Opinión

Entre la pobreza y el frío

Grítelo de nuevo señor Posada. No somos sino pobres calaveras del montón

Laura Estela Ortiz Martínez
Doctora

viernes, 12 noviembre 2021 | 06:00

Grítelo de nuevo señor Posada. No somos sino pobres calaveras del montón. ¿Para qué todo ese oropel, esas galas mortuorias, esas máscaras que los mexicanos usamos para esconder nuestras miserias morales?

Todavía recuerdo, como espada que atraviesa cerebro y corazón, mi encuentro con aquel solitario que instaló su altarcito en el Centro, en medio de vociferantes y ávidos altares de concurso sobreabundantes de flores, comida y miles de chácharas inútiles. 

Llegó muy temprano. Solo. Cargando una reja de madera con algunas cosas baratas para instalar su ofrenda. Esparció el aserrín, colocó alguna imagen religiosa. Un rosario. Se hizo su altar con la reja y unos papelitos de china, unas veladoras sencillas. Un ramito de Cempasúchil. Y se plantó todo el día ante su ofrenda. Como la imagen misma de la muerte.  Busco alguna foto suya en las redes, pero no hay ninguna: la pobreza es invisible, es ofensiva. En México nos dicen, el 60 por ciento de la población vive en extrema pobreza (un eufemismo para no decir que vive en la miseria). Si a alguno de los que viven en esas condiciones le encargáramos una ofrenda, no le alcanzaría ni para instalar una como la de mi camarada solitario. 

Somos más falsos que la folclórica Frida, más patrioteros que su cónyuge Diego. Nuestros verdaderos pintores son Orozco y Cuevas, pintores de locos; esas tintas grisáceas, esos sepias deprimentes, el negro carbonífero que invadía sus dibujos. Por eso dibujaban a los locos, a los delincuentes, a los mayoritarios marginados de nuestra sociedad. 

Así como la muerte, la pobreza se plasma desolada y triste, la realidad la supera. La situación de pobreza se puede entender como un síntoma. Nos muestra las grietas de aquello que hemos construido y aparece como   el resultado de múltiples mecanismos de segregación y exclusión. 

¿Gusta usted hacer un “tour” por el Juárez real?  En la penumbra de una noche helada, la antes llamada Plaza de Armas y la Catedral de Juárez parecen vacías. Pero sobre las calles laterales, se observan personas fuera de los negocios que ofrecen un espacio o un rincón para resguardarse un poco de las frías temperaturas, esas que duelen mas por las noches. Son los necesitados de la ciudad, cada vez más numerosos y sometidos a una situación más dramática con la llegada del invierno. Solo hay que caminar por las calles del Centro para darnos cuenta, hoy es común lo que antes era esporádico: encontrar gente durmiendo en los ingresos de los edificios públicos o de bancos, en las nuevas estaciones del transporte público o simplemente en las aceras. Aquí hay niñas, niños, adolescentes, ancianos.  Para hacer una política pública, una conciencia real, hay que contar de verdad, entender que son personas e indagar por qué están en la calle. Hay familias enteras que ahí viven y que necesitan también de alimentos. 

Necesitamos brindarles un espacio de acogimiento, de confianza, y de dignidad. Nadie puede, nadie debe carecer de lo necesario. 

El fantasma de la pobreza extrema recorre las calles del Centro Histórico. Y ante la criminal incuria, la indiferencia de órganos ineficientes que la representan, es hora que la sociedad civil, ese puñado de conciencias vivas surja y resurja por estos días para auxiliar al necesitado. No es solo las campañas para la recolección de cobijas, ropa de abrigo y comida lo importante y urgente, aunque este año y todos los que vienen se luche por acrecentar su número y su volumen. Es también la conciencia de que nuestra ciudad es más que una olla comunitaria que recibe oleadas crecientes de migrantes de todo el país y de países vecinos y hasta de inimaginables rincones del mundo. Hay que sumar esfuerzos, despertar conciencias, asumir responsabilidades, crear hábitos para un solo fin: ayudar a quienes por esta vuelta han sido más desafortunados que nosotros. Enseñemos a nuestros hijos, a nuestros alumnos y jóvenes a compartir lo que tenemos, a compartir ropa propia de la temporada, a preparar alimentos y donarlos, a acompañar con amor a quienes no lo conocen. Seamos gentes de buena voluntad y hagamos un trabajo serio y comprometido convirtiéndonos en activistas reales. Más allá de los cuantitativo, debemos imprimir calidad a los buenos actos que nuestra ciudad y ciudadanos requieren. Nunca es tarde para arrimar el hombro y ayudar a los demás. Inicia la temporada de invierno y el invierno viene frío. 

Avivemos  el espíritu, empezando por el nuestro, empecemos a ser felices, haciendo felices a los demás en la medida de lo posible. Ropa, calzado, artículos de higiene, cobijas, alimentos, bebidas calientes nos esperan en cada espacio, en cada albergue, asilo, orfanato y en la vulnerabilidad completa de las personas que viven en la calle para hacer frente a estas y otras dificultades de discriminación y exclusión social. 

Pasaron ya los días de hacer altares de papel. La ilusión de una sociedad pródiga. La borrachera de la muerte ficticia y “relajienta”.  Aquí están ya los días en que la caridad debe extender sus manteles de generosidad, su valentía para descubrir la verdad y su calor que reconforte al otro, a nuestro prójimo, a nuestro hermano. 

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