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Opinión

El que a redes mata…

Entre las diatribas y odios que se generan en las redes sociales, la verdad ha entrado a una crisis de sobrevivencia

Javier Horacio Contreras Orozco

domingo, 13 noviembre 2022 | 06:00

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A estas alturas, el discurso de Cantinflas resulta más cuerdo y congruente en comparación a lo que vivimos de confusión y contradicciones desinformativas por las redes sociales. Pensábamos que su juego de palabras ridiculizaba la realidad, retorcía la mente y la lengua, pero ahora concluimos que no.

Su expresión “estamos peor, pero estamos mejor. Porque antes estábamos bien, pero era mentira. No como ahora que estamos mal, pero es verdad” refleja simple y sencillamente los apuros de la verdad. 

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Entre las diatribas y odios que se generan en las redes sociales, la verdad ha entrado a una crisis de sobrevivencia. No se sabe si el discurso de odio es por venganza o por justicia, pero existe un ecosistema o ambiente donde los razonamientos ideológicos han declinado por odios exacerbados, sin control ni reglas. La lejanía ya no es obstáculo para arrojar todo el lodo sobre los que no piensan como nosotros queremos que piensen.

Ya no tenemos que esperar a encontrarnos con las personas que odiamos o nos caen mal para decirles en su cara que no los soportamos ni estamos dispuestos a aceptar opiniones diferentes a las nuestras. O de perdida torcerles la boca o sacarles la lengua.

Hoy podemos odiar a distancia, con la inmediatez como ventaja y con la intensidad de replicar en las redes sociales nuestros reclamos o resentimientos atorados en el alma.

Todas la personas cargamos con viejos agravios, malas experiencias, heridas o cicatrices que siguen abiertas y el tiempo las va convirtiendo en resentimientos. Por lo general, gradualmente se iban curando con la ayuda de otras personas, nuevas amistades o experiencias diferentes y el tiempo las iba aflojando. La terapia natural de drenar el alma por medio de lágrimas ahora se puede lograr desahogándose en las redes sociales.

Es muy fácil iniciar una campaña de odio en las redes sociales contra quien nos cae mal o a quien le tenemos una envidia enfermiza que ni lo podemos ver porque nos corroe el rencor al no soportar el éxito ni la capacidad ajenas. Esa infinita envidia, que a pesar de los años sigue como una brasa ardiendo en el corazón y que se desataba al ver al causante. Ahora, ya no se requiere tenerlo enfrente: las redes sociales nos acortan la distancia, nos permiten el proceso de odiar más allá de fronteras y distancias.

Las redes sociales las hemos convertido en potentes amplificadores para denostar, arrojar estiércol o desahogar nuestros traumas escondidos, nuestras mal cerradas heridas que gritan que odiemos a alguien, que nos desquitemos de las andanzas desafortunadas de la vida y buscar a ver quién paga los platos rotos. 

Y nos ha dado por aniquilar en las redes sociales sin el menor pudor, desde el anonimato hasta el temerario juicio acusatorio para dañar. Aunque el ciclo de la vida o la rueda de la fortuna después cobrará el precio: el que a hierro mata, a hierro muere, el que en redes mata, en redes muere.  

Aparte del daño moral y el linchamiento digital, va de por medio la muerte de la verdad. Si en las guerras se dice que la primera víctima es la verdad, en las redes sociales es la víctima preferida porque también se aniquila la confianza y la buena fe.

Hay que entender que las redes sociales son redes, que quede claro. Las redes unen y atrapan, conectan y aprisionan. Las redes son mallas ligadas entre sí por hilos o cuerdas que son usadas para sujetar, pescar o cazar. Ésa es la expresión más común y el principio de redes funciona también en las telarañas que tienen el objetivo de atrapar. En la tecnología digital son varios elementos interconectados y organizados para lograr un fin u objetivo común.

Por eso se entiende que en las redes o mallas podemos quedar atrapados. Hay muertes digitales, víctimas de la desinformación, de las fake news que terminan en la posverdad. La verdad falsa o la falsa verdad que por “recato” o irresponsabilidad llamamos “posverdad”.

Lo más grave es la insensibilidad en la que nos hemos refugiado sin la menor preocupación por la diferencia entre verdad y mentira. Hemos hecho invisible esa barrera. 

Y más allá, una falsa noticia tiene más seguidores que una verdadera. Si bien la mentira siempre ha existido y seguirá existiendo, nunca se había visto con tanta fascinación y rapidez por expandirse. No hay ningún duende oculto en los teléfonos celulares o en otros dispositivos digitales a quien podríamos culpar de tal maleza de mentiras en las redes sociales. Lo impresionante es que nosotros mismos somos los creadores, promotores y difusores de la desinformación.

Una fake news o falsa noticia no tiene fuente ni origen o responsable, pero son las que circulan con prontitud y eficacia. Se caen por su propia inconsistencia o banalidad, pero el mercado digital las convierte en virales. Y esas mentiras en lugar de ser sofocadas como un rumor de mal gusto, les damos respiración artificial enviándolas a los contactos, grupos de chat o a cualquier auditorio dispuesto. Si les retiráramos esa respiración artificial, de inmediato morirían ahí. Lamentablemente, es más importante la viralidad que la credibilidad. 

Absurdo pero real como una paradoja: en lugar de combatir o evadir una mentira, la hacemos contagiosa como un virus y en tiempos de pandemia ha brotado una verdadera infodemia, epidemia de falsa información o desinformaciones. La presumimos y paseamos, aunque al día siguiente caiga por su propio peso al ser fake news, una simple mentira. Y pasadas las 24 horas ya estaremos entretenidos con otra nueva mentira emergente que saltó como nueva diversión o entretenimiento.

Ésa ha sido la muerte anunciada de la verdad porque la mentira mata a la verdad. Si impulsamos viralizando cualquier ocurrencia o dicho, sin tener la certeza o fuente de dónde procede, nos convertimos en cómplices del asesinato de la verdad. 

En la comunicación política lamentablemente se ha convertido en mantras o estrategias del quien insulta gana, el que odia avanza y el que miente triunfa.

El escritor y filósofo Juan Villoro lo resumiría al decir que “parecería que es muy difícil ejercer la verdad, pero justo por eso es más valiosa hoy”. Al considerar que la posverdad no es otra que el uso ideológico de la mentira acudió a la pensadora Hannah Arendt, quien estudió los orígenes del totalitarismo, dijo que la cimentación del pensamiento autoritario se basa en la falta de distinción entre la verdad y la mentira y en el tiempo digital que vivimos, tiempo de polarizaciones extremas y populismos desaforados, la verdad ya no tiene valor de cambio.

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