Opinión

Enseñanzas, legitimidad y nueva normalidad

En varios sectores se afirma que la contingencia sanitaria provocada por Covid-19 ha dejado algunas enseñanzas

Sergio Pacheco González
Analista

martes, 30 junio 2020 | 06:00

En varios sectores se afirma que la contingencia sanitaria provocada por Covid-19 ha dejado algunas enseñanzas. Entre ellas, una mayor atención a la higiene personal, una mayor comprensión de los efectos de nuestra interacción con el medio ambiente, el redescubrimiento de nuestra vulnerabilidad, las ventajas e inconvenientes en el uso de las tecnologías para la educación, la apropiación de lo que en nuestro país se ha definido como la sana distancia, las posibilidades e implicaciones del trabajo desde la casa, la perentoria necesidad de reducir las inequidades entre quienes se encuentran con empleo formal y quienes carecen de él, por mencionar algunas.

En ese contexto, no obstante, prácticas y acciones contrarias al interés general siguen presentándose de manera consistente. Los medios de información dan cuenta, en esta ciudad, de incidentes viales que, en la mayoría de los casos, parecen responder a errores humanos vinculados a la omisión en el cumplimiento de las disposiciones del Reglamento de Vialidad y Tránsito, hechos ejemplares por lo reiterado de su ocurrencia.

De igual manera, cada vez son más recurrentes escenas en diferentes localidades del país, en las que ciudadanas y ciudadanos responden con violencia a la intervención de las autoridades de seguridad pública e incluso a la que llegan a tener agrupamientos militares, lo que indica que la autoridad y por ende la legitimidad de estas fuerzas es cuestionada por quienes, señalan las autoridades, han cometido algún delito.

En ambos ejemplos, se puede decir, está en tela de juicio el orden social, entendido como aquel que es reconocido y aceptado por la colectividad porque para ésta tiene sentido. Así, se puede moderar la conducta y adecuarla a las costumbres y en su caso, a las disposiciones legales, porque éstas se han asumido, por complacencia o por mandato, adquiriendo validez y convirtiéndose en guía para el actuar en aras de cumplir con los objetivos planteados.

No obstante, para que ese orden, ese sentido, se sostenga, debe cumplir mínimamente con lo que plantea. Debe lograr legitimidad, una legitimidad que sobrepasa sus límites legales. En una de las acepciones del Diccionario de la Lengua Española, es una legitimidad que se reconoce y acepta por ser cierta, genuina y verdadera en cualquier línea, es, precisa el Diccionario, no sólo lícito, sino justo.

Por esto es por lo que es necesario preguntarse si ciertas acciones que “alteran el orden social”, son, además de infracciones administrativas o actos ilegales, expresiones de una pérdida de sentido del valor del orden, sí, social.

Y en un país donde las desigualdades prevalecen, donde la distribución de la riqueza sigue siendo injusta y la ciudadanía desconfía de sus autoridades, de los políticos y los partidos que las impulsan, vale la pena cuestionar si estas condiciones y estos actores son corresponsables de esta pérdida de sentido.

La corrupción en el ejercicio público y su red de beneficiarios es, sin duda, una de las razones por las que la ciudadanía cuestiona a las autoridades y pone en duda su legitimidad. No porque no sean electas de manera legal, aunque en muchas de las ocasiones ocurra con una participación minoritaria, sino porque además de atribuírseles actuar mediante la demanda de sobornos, se les percibe injustas, parciales, ajenas y desinteresadas por quienes constituyen la mayoría.

Así, pretender sustentar el orden sólo contando con el marco legal, sin cuestionar lo justo o injusto de su actuar, no favorece recuperar el sentido. Para ello autoridades electas, burocracias, partidos políticos, sus élites y membresías, gobernantes y aspirantes sin partido político formal, deben cambiar.

No se trata de ignorar las leyes, sino de aplicarlas con sentido. De reformar lo que se requiere para afrontar las desigualdades, de ver y oír a quienes acuden a las urnas, escuchar a quienes no lo hacen. Una nueva normalidad no debe sentar sus bases en las mismas prácticas que han puesto en riesgo a la humanidad en el orden global, como las que ponen en evidencia nuestras insuficiencias en las emergencias sanitarias y ante las crisis económicas en lo local y nacional.

De la pandemia, no sólo la ciudadanía puede aprovechar sus enseñanzas. Las autoridades en funciones y las que se avizoran como resultado del próximo proceso electoral, pueden y en estricto sentido deben tomar sus lecciones y actuar en consecuencia.

Es paradójico, se trata de convertir lo legal en legítimo.

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