Opinión
OPINIÓN

Es golpeado por el síndrome de la soledad

No fue necesario un sexenio para que Javier Corral transformara su rictus eufórico de octubre del 2016 al sombrío, descompuesto, de hoy. Con cinco años tuvo para la metamorfosis grotesca

LA COLUMNA
de El Diario

domingo, 30 mayo 2021 | 06:00

No fue necesario un sexenio para que Javier Corral transformara su rictus eufórico de octubre del 2016 al sombrío, descompuesto, de hoy. Con cinco años tuvo para la metamorfosis grotesca.

Por estas semanas se ha convertido en el terror aun de sus más cercanos. Nada le gusta; aumenta el mal humor, el tono de los reclamos; los regaños por cualquier nada.

Pocos también le hacen caso.

-“¿Y la gente de aquí...ya abandonaron el barco o qué?”, ha preguntado por igual en las oficinas de Comunicación Social, Relaciones Públicas, Atención Ciudadana, Política Digital...

Pasa durante algunas mañanas (las pocas que trabaja) por esas oficinas ubicadas en Palacio de Gobierno para dirigirse a su despacho donde, para completar el ingrato cuadro, no encuentra tampoco a sus secretarios particulares, a Francisco “Panchito” Muñoz; ni a Francisco “La Coyota” Lozano, menos a su bien refaccionado jefe de fotógrafos, Alejandro Alanís, alcahuete de Lozano en sus correrías por Juárez.

Es matemáticamente comprensible el deprimente estado físico y mental del gobernador. Su término al frente del régimen es desastroso como pocos. Creyó que con perseguir al duartismo podía tirarse a la milonga y esperar que los graves problemas que sufría el estado fueran resueltos por ósmosis.

Él mismo ha aceptado durante los últimos días la posibilidad que ni en sus peores pesadillas haya tenido, la liberación de Duarte y la recuperación de sus bienes.

Persiguió al exgobernador con la mayor torpeza del universo, encabezando él mismo los procedimientos ministeriales, judiciales y hasta policiales. ¿Resultado? Un soberano batuque que permitió hacerse ricos a sus propios ministerios públicos y a Duarte acreditar en su defensa la “persecución política”.

Esa fue su agria obsesión y ahora vemos que también su triste perdición. Se  concentró en la venganza y descuidó absolutamente todo lo demás: está heredando una deuda estratosférica por más de 61 mil millones de pesos, los cementerios rebosantes con más de 11 mil personas asesinadas; casi siete mil personas muertas por el irresponsable manejo de la pandemia; miles de negocios también muertos y sepultados por la misma razón, cero liderazgo como “primera autoridad estatal” ante la sociedad, ante los órganos autónomos, ante los presidentes municipales ni ante los otros dos poderes del estado. Ahora es cadáver descompuesto ante ellos.

Corral jugó infantilmente al gobernadorcito. A eso puede resumirse todo. Paralelo a su manejo administrativo y político, cayó redondo en el confort de los guaruras hasta para cargar las petacas, hizo todos sus viajes en avión o helicóptero del Gobierno estatal, se ausentó del trabajo prácticamente todos los fines de semana y hasta por semanas completas; intentó con denuedo aprender a jugar golf, tenis, el ciclismo de montaña, montar a caballo...

Dejó a un lado los 10 kilómetros de la liberación prometidos al inicio de su administración porque no pudo superar ni la mitad del tiempo logrado por los punteros.

Es así comprensible su actual estado de ánimo con el costal lleno, a punto de reventar.

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Encaja el gobernador perfectamente en lo que el reconocido médico británico, David Owen, identificó como el síndrome de Hubris, un trastorno que padecen quienes ejercen el poder y cuya característica principal es que tienen una personalidad mesiánica.

El síndrome de Hubris descubre el ego desmedido de estas personalidades, hasta hacer que desprecien a los demás, pues se consideran autosuficientes para todo, sin darse cuenta que se pierden en sus excentricidades porque son adictos al poder.

La sociología moderna observa un paso inmediato después de la sintomatología de Hubris: el síndrome de la soledad inquieta, que se caracteriza por la falta de autocontrol y autorregulación. Javier Corral empezó a sufrir la soledad, como todos los gobernantes.

Decía el finado Mario Tarango, un político chihuahuense respetado por propios y extraños, que cuando los gobernantes han tenido prácticamente todo a su favor, una vez iniciado el último año de su gestión, se sienten abandonados.

Y tenía razón. Lo que pocos han observado, es que ese síndrome de la soledad inquieta se acentúa más cuando, quien está en el poder de un gobierno de cualquier nivel, no logra una salida del todo satisfactoria.

¿Cuál es el propósito de un gobernante antes de terminar su gestión? Heredar el poder a quien le garantice no solo continuidad en sus proyectos, sino en su propio final feliz. He aquí los problemas para los últimos gobernadores de Chihuahua.

Le sucedió a Fernando Baeza, que quiso heredar el poder a Jesús Macías, pero no fue suficiente para ganarle a Francisco Barrio, que ya tenía el camino andado desde 1986.

Le pasó al mismo Francisco Barrio, que preparó a Eduardo Romero Ramos, pero en la interna le ganó Ramón “El Cholo” Galindo quien, por cierto, perdió la constitucional contra Patricio Martínez.

Al iniciar su sexto año de gobierno, Martínez García hizo todo lo posible por heredar el trono a Víctor Anchondo Paredes, pero en la interna le ganó José Reyes Baeza que triunfó desterrando todo vestigio de los “patricistas”.

Y luego vino el final del sexenio de Reyes Baeza que tenía dos candidatos a sucederlo: Marco Quezada y Héctor “Teto” Murguía, pero a Reyes se le atravesó César Duarte quien derrotó en la constitucional a Carlos Borruel. El rompimiento con el clan Baeza fue desastroso, y hasta la fecha.

César Duarte, por cierto, intentó colocar como su sucesor a un candidato gris, perdido en la nada aunque lleno de sueños: Enrique Serrano. Y fue la elección más caótica para el PRI en el estado, porque llegó el peor enemigo de Duarte: Javier Corral, disfrazado con intergaláctica retórica falsa.

En octubre pasado, al rendir su último pseudo informe de gobierno, Corral dio línea al interior del PAN para colocar como candidato natural a Gustavo Madero, pero no contaba con Maru Campos, quien desde la presidencia municipal, en dos ocasiones, dio muestras de lo que Corral jamás pudo hacer: trabajar.

Y entonces empezó el síndrome de la soledad para Corral. Le sucedió lo que a todos sus antecesores: traiciones al interior de un equipo que jamás pudo consolidar, abandono de sus principales colaboradores y, por si fuera poco, una calificación que ni el más torpe de los alcaldes del país ha podido lograr: cero aprobación. El peor de los gobernadores del país.

Este síndrome del abandono le dio a Corral un escenario sórdido. Quiso descarrilar a Maru Campos y no lo logró, con una artillería que ni en los juegos de Nintendo hacen daño, utilizando a las instituciones para desacreditar a su hermana de partido.

El síndrome del abandono le llegó a Corral más temprano que tarde, porque se llenó de traiciones al interior de su malogrado equipo; con estrategias erráticas en obra pública, inversión y hacienda; jamás pudo levantar siquiera un aula escolar, menos atraer inversiones extranjeras de gran calado.

Si sus funcionarios lo engañaron desde el principio de su administración, a Javier Corral lo traicionaron al más puro estilo de “a puñaladas iguales, llorar es cobardía”, porque le pagaron con la misma moneda que él juró combatir: la corrupción.

Se llenó de manos vendidas al mejor postor en contratos millonarios sin licitación, se entregó en los brazos de dueños de casinos y gasolineras que le redituaron poder económico y político, pero en el ocaso de su gris administración, se ha ido quedando solo, más solo que nunca.

Corral ha caído deliberadamente en el síndrome de la soledad. Sabía lo que ocurriría y no lo previó. No se preparó para ello. Conocía, como el resto de sus antecesores, que en el último año de su administración él ya no manda. No quiere asimilarlo; al menos no públicamente.

El resto de los pocos colaboradores que le quedan no soportan precisamente sus gritos, insultos, desplantes y hasta humillaciones. Es el síndrome de Hubris que desencadena la sintomatología de la soledad inquieta.

-“¿Y la gente de aquí... ya abandonaron el barco o qué?” Claro, la pregunta es tonta. Cada cual persigue sus Caminos de Santiago.