El Santo mexicano

El momento en que México fue centro de los sucesos importantes del mundo tuvo lugar el martirio de S. Felipe de Jesús

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 10 febrero 2019 | 06:00

El Momento. El momento en que México fue centro de los sucesos importantes del mundo tuvo lugar el martirio de S. Felipe de Jesús. La vida de este santo, en efecto, está ligada con la epopeya de España en los mares del Pacífico. México era un punto central en aquellas hazañas.

Magallanes, después de atravesar el estrecho que lleva su nombre, llega el 6 de marzo de 1551 a las Islas Marianas o de Los Ladrones, y diez días después descubre las Islas Filipinas que bautizó con el nombre de Islas de San Lázaro. Magallanes recorre varias de las islas y traba amistad con la reina de Cebú. Poco más tarde perece en una batalla que libra en defensa de un jefe que se había bautizado y sometido a la soberanía del rey de España.  Entonces su segundo, Sebastián De Elcano, sigue el viaje con el único navío que quedaba a flote, llegando a España el 6 de septiembre de 1522 con sólo 18 supervivientes y tres años después de que zarpara consumando la gloria de ser el primer mortal que le diera la vuelta al mundo. ¡Qué epopeya!

Para recoger los frutos de la expedición desventurada de Magallanes, se enviaron otras, entre ellas dos que partieron de puertos de México. La última de éstas, encabezada por Villalobos, dio su nombre actual al Archipiélago Filipino, en honor de Felipe II. Pero la expedición destinada a consolidar la conquista fue la que D. Luis de Velazco puso a las órdenes del vasco mexicano D. Miguel López de Legaspi. Partiendo del Puerto de Navidad el 21 de noviembre de 1570, Legaspi llega a Cebú, donde encuentra la imagen del Niño Jesús que 44 años antes obsequiara Magallanes a la reina, imagen que es hoy venerada en un templo de Cebú. Poco después ocupa lo que ahora es Manila, que pronto se convierte en el centro de penetración española en el lejano Oriente. 

Para cuando Felipe de Jesús llega a Manila, tiene ya la población un carácter colonial que recuerda a la Nueva España y una población de 300 mil habitantes. Felipe de las Casas o de Jesús nació en la Ciudad de México el año de 1572. Felipe llega bien recomendado por su padre y tuvo la oportunidad de establecerse en el comercio y hacerse rico. Con posición y dinero, salud y juventud, pudo haberse dedicado a las diversiones y a los negocios, sin embargo, lo que le seduce es el ejemplo de abnegación y sacrificio que dan los frailes franciscanos dedicados a curar a los enfermos en el convento y capilla de Santa María de los Ángeles.

Felipe abraza la vida religiosa movido de fe sobrenatural y al año de noviciado, entra a la orden franciscana el 22 de mayo de 1594. Tres son los votos de la orden: pobreza, obediencia y castidad. Dos años después se le concede volver a México, para ordenarse de sacerdote. Al efecto toma pasaje en el galeón San Felipe, de 500 toneladas y cargado de valiosas mercancías, que es alcanzado por las terribles tempestades y vientos de aquellos mares, los tifones que todavía hoy son temibles para buques mayores y modernos. Tras de tormentas y penalidades, el galeón es arrastrado hacia la Costa japonesa y logra guarecerse en el puerto de Hirado. El destino, pensó san Felipe, lo llevaba a conquistar almas para el cristianismo, pero había caído en tierra ingrata y hostil.

Los españoles que por el momento eran los amos del mundo, tenían que hacer frente a la rivalidad de los portugueses, allá igual que en las “reducciones del Paraguay” en América, (Existe un filme inglés, genial sobre este conflicto “reducciones jesuitas”, The Mission, que ilustra dramáticamente el problema entere españoles y portugueses), y a la desconfianza propia de los gobiernos orientales. Desde 1594, San Francisco Javier había logrado introducir el cristianismo en el Japón, que en tiempos de S. Felipe contaba ya con Misiones jesuitas y varios templos y una reducida pero ferviente población nativa y cristiana. (Scorsese ha hecho recientemente un filme sobre las misiones jesuitas en el Japón, exhibida en privado al papa Francisco: “Silencio”. Tal historia se me antoja más interesante y trascendental que Roma). Pero estaba el Japón gobernado por cierto gobernador llamado Hideyosi el Conquistador. Las relaciones de Hideyosi y los españoles de Filipinas eran tirantes.

Los viajeros del San Felipe pensaron que podrían contar con la simpatía de los cristianos establecidos en el remoto país. Pero lo primero que hicieron los funcionarios fue dañar al San Felipe para que pudiera hacerse de nuevo a la mar. Luego las mercaderías que portaba el barco encendieron la codicia de las autoridades. Se ordenó que un juez averiguara las causas de la presencia de los españoles en Hirado. El objeto de la averiguación era implicar a los tripulantes en una supuesta conspiración de los cristianos japoneses y los españoles. Felipe se dirige al interior del país con la intención de establecerse en alguno de los conventos ya existentes.

No se le impide hacerlo, pero el 30 de diciembre, cuando Fray Felipe estaba rezando las vísperas, se vio aprendido brutalmente por los soldados, así como los demás religiosos del convento. Un religioso quiso salvar a Fray Felipe diciendo que no lo arrestaran, pues no era de aquel convento, sino recién llegado en el Galeón, pero él reusó escapar exclamando: “No permita Dios que mis hermanos estén presos y yo en libertad. Será de mí lo que fuere de ellos”.

El destino y su propia voluntad de sacrificio ligaron a Felipe con los religiosos que por todo el país estaban siendo encarcelados por órdenes de Hideyosi. Lo primero que se hacía con los prisioneros era cortarles la oreja izquierda. Fray Felipe, en vez de quejarse del agudo dolor, dijo en suplicio: “Ya estoy marcado por Cristo”.  Una vez desorejados, se paseó a los prisioneros por la ciudad de Meaco, sobre carretas, al paso lento de yuntas de bueyes. Los cristianos japoneses se le acercaban, besaban los hábitos desgarrados de los frailes y adornaban las calles por donde se les hacía desfilar.

Acompañaban a los frailes en la befa, algunos catequistas japoneses, que también desorejados en castigo a su adhesión al cristianismo, entonaban cánticos y salmos. Pero la masa popular hacía mofa de las víctimas y les arrojaban piedras. De un lugar a otro fueron llevados los presos, cada vez más demacrados por las privaciones y sufrimientos.

El general Landecho y los oficiales del San Felipe, fueron también desorejados, pero se les puso en libertad y más tarde se les permitió embarcarse fuera del Japón por Nagasaki. La caravana de los frailes siguió por el interior del Japón, en donde los campesinos acudían a injuriarlos y les llenaban la boca de hiervas para significar que no eran sino bestias. 

El 5 de febrero de 1597 volvieron a reunirse en Nagasaki los españoles liberados y los frailes condenados al suplicio. En vano el general Landecho, jefe del San Felipe, trató de interceder. Los católicos nipones, portugueses y españoles, recibieron con angustia a los frailes; sendas cruces les esperaba en lo alto de una colina. Varias fueron también las gestiones de algunos jesuitas que en su mayor parte estaban ya presos. De las 26 cruces, 22 eran para los franciscanos, 16 de ellos japoneses y 3 para jesuitas destacados. Con aros de hierro fue cada uno sujetado a su cruz. Al levantarse las cruces, los verdugos mataban a lanzadas a los reos, dejando los cuerpos colgados del madero.

Fray Felipe que con tanta prisa fuera a su cruz, fue el primero en morir; los aros de sus piernas, mal ajustados, cedieron y lo dejaron deslizar hasta quedar ahogándose colgado de la argolla del cuello. Pudo solamente invocar a su Señor diciendo: ¡Jesús! ¡Jesús!

Dos lanzazos dirigidos al corazón dieron término a sus sufrimientos y México empezó a figurar en el martirologio cristiano.

En realidad, la Iglesia celebra el día 6 de febrero el martirio de todos estos frailes en Japón encabezados por S. Pablo Miki el cual, viéndose colocado en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne; a continuación añadió estas palabras:

«Llegado a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo». 

Pío IX, en 1862, canonizó a Felipe de Jesús juntamente con Pablo Miki y sus compañeros de martirio. S. Felipe es muy venerado y querido en la iglesia mexicana. ¿O, era? ¡Qué lejos está, hoy, la iglesia de esos tiempos heroicos!


+Nunca he entendido por qué a los Constituyentes del 17 les gustó el 5 de feb. para promulgar la Constitución (tan parchada, remendada. AMLO).