Opinión

El PIN Parental: un retorno al castillo de la pureza

Rechazado en otras entidades federativas, el llamado PIN Parental pronto será sometido a la discusión en el Congreso de Chihuahua

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 01 agosto 2020 | 06:00

Rechazado en otras entidades federativas, el llamado PIN Parental pronto será sometido a la discusión en el Congreso de Chihuahua. Organizaciones ultraconservadoras están apremiando su aprobación y organizarán manifestaciones en apoyo a una iniciativa que intenta dar marcha atrás a un largo y tortuoso camino de emancipación de la educación pública en México.

La iniciativa que busca reformar y adicionar el artículo 130 de la Ley Estatal de Educación señala: “Los padres o tutores tendrán el derecho, de prestar su consentimiento previo, conjunto, o por escrito el cual se denomina PIN Parental, sobre el contenido de las clases y actividades que se imparten en los centros educativos que sean contrarios a sus convicciones éticas, morales o religiosas. Asimismo, tendrán derecho a manifestar su oposición o negativa a que sus hijos participen en actividades, talleres, pláticas o charlas que contravengan sus principios morales, éticos o religiosos”.

Mal redactada y ajena a una mínima técnica legislativa en la forma, en su contenido la iniciativa vulnera el soporte constitucional de la educación pública en México, así como tratados internacionales que relacionan el interés superior del niño con una educación liberadora. Sin ir más lejos, la vaga y confusa disposición vulnera el artículo tercero de la Constitución que ordena, en uno de sus párrafos nodales, que la educación impartida por el Estado, además de obligatoria, será universal, inclusiva, pública, gratuita y laica. Cada una de estas palabras no se debe asociar a una mera posición retórica del constituyente, sino que tienen un trasfondo histórico y filosófico, de carácter sustantivo.

Así, la concepción de una “educación inclusiva” implica no tanto un conjunto específico de técnicas educativas, sino más bien un enfoque, o si se quiere, un método o una perspectiva sobre la que se tiene que estar trabajando continuamente en la reflexión sobre cómo responder adecuadamente a una compleja diversidad de estudiantes. En ese sentido, obliga a entender que debemos separarnos de todo tipo de exclusión, casi siempre proveniente de nuestros dogmas y prejuicios extraídos con suma frecuencia de nuestros cartabones morales y religiosos. El PIN Parental vulnera el carácter inclusivo que debe portar la educación pública al segregar, apriorísticamente, concepciones que no encuadran en la manera reduccionista con la que ven el mundo muchos de los padres de familia en México. Una educación inclusiva es, pues, una educación sin discriminación, de ningún tipo o género.

Aunado a lo anterior, el PIN Parental, contrario a lo que nos dicen sus apologistas, buscará hacer derrotable cualquier evidencia científica por el simple hecho de que contraste con lo que “nos inculcaron nuestros padres o abuelitos” en el terreno de la moralidad, lo que equivale a echar por la borda todos los esfuerzos en materia educativa. Si ese es el talante, mejor cerremos las aulas y los laboratorios. Volvamos pues todos al tenebroso resguardo de “El castillo de la pureza”, la famosa película de Arturo Ripstein, basada en la novela “La carcajada del gato” de Luis Spota.

Pero además, el PIN Parental asecha a una de las más colosales conquistas de la educación pública en México: el carácter de laicidad. El espacio educativo constituye una esfera fundamental en el desarrollo moral e intelectual de las personas. En su entorno, los alumnos encuentran el vínculo originario con la libertad de pensamiento y la libertad de conciencia, que con frecuencia, no descubren en el seno del hogar. La laicidad, como idea regulativa, implica poner en un primer plano el carácter emancipador de la educación frente a la imposición de dogmas y concepciones unívocas. Cuando el Constituyente atrinchera en la carta fundamental la laicidad de la educación pública lo hace pensando en una defensa del conocimiento y el progreso científico frente a los embates de quienes continuamente y desde diferentes frentes buscan imponer sus decálogos éticos y religiosos. Tampoco debemos olvidar que la laicidad educativa tiene un nexo indisoluble con la pluralidad. Pluralidad en todos los frentes que colisiona con la eventual decisión de un padre de familia que decide vendarles los ojos a sus hijos para que no se percaten de la realidad en la que viven.

Hoy, lo que los niños requieren es una educación sexual integral. El acoso sexual escolar se nutre de los velos de la ignorancia y el acoso escolar con base en la homofobia se considera un serio problema no solamente en México sino en el mundo.

Dejemos pues que “El castillo de la pureza y “La carcajada del gato” queden en la peculiar narrativa de Spota y en el talento cinematográfico de Ripstein. Ahí están bien.