Opinión

George, ‘La Galleta’

Esta historia sucede aquí, en Ciudad Juárez. Faltaban unas horas para terminar el año 2020

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 03 enero 2021 | 06:00

Esta historia sucede aquí, en Ciudad Juárez. Faltaban unas horas para terminar el año 2020. Salí de casa para ir a hacer un pago en el banco, después tenía que ir a las oficinas de El Diario de Juárez y luego a la Notaría Doce. Entonces decidí tomar una ruta alternativa por el caos que hay en las calles; me fui por la avenida De la Raza hasta la calle Adolfo de la Huerta y ahí tomé la inevitable Paseo Triunfo de la República -que está toda destripada por cierto-. Llegué a mi primera escala y rápidamente seguí mi camino como si hubiera pasado al siguiente mundo en el videojuego de Mario Bros. En unos minutos llegué a la Notaría Doce -que desde hace cinco años está en la antigua casa de don Carlos Villarreal-. Como dice don Chente Fernández “en menos de tres patadas” salí de ahí y me dispuse a ir a la siguiente estación del plan. Pero estaba por ocurrir un afortunado imprevisto. Llegué a la salida y quedé congelado al ver que venía caminando un hombre maduro; él vestía un pantalón de mezclilla, zapatos negros, una chamarra azul y un cubrebocas verde con el logo de Green Bay; el sujeto iba abrazando una guitarra con su brazo derecho y en la mano izquierda sostenía un largo bastón de metal. Con la punta de la vara tocaba el cordón de la banqueta y, después, confirmaba el dato dando otro leve golpecito con el pie izquierdo en el mismo lugar. Su mirada no está en los ojos, está en los otros sentidos. Los autos pasaban a alta velocidad muy cerca del cuate. Dos personas que trabajaban en el mantenimiento de la casona se quedaron pasmados al verlo retando al peligro. “La vida es un riesgo”, como reza la máxima del cine chicano. En cada golpe a la banqueta estaba un lento latido del corazón. Parecía que caminaba por una cuerda floja de un circo mientras nosotros, como público, estábamos el borde de la silla viéndolo. Nos tenía con el “Jesús en la boca”, un mal paso y se lo lleva un auto de corbata. Pero esta no es la primera vez que me lo encuentro. Cuando tenía 13 años gané un concurso de oratoria; recuerdo que un profesor jubilado coordinaba un programa de becas en el Club de Leones, entonces este profesor contactó a mi papá y le dijo que las becas eran para alumnos sobresalientes por sus calificaciones -lo que me descartaba por supuesto-, pero resulta que querían becar también a algunos jóvenes por sus talentos deportivos, artísticos y culturales. Por aquella época se acentuó mi conflicto con la autoridad, entonces, mi mamá decidió cambiarme de escuela y me mandó a la estatal dieciséis -la que está por el Pronaf-. Yo tenía una sudadera roja que decía enfrente “Eventos Culturales”, recuerdo que uno de mis primeros amigos en la nueva secundaria fue Iván, “El Cejón”, quien era seleccionado nacional de atletismo, el chavo era una promesa olímpica, pero se fue por el mal camino desde muy temprano; a los 17 estuvo preso en La Tuna porque intentó pasar 100 libras de mariguana por el puente libre. Ahí se graduó con honores, pero su especialidad era el crimen. Me lo encontré 10 años después en el drive inn “Las Fuentes” y “El Cejón” ya era jefe de una célula del narco. Lo primero que me dijo fue “¿recuerdas el primer día que entraste a la estatal dieciséis? traías una sudadera que decía Eventos Culturales” y se reía. La mente es canija, guarda imágenes increíbles. Escuché que Iván fue asesinado hace unos 15 años, no duró mucho en el negocio; él sí que perdió la batalla contra la vida. Regresemos al tema de la beca. Pues así comencé a ir cada primer sábado del mes al Club de Leones; ahí nos hablaban un poco de la labor social y las razones por las que se nos otorgaba la beca y luego nos entregaban 35 pesos, que en aquel entonces eran como 10 dólares. Mi tía Avelina cada semana me daba 20 pesos de domingo, ósea que un fin de semana al mes yo era rico, tenía 55 pesos. Una auténtica fortuna para un adolescente. En una entrevista, el cineasta Guillermo del Toro recomienda a los jóvenes que si encuentran a alguien que crea en ellos, se aferren con todas sus fuerzas a esa persona, porque la vida da pocas oportunidades y hay que aprovecharlas. Las edades de los becados estaban entre los 12 y los 18 años. Los más grandes eran dos jóvenes de preparatoria, uno de ellos era no-vidente y, además de estar becado por sus altas calificaciones, por aquella época lo habían seleccionado para comprarle un perro-guía, por esa razón iba a viajar al norte de Estados Unidos durante unas semanas para adaptarse a su nuevo compañero. Después de un tiempo me lo volví a encontrar en la calle, estaba feliz con su perro. Supe que estudió la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación para ser periodista deportivo. Tiene una voz de locutor muy limpia, una dicción perfecta y un gran talento para describir cosas, aunque no las vea. Rompiendo todos los paradigmas, su pasión por el béisbol lo llevó a narrar partidos para una radiodifusora local y esto lo colocó en los noticieros, pero como noticia. Era un caso extraordinario. Su voz es inconfundible, recuerdo que usa el tono clásico de la narrativa beisbolera, combinado con el corazón de un auténtico fanático del rey de los deportes. Escucharlo era todo un espectáculo. Es un héroe frente a la adversidad de la vida y un ejemplo a seguir. Pero, dice la canción de Julio Numhauser, “cambia, todo cambia”. Los sicilianos creían que la vida es tan dura que se necesitan varios padres, por eso tiene tanta importancia cultural la figura de El Padrino; esto coincide con lo que me dijo un día mi querido maestro Luis Alfonso Mayorga Valenzuela, “uno tiene muchos padres durante su vida que se presentan de maneras inesperadas y a todos hay que aceptarlos, entre más, mejor”. El Club de Leones nos permitió a muchos jóvenes lograr nuestros objetivos, pero ahora solo son recuerdos y el edificio donde nos reuníamos son ruinas. La Sonora Santanera inmortalizó una canción que dice “Dios sí perdona, el tiempo no”. Los sueños de juventud se acaban, pero la vida sigue. Seguramente él sigue narrando partidos de béisbol para pasar el tiempo en la privacidad de su hogar. Con cierta frecuencia me lo encuentro, pero ya no es aquel jovencito, ahora es un hombre de casi medio siglo con una voz finamente educada; y ya no lo acompaña su perro-guía, ahora lo acompaña su guitarra. Esta vez fue distinto, nos vamos haciendo viejos; el bastón que pega el cordón de la banqueta es el segundero del reloj de una cuenta regresiva. El hombre se detuvo de golpe y el público suspiró con alivio, después él sacó del bolsillo de su pantalón un celular y contestó una llamada, casi al mismo tiempo se detuvo un camión con rayas azules y se abrió la puerta. Todo estuvo sincronizado. Él guardó su celular, sonrío agradeciendo el gesto del chofer que lo recibe a sabiendas de que no pagará el pasaje, puesto que su trabajo es contar historias con música para ganarse la vida. El chofer cerró la puerta del autobús y siguió su camino con el juglar a bordo. Vaya voz la de este juarense, la recuerdo como si fuera en este momento que grita un electrizante “¡home run con casa llena!” en el triunfo de los Indios de Juárez por radio de amplitud modulada. En Facebook tiene una página que se llama La Galleta, el ícono es el que trae en el cubrebocas verde que yo pensaba que era de Green Bay y que en realidad es de su página desde donde sigue su vocación como periodista deportivo, pero hoy no narró un partido, hoy tomó de nuevo su guitarra y se fue “cantando al sol, como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra”, como dice la canción de María Elena Walsh. Para miles, cada día es un reto y, al final, cada respiro es un triunfo de la vida sobre la vida misma. Y no hay de otra, hay que vivir, pero “si morimos, moriremos como soles: despidiendo luz”, tal como lo anunció Ricardo Flores Magón. Escucharé la narración por Facebook Live de La Galleta que tiene por eslogan “el sabor del amor y la delicia de la vida” para estar en contacto con este profesional del periodismo deportivo del cual solo conozco el nombre, George. Mientas tanto, nos seguiremos encontrando una y otra vez hasta que un día nos convirtamos en un rayo de luz o en una gota de lluvia.