Escuchemos a los niños

En estos días he tenido la oportunidad de revisar una experiencia de mediación entre madres de familia y sus hijos...

Lourdes Almada Mireles
Analista
viernes, 11 octubre 2019 | 06:00

En estos días he tenido la oportunidad de revisar una experiencia de mediación entre madres de familia y sus hijos (de ocho a doce años de edad) desarrollada por Crecimiento Humano y Educación para la Paz, A.C. (Chepaz). La mediación es un mecanismo de solución de conflictos en el que un tercero llamado mediador facilita un ambiente de confianza, apoya a “las partes” para que se comuniquen de una manera más efectiva, expresen sus necesidades, experiencias y sentimientos; generen acuerdos para resolver sus conflictos y/o para desarrollar capacidades para una convivencia más armónica.

Promover la mediación entre padres e hijos implica un esfuerzo interesante y ha demostrado ser un medio eficaz para avanzar en el cumplimiento de los derechos de niñas, niños y adolescentes. Como parte del proyecto, Chepaz impulsó centros de mediación en diversas colonias en situación de vulnerabilidad en nuestra ciudad. Estos centros desarrollan su labor en coordinación con las escuelas –sobre todo primarias– de la zona, en la que se impulsan talleres de educación para la paz y desarrollo de habilidades para la vida con los niños de los últimos grados y con sus mamás. A partir de ese proceso de sensibilización, en uno de estos centros se llevaron a cabo siete procesos de mediación entre madres (se incluye una abuela) y sus hijas (os).

En los acuerdos que “las partes” generaron, tanto las mamás como los niños establecieron compromisos para mejorar su relación y su forma de convivencia. Para este artículo he decidido centrarme en las responsabilidades asumidas por las mamás, que en realidad corresponden a necesidades planteadas por las niñas, niños y adolescentes.

Las demandas planteadas por los hijos, que derivaron en el compromiso de las madres, se agrupan en cuatro rubros principales: 1) Ser tratados sin violencia: que no les griten, que no les peguen, que les tengan más paciencia cuando les dan instrucciones, que no se desesperen tanto y tan pronto con ellos y que no les digan malas palabras. 2) La demanda de una presencia más cercana, más afectuosa, de mayor convivencia, que les haga sentirse queridos: “convivir con ella” (mamá), “que esté más cerca”, “que pase más tiempo conmigo”, “que me diga que me quiere”, “que me felicite cuando algo me sale bien”. 3) Un tercer rubro fue el de recibir más atención de parte de sus madres: más apoyo para su higiene personal, alimentos y tareas, que le apoyen para que siga en la secundaria. 4) Finalmente, expresaron la necesidad de participar en actividades “propias” de la mamá: que le permitan cocinar y puedan comprarle ingredientes; que le permitan ayudar en el jardín y el cuidado de las plantas.

Es contundente el hecho de que niñas y niños necesitan ser tratados con respeto y que la idea general de que la violencia es parte de la educación, requiere erradicarse. Trabajar en el reconocimiento de las y los más pequeños como sujetos de derechos, con una opinión y forma de sentir propias, es indispensable para garantizarles una vida libre de violencia. Es indiscutible que las necesidades de los niños (en realidad también las de las mamás) tienen un componente relacional y que la mediación es un mecanismo importante para abordarlas.

Sin embargo, es necesario reflexionar sobre las condiciones del contexto que dificultan o hacen imposible la satisfacción de necesidades y la garantía de derechos de niñas, niños y adolescentes. Asumir que no es un asunto sólo relacional y privado, coloca sus necesidades en el ámbito de lo público y plantea la urgencia de generar, además de acciones de mediación, programas y políticas que atiendan diversas problemáticas. Tal es el caso de la escasez de tiempo de muchas mujeres (y hombres) para convivir con sus hijos, atenderles en lo necesario a su cuidado e higiene, preparar los alimentos, etc. Se requiere trabajar mucho, sin duda, en el ámbito de las relaciones interpersonales, pero es innegable la urgencia de generar políticas que armonicen empleo y familia. Diversas investigaciones han documentado que en Juárez trabaja un porcentaje más alto de mujeres que en el resto del país y lo hace por más horas a la semana. Somos una ciudad en la que las mujeres que trabajan duermen un promedio de 4.5 horas diarias. Construir una sociedad más justa y más humana sería más fácil si escucháramos más a nuestros niños y si atendiéramos en serio sus demandas. No parece tan difícil.