Opinión

El Pigüi Benitez

La primera vez que escuché de 'El Pigüi' Benitez fue hace 30 años en las charlas de mi papá que solía decir '¡El Pigüi es un genio!'

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 04 abril 2021 | 06:00

La primera vez que escuché de “El Pigüi” Benitez fue hace 30 años en las charlas de mi papá que solía decir “¡El Pigüi es un genio!”. Pocas personas son tan conocidas en el círculo rojo de la política juarense como Alfredo Benítez Hernández. Un protagonista de las grandes ligas. “El Pigüi” es casi como una obra de arte porque tiene una característica: es atemporal. 

A pesar de ser un personaje muy cercano a mi familia, el camino que nos unía se cubrió de maleza con el tiempo. Así pasa, las venas a veces se ocultan detrás del polvo. En 1997, mi hermana Citlalli y yo participamos en la elección del Frente Juvenil Revolucionario (FJR), por una invitación de Andrés Quevedo. Detrás de la cortina, la operación política estaba patrocinada -en parte- por uno de los famosos hermanos Reyes Castro, el “Temo”. A pesar de la nula afinidad histórica mi papá nos dejó correr, pero siempre mantuvo la desconfianza. Finalmente perdimos la presidencia del FJR.

Es irónico el destino, la vida parecía aferrarse a llevarnos con los grupos políticos que mi papá despreciaba. Ser liberar siempre tiene un precio y, en este caso, para mi papá era aceptar la nueva realidad. El PRI ni siquiera era el partido hegemónico de antes, en 1998 ganó la presidencia municipal el PAN y comenzó el divorcio entre el Gobierno estatal y el municipal. La gente decía “Patricio no quiere a Juárez”.

Regresaré un paso atrás. La candidatura a la gubernatura se debatía entre Patricio Martínez y Artemio Iglesias. No abundaré en los detalles, simplemente diré que nosotros nos la jugamos con Artemio Iglesias, honestamente no recuerdo el motivo. En el punto más álgido, nos invitaron a una reunión en el restaurante del Pueblito Mexicano, ahí estaban todos los artemistas. Chuy Limón -que unos años después renunció al PRI y se fue al PAN-, me hizo una señal de beisbolista para que hablara, inmediatamente levanté la mano para aventarme un discurso breve pero enjundioso. Otra vez perdimos, así es la política.

Unos meses más tarde, cuando ganó Patricio Martínez, mi hermana recibió una llamada para integrarse a la nueva administración pero la rechazó porque acababa de entrar a una plaza de maestra de secundaria. El caso es que me recomendó a mi y terminé entrando a trabajar en la Delegación de Desarrollo Urbano con José Luis “El Cura” Canales, un tipazo por cierto.

Todos los días mi mamá me decía “¿ya te preguntaron tu nombre completo?”, pasaron varias semanas y la respuesta era la misma: no. En la liturgia de la burocracia es bastante lógico, si no le piden su nombre completo ¿cómo le van a pagar?, es lo que quería decirme mi mamá.

Entonces, la coordinadora de administración me dijo que había un pequeño problema que se resume así: dos personas y una sola plaza. Fue cuando me entero que había otro recomendado para el mismo puesto. El otro cuate también se presentaba a trabajar, pero le habían aplicado “la aburridora”, lo dejaron sentado en un escritorio y le dijeron que esperara instrucciones. 

Pasaron los días, las semanas y probablemente los meses intentando “tronarlo”, pero poco a poco el cuate se fue haciendo útil en la oficina. Finalmente entendí que no era un asunto personal, por alguna razón nos cruzamos en el camino pero eso no nos hizo enemigos, al contario, comenzamos una sólida amistad. La decisión fue un poco salomónica al final, la plaza fue partida a la mitad y nos quedamos los dos. Apenas duramos unos meses en ese trabajo tan debatido y después cada quien siguió su rumbo.

Su nombre era Jaime Medina, un cuate extraordinario, todo un siciliano, aguerrido, entrón, un mafioso de la vieja guardia, de los que ya quedan pocos, así era mi brother, el Jimmy, que evidentemente traía una escuela de primer nivel, diplomático pero en la guerra fría, un consigliere de guerra y un kamikaze, el Jimmy era un genio de la operación política.

Uno conoce la madera del político cuando ve su reacción a la derrota, los débiles se lamen las heridas, por el contrario, los fuertes -como Jaime-, se crecen al castigo. También a perder se aprende y, cuando se logra entender la derrota como parte de un proceso, entonces nunca habrá fracaso. Un taxista en Ecatepec me dijo un día “solo a los pendejos les va mal” y desde entonces nunca me va mal. 

Jaime Medina pocas veces triunfó en los resultados, pero jamás perdió, jamás fue víctima, ni siquiera en su lecho de muerte después de una larga enfermedad crónica. En los últimos minutos de su vida hizo tantas llamadas como pudo para su última operación política: encargar a su familia con los amigos. Jamás perdió; perdiendo ganó.

El gran cineasta Guillermo Del Toro, recomienda a los jóvenes artistas aferrarse con todas sus fuerzas a quien crea en ellos. Es un mundo muy competido. Esa vida llena de aventuras de Jaime Medina no hubiera sido posible sin una guía, sin una sólida formación política y, por supuesto, una filosofía de vida.

Es algo inexplicable, el Jimmy Medina y yo nos hicimos amigos a pesar de nuestras diferencias, así como “El Pigüi” y mi papá fueron amigos. El destino a veces juega bromas macabras. Esta es una de ellas, mucho tiempo después, veo con claridad el motivo que provocó tanta empatía, porque esa historia ya había ocurrido antes. Así es el ciclo de la vida. 

Hace unos días tuve la gran oportunidad de cruzarme de nuevo con Alfredo “El Pigüi” Benitez, que ahora es candidato a diputado federal por la alianza PRI-PAN-PRD, el señorón es lo que mi amigo Juan Urbina llama un “Hombre-Estado”, “El Pigüi” es un engranaje indispensable para que el aparato estatal funcione.

Siempre interesado en la política de Juárez, “El Pigüi” Benitez hoy comienza su campaña para lograr una curul en la Cámara de Diputados -que conoce de pies a cabeza-, sin duda, es el representante ideal para el distrito 3 federal de Juárez.