Opinión

Elegir entre el encierro y el riesgo

¿Quiénes somos, que hemos permitido que nuestras niñas y jóvenes vivan bajo temor? Y la única opción que encuentran sea el encierro

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 07 octubre 2020 | 06:00

Históricamente, se ha aceptado que la vivienda es el ámbito más íntimo donde debiéramos estar más seguros.

Sabemos que si bien la vivienda, básicamente, es el espacio comprendido desde su envolvente hacia su interior, lo cierto es que la vivienda va más allá de ser los muros, piso y techo que la delimitan, ni siquiera lo son estos límites y el predio en el cual se emplaza: por vivienda se debe entender sí, su materialidad -muros piso y techo- y los espacios que le rodean, y además aquellos elementos que le dan soporte y le hacen funcionar como tal, es decir, que le permiten a quienes en ella moran desarrollar su vida e, inherente a ello, sus capacidades humanas.

Entonces, la vida se desarrolla tanto al interior del recinto de ese objeto llamado vivienda, como en su exterior, incluyendo el ámbito urbano que le circunda y, en ese sentido, ambos, el interior y el exterior, deben tener condiciones de habitabilidad que permitan, precisamente, la interrelación afable y armónica entre ser humano y el espacio que habita. 

Y es aquí, precisamente envueltos en el concepto “Habitar”, donde entre otras cualidades, los espacios deben tener, entre otras, aquellas que nos procuren “sentirse en paz”.

En ese sentido es que los conjuntos habitacionales que se edificaron hacia el suroriente, desde el debiera ser, habrían de procurar ese sentirse en paz, sentirse seguros, en quienes en ellos residen, sin embargo, las noticias que recibimos en relación a ello están lejos de mostrarlo así. Más aún, no sólo se tiene la precepción de que la situación que impera es un contexto de violencia: investigaciones realizadas a lo largo de los años en aquella zona de la ciudad muestran que las personas están envueltas en un entorno de inseguridad que prevalece y se ha intensificado en los últimos años.

Hace un año exactamente un grupo de docentes hicimos una serie de talleres con niños y jóvenes en el suroriente; las narrativas que hicieron, los primeros verbalmente y los segundos por medio de dibujos y breves comentarios de lo que gráficamente quisieron expresar, nos hablan del ambiente de violencia en el que (sobre) viven y la carga que les significa el continuo temor de ser víctimas de delitos contra su integridad física y la de su familia. No descartan, pues lo toman ya como un estilo de vida normalizado en su entorno, los atentados contra su patrimonio.

Si bien esta es la historia en la que navegan cotidianamente los jóvenes y niños de nuestra ciudad, cuando se trata de tener un acercamiento a esta problemática desde la perspectiva de género, se visualizan situaciones en las jóvenes que van desde optar por el encierro, hasta sentirse desprotegidas ya sea a causa de la desintegración familiar, o por la necesidad de que ambos padres acudan a sus obligaciones laborales; en ambos casos, finalmente, quedan a merced del acoso de hombres mayores que les infunden terror. Por otra parte están las niñas, creciendo en un ambiente en donde los gritos que piden ayuda y las mujeres maltratadas por su pareja en plena vía pública son parte de su normalidad. ¿Perspectivas? ¿Temores?

Nos decía una jovencita de apenas unos 13 años: “También la de la vez que pasó una troca, iba caminando y luego se frenó donde yo me esperaba, y luego salí corriendo, luego le daba más recio… y así, me estaba asustando, no sabía si me quería levantar la verdad, pero, me estaba asustando y ya llegué a la secundaria; y la vez que me asaltaron, como por aquí..; Sí he pasado por muchas cosas”. ¿Y qué dicen las niñas? “No me gusta pasar por el baldío porque ahí está muchota violencia, por ejemplo, una mujer pedía auxilio arrastrada por la entrada”, o “No me siento segura en la calle porque una vez asaltaron a mi mamá y también se roban a las mujeres que trabajan y se tienen que ir temprano”, y otra nos dijo: “Yo no me siento cómoda en la calle porque te roban, te asaltan, te secuestran, puedes tener un accidente, o problemas, o hasta puedes morir, o caes en drogas”, “Me da miedo ir a casa de mis amigas porque puede que sus papás me toquen o que puedan  hacerme daño”. 

Así que, (sobre) viviendo entre el miedo, a las niñas no les queda más que encerrarse: ahora juegan “en mi “pomputadora”, “con mi celular en el sofá”, “me encierro en el cuarto y platico por Whatsapp, Facebook o Messenger”. ¿Quiénes somos, que hemos permitido que nuestras niñas y jóvenes vivan bajo temor?  Y la única opción que encuentran sea el encierro.