Opinión

El síndrome ‘Doña Florinda’ en la política

El síndrome descrito por Ton se observa por todas partes, y considero que podemos ubicarlo en el panorama de la política práctica, generando un conjunto de implicaciones y escenarios

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 13 febrero 2021 | 06:00

El síndrome de Doña Florinda fue expuesto por primera vez por el escritor argentino Rafael Ton, categorizando así a uno de los roles inmersos en la famosa vecindad del Chavo del 8, la de la señora que tergiversa el sentido de su propia realidad y odia a la “chusma” que vive a su alrededor. Sin estar consciente de su estatus y su propia identidad, el personaje ancla su desprecio en lo que considera diferente a él, manifestando en su lenguaje y comportamiento una superioridad que solo existe en su imaginación, llegando a sentirse molesta por los pequeños y eventuales progresos que cualquier otro miembro de la vecindad pudiera alcanzar.

El síndrome descrito por Ton se observa por todas partes, y considero que podemos ubicarlo en el panorama de la política práctica, generando un conjunto de implicaciones y escenarios. Me parece que uno de ellos impacta a la discusión sobre los atributos que debe tener un candidato a cualquier puesto de elección popular. La controversia revive en cada año electoral y suele escucharse centrada, en mayor medida, en los candidatos o precandidatos a legisladores. La perorata inicia en el terreno de la vaguedad, pidiendo que los aspirantes sean gente “preparada”. Se llega a utilizar ese vocablo hasta el hartazgo, pero veamos ¿a qué le llamamos gente preparada? ¿Cómo garantizamos que alguien sea o esté preparado? La verdad es que el terreno de los “preparados” está lleno de espejismos como los de Doña Florinda. En el mundo encontramos  millones de “preparados” que en realidad son analfabetas funcionales.

Doña Florinda pedirá, por ejemplo, que todos nuestros futuros legisladores, presidentes municipales y gobernadores sean cuando menos “licenciados”, como si la obtención del título los preparara para desempeñarse en los avatares del servicio público y les otorgara en automático la sensibilidad necesaria para servir al pueblo. No conforme con eso, Doña Florinda les pedirá que sean “masters”, como si la señora de los tubos no supiera que las cámaras y los escaños públicos están plagadas de gente que obtuvo ese grado nadando de muertito, con maestrías diseñadas y planificadas a modo para convertir en “maestro” a cualquier junior que pueda pagar su inscripción, las colegiaturas y la tramitación del título. Por ningún lado se les nota el nivel de “masters”. Hoy, el nivel deliberativo de los congresos es ínfimo, pese a que en su composición se observa que muchos de sus integrantes tienen posgrados. El caso es que cuando se paran en la tribuna, son incapaces de leer sin errores, una nimia cuartillita.

En el colmo de la situación, actualmente se placean en nuestro país aspirantes a gubernaturas que presumen hasta dos doctorados, cuando basta escucharlos un minuto para percatarse que sus grados fueron extraídos de bolsitas Bimbo o de la cajita del Corn Flakes, en sendos y respectivos días de suerte. De forma que la percepción sobre la “preparación” de los eventualmente electos habría que matizarla y no siempre pasa por la obtención de títulos formales.

Otra de las implicaciones del síndrome de Doña Florinda en política, recientemente ha sido traída a colación por el periodista colombiano Álex Guardiola Romero, después de una de las elecciones más recientes de su país: “La gente vota por quien se parece a lo que él mismo quiere llegar a ser, por el candidato o la candidata que representa sus aspiraciones sociales, por la figura que sintetiza su sueño no de sociedad o de país, sino de figuración social; votar se convirtió en un acto de arribismo”.

Por eso, porque el síndrome de Doña Florinda se inscribe en un manto de individualismo y rinde culto a la imagen por encima de lo que fundamentalmente está en juego, los electores mexicanos votan con frecuencia por quienes históricamente les tienen la bota en el cuello. En Chihuahua, específicamente, sin caer en la idealización de ninguno de los proyectos políticos en juego, parece más o menos claro qué plataformas guardan un mayor compromiso social y cuáles se ajustan como anillo al dedo al síndrome de Doña Florinda.