que no solo deja fuera a las personas con discapacidad, también las ignora y más aún, nos empeñamos en poner barreras para que sean independientes: ¿Qué estamos pensando? ¿Qué ninguna persona con discapacidad aspira a estudiar una carrera profesional, que desean siempre depender de alguien más? ¿Para qué hacemos algo por ellos si son tan pocos que ni siquiera nos notamos? Será que no pueden valerse por sí mismos, ¿o más bien les ponemos obstáculos para que lo hagan? Y pensar que hoy día, algunos maestros de arquitectura aún conciben -y enseñan a sus alumnos- que la aplicación de criterios de diseño universal “se dejan hasta el final”.

En Juárez hay cerca de 50 mil personas con discapacidad; de acuerdo con la información obtenida durante la elaboración del Plan Municipal de Desarrollo Urbano muchos de ellos además de requerir muletas o silla de ruedas hacen uso de aparatos auditivos y visuales. Piden que se arreglen las calles y arregle las banquetas, que se incluyan en la semaforización, y aunque no lo crea, también desean usar el transporte público con paraderos adaptados a ellos.

La discapacidad nunca pudo apagar la sonrisa de Bebis. Solo una vez vi una lágrima en su rostro: cuando un maestro la reprendió por llegar tarde a su cátedra y “forzar” a alguna sus amigas a acompañarla en su travesía de subir y bajar 150 escalones, uno a uno… Una de tantas lecciones de inhumanidad. En honor a un ángel llamado a Bebis y a todos aquellos que como ella, despliegan sus alas a pesar de nosotros.