Opinión

Fratelli Tutti

La pandemia es un hecho histórico que nos arroja a una era que nos es ajena y donde el riesgo de hacer algo incorrecto es enorme

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 03 enero 2021 | 06:00

“Nuestro mundo se parece, cada vez más

a un gran c. de concentración.”

Th. W. Adorno

Debo decir que este documento pontificio me pasó ‘de noche’. Ha sido Luciano Floridi profesor de Filosofía y ética de la información en la Universidad de Oxford, - debería contratarlo el presidente -, quien a través de un ensayo me mostró Fratelli Tutti. Floridi se confiesa agnóstico lo que da a su lectura un valor agregado: “No digo esto como creyente, sino como agnóstico, si bien con la esperanza de estar entre aquellos que a veces pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes”. Muy cierto, y qué fino cuando dice “vivir la voluntad de Dios” y no un genérico “ser bueno”. Entonces, ¿qué es un agnóstico? La intención del presente es solo una invitación a la lectura de Fratelli Tutti.

Tiene la categoría de Carta Encíclica y el tema es sugestivo: “Sobre la fraternidad y amistad social” firmada el 3.10.2020 junto a la tumba de S. Francisco de Asís. La carta se ubica bien en el tiempo, en el lugar y en el propósito. Amplio y hermoso documento del papa Francisco.  

«Todos hermanos», propósito divino y sueño acariciado, pero jamás realizado del todo; pareciera que son las fuerzas disgregantes, opuestas, violentas y fratricidas, las que imperaran. Se levantan muros, barreras entre los pueblos y ente las personas, se trazan nuevas fronteras raciales, psicológicas, económicas, políticas, religiosas. Vivimos en un mundo tristemente agresivo, dividido por el odio, la envidia, la ambición. Un mundo donde somos todo, menos hermanos. 

“Sueños que se rompen en pedazos” (n. 10). “Durante décadas parecía que el mundo había aprendido de tantas guerras y fracasos y se dirigía lentamente hacia diversas formas de integración. Por ejemplo, avanzó el sueño de una Europa unida, capaz de reconocer raíces comunes y de alegrarse con la diversidad que la habita. Recordemos ‘la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del continente’. También tomó fuerza el anhelo de una integración latinoamericana y comenzaron a darse algunos pasos. En otros países y regiones hubo intentos de pacificación y acercamientos que lograron frutos y otros que parecían promisorios”. 

Pero, los acontecimientos de la historia reciente destrozan este anhelo; el s. XX es el más sangriento de la historia; nos son conocidas las guerras llamadas mundiales, pero igual Japón, Corea y Vietnam, fríamente calculadas y luego olvidadas, las revoluciones que fueron atroces, la mexicana que abrió el siglo, la rusa y de la Mao, que costaron millones de vidas humanas; los Balcanes, ‘vergüenza de la humanidad’, (JP.II); las atrocidades del Sureste Asiático, el horror de la guerra de las repúblicas centroafricanas, -en Ruanda, un mes de abril, fueron asesinados más de 800 mil seres humanos en 100 días-; todo sumado es un horror inimaginable. Los fundamentalismos religiosos que han generado una violencia tanto más repulsiva en cuanto que se hace en nombre de Dios. En Latinoamérica, se vivió y vive el sangriento experimento de las dictaduras, la ambición de los políticos por hacerse con el poder a toda costa; crecen la pobreza y desigualdad, y por ello, la desestabilidad social, la enfermedad, las migraciones y se afianzan los populismos. Y por fin, el mundo sombrío y poderoso de las drogas. La legalización de aborto, - holocausto silencioso-, en Argentina deja ver que la lucha va en otra dirección; “El papa no es profeta en su tierra”, es un encabezado de El País, diario anticatólico que dio cobertura amplia a la lucha proabortista. ¿Amarrar navajas? Lo que el papa puede decir ya está dicho: no matarás. 

Esto hace decir a Floridi: “Por tanto, entender antes de actuar resulta vital, pero entender sin actuar en consecuencia será un suicidio. Para ello necesitamos más filosofía, más inteligencia, más coraje, más liderazgo y capacidad de realización, más Política (la mayúscula resulta crucial). (Lo contrario es politiquería y ambición, digo yo). Con esta visión en la cabeza he leído la encíclica del papa Francisco, Fratelli Tutti: La historia da muestras de estar volviendo atrás, afirma el texto, y ofrece muchas reflexiones para esquivar esta trampa, para comprender y actuar mejor, en un período de profunda incertidumbre y transformación”.

En efecto, “la historia da muestras de estar volviendo atrás”, dice el papa (n.10). Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales.

Se encienden conflictos anacrónicos superados, (divisiones simplistas y fáciles de los ciudadanos y de la historia) tal parece ser la dialéctica del presidente, revivir, imaginar, inyectar en el imaginario popular el antes y el ahora como un dualismo irreconciliable, de forma maniquea; se privilegia una interpretación de ruptura en lugar de presentar un camino ascendente, de continuidad, la visión de un futuro común mejor, resultado de un cambio de mentalidad general. Promover la crispación, el enfrenamiento, la radicalización es lo que hacen muchos gobiernos, Trump, p.e., y eso lleva a la ruina, divide la república, enfrenta a los ciudadanos, siembra odio y hace imposible la prosecución de un propósito común.

Lo dice el papa, lo que nos recuerda que «cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el camino. El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a todos». Pero, comenta, Floridi, los partidos se ganan metiendo goles, y el bien necesita meter más goles, no solo acariciarlos. La encíclica posee una enorme riqueza conceptual, en términos de análisis, y moral, partiendo de sugerencias, concluye Floridi.

“El fin de la conciencia histórica”. (n.13). Este fragmento me parece genial e iluminador; deberíamos meditarlo al final de un año tan tormentoso como este. Leerlo lentamente como ciudadanos de este México nuestro. Por eso mismo se alienta también una pérdida del sentido de la historia que disgrega todavía más. Se advierte la penetración cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos. En esta línea se situaba un consejo que di a los jóvenes: «Si una persona les hace una propuesta y les dice que ignoren la historia, que no recojan la experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que solo miren el futuro que ella les ofrece, ¿no es una forma fácil de atraparlos con su propuesta para que solamente hagan lo que ella les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados, desconfiados de todo, para que solo confíen en sus promesas y se sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen —o deconstruyen— todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Para esto necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido». 

Deconstrucción, palabra densa, indica ese proceso de desarticulación, desmontar lo anterior para crear, de cero, otra realidad que “yo” decido; para ello necesito seres que no piensen, como los habitantes del Mundo Feliz; seres fáciles de manejar, de comprar, de impresionar; un mundo donde “yo” sea el rey, donde no haya oposición, habitado por seres cuyas necesidades son previsibles y manejables, incapaces de descubrir y denunciar la mentira. ¿No vivimos esa situación o estamos cerca de ella? 

“Una cuestión de dignidad humana”. La pandemia es un hecho histórico que nos arroja a una era que nos es ajena y donde el riesgo de hacer algo incorrecto es enorme. Hace falta otra visión y ‘Fratelli Tutti’ de papa Francisco es una buena guía, concluye Floridi.