Opinión

El Nihilismo

Tenemos un futuro, un único futuro cierto que se llama Jesucristo. Lejos de esta fe quedamos en la nada, en el vacío

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 02 mayo 2021 | 06:00

Los acontecimientos en nuestro mundo adquieren velocidad de vértigo. Los medios hacen desfilar ante nuestros ojos en tiempo real la terrible enfermedad, la locura de la violencia, el paroxismo del dolor y la impotencia. Tal vez nos hemos acostumbrado a ello lo cual nos impide una lectura más profunda. Las escenas que se desarrollan en la India son espeluznantes: los muertos por el Covid son incinerados al aire libre, en piras que se multiplican por miles en los montes al más puro estilo primitivo. “El mundo se moviliza ante el descontrol del coronavirus en la India. Los expertos inciden en la necesidad de acelerar el proceso de vacunación en los países en desarrollo para frenar la proliferación de variantes”. Pareciera que la “naturaleza nos rechaza” y nos está tratado como nosotros la hemos tratado a ella. El 83% del territorio nacional sufre una sequía que va de leve en unas zonas a muy grave en otras. Y no nos damos cuenta de ello; privan la inconciencia y la irresponsabilidad. 

J. Moltmann ha escrito obras muy importantes desde la teología sobre el ecocidio planetario, sobre la relación del hombre con la creación. ¿Cuál es el significado de la fe en un Dios creador y de este mundo como su creación a la vista de su explotación industrial que se ha puesto en marcha, hace mucho tiempo ya, y de la irreversible destrucción de la naturaleza? ¿Qué tiene que decir la fe cristiana al nihilismo que subyace en la crisis ecológica? ¿Qué nuevos valores pueden establecerse y cuál sería su fundamento? ¿Es el mundo creación de Dios que ha sido dado al hombre como su hábitat? “Si nosotros somos buenos con la naturaleza, la naturaleza es buena con nosotros” (JP.II). Pero nosotros no hemos sido buenos con la naturaleza. No hay coherencia en la iniciativa de sembrar vida plantando árboles mientras cancelamos las energías limpias y renovables. La lógica de la destrucción es: “se puede hacer, lo hacemos”. Investigadores han logrado crear hasta 132 embriones con una mezcla de células de mono cangrejero (un tipo de macaco) y humano en un laboratorio de China. Y el proyecto lo llevan delante estudiosos de una universidad “católica” española. La naturaleza tiembla porque el hombre ha comenzado una revolución impensable; una revolución contra sí mismo. Ha roto sus nexos vitales con la naturaleza y con los mandamientos, dice Fromm.

Los testimonios más antiguos de la cultura y de la religión humanas tienen un claro enfoque matriarcal. Toda vida humana procede naturalmente de la madre y de esta recibe su alimento. Por eso el mundo en su totalidad tiene figura de madre. La madre, signo arquetípico del mundo, da a luz y alimenta a todos los seres vivientes. Es un símbolo sagrado. Nosotros hemos profanado a la madre-tierra (la Pachamama); hemos despoetizado la creación que ha tenido que soportar todas las sucesivas revoluciones industriales. En este sentido nos hemos desmadrado a nosotros mismos. Ese nihilismo subyacente lo apreciamos cuando vemos neumáticos tirados por todas partes y millones de ellos en “cementerios” con efectos contaminantes catastróficos; en los juegos de sala tirados en las esquinas de las calles o en los camellones, en la basura que llena las calles; cuando vemos a damas y caballeros que sacan a sus mascotas a hacer sus necesidades en la calle; y sobre todo, en la forma criminal de desperdiciar el agua. ¿Tendrá relación nuestra actitud ante la naturaleza con esa otra forma de nihilismo que se hecha de ver, igual, en el crimen? 

América Latina es una de las zonas más mortíferas del mundo en cuanto a asesinatos. Tiene el 8% de la población mundial, pero contribuye un tercio de todos sus homicidios. Y el problema está empeorando. Si no hacemos nada, se calcula que la tasa regional de homicidios puede pasar de 21 a 35 por cada 100 mil habitantes para 2030. Superaría la actual tasa mundial en siete veces. El estudio pone en la lista a Brasil, Venezuela, toda América Central y México. 10 mil 600 homicidios en el Estado solo durante esta administración (El Diario).

Esto presenta un enigma, no sólo para la sociología, la psicología social, no digamos para la política- “que se diluye en una lucha innoble de espíritus astutos” (Nietzsche) -, y para la misma religión; cuestiona la idea religiosa, y tal vez la única clave de lectura que puede acercarnos a comprender y a encontrar una salida. Hablo del cristianismo siempre y cuando este se ajuste a las palabras de Jesús que arrojó a los mercaderes del templo. 

El problema radica en que el hombre de hoy no siente necesidad de una salvación trascendente, no piensa ni en el dolor ni en la muerte ni en el destino como cuestionamientos que exijan respuesta. Vivimos a ras de tierra, dice S. Pablo. Enfrentamos entonces un nihilismo, simplemente asumido, vivido, pero igualmente terrible, a la manera del personaje de El Extranjero, la novela de Camus. Ante esta pasividad e indiferencia espiritual, cualquier propuesta fracasa. Ante este problema, solo hemos propuesto una acción represiva que lo enardece aún más. Pero lo que está en el fondo es el hombre enfebrecido que se abandoa a la corriente de la nada. ¿Se tratará de un cansancio existencial?  B. XVI, denunciaba que hoy se ha hecho posible vivir sin ilusión, sin esperanza; vivir sin Dios. Entonces el hombre cae en el vacío y se afianza en él; quiere ser Dios. Después de todo, el nihilismo en su origen y en su desarrollo es el intento de sustituir a Dios y los valores, obviamente morales, que se derivan de ahí.

¿Qué es el nihilismo? La palabra latina nihil significa “nada”. Nihilismo significa que se desvirtúan – vacían – los valores supremos: la moral, la vida, la belleza, el arte, el ser humano. Dios. Entonces deja de existir un fin; falta la respuesta al “porqué” y, peor aún, al “para qué”. La desvirtuación o vaciamiento de los valores supremos es un proceso complejo. Pero comienza cuando comienza la duda del valor del ser. El hecho que haya podido darse el sistema de Hitler, los campos de exterminio, los hornos crematorios, la idea de raza; o el sistema de Stalin con todos sus horrores innombrables, pone en apuros cualquier forma de fe constante en el hombre. La bomba atómica, Corea, la guerra olvidada, Viet Nam, etc. son nihilismo puro: “Que la mentira se convierta en orden del mundo”, es la consigna. En Mi Lucha, Hitler escribe: “Las masas quieren ser engañadas de la forma más desvergonzada”.

El nihilismo, producto franco-alemán, por lo tanto netamente occidental, como el ateísmo, es en última instancia, la revuelta contra Dios, supremo Dador de sentido; la esperanza se declara insuficiente e ineficaz y la religión y su moral es para los “esclavos”. Al quedar desierto el cielo también la tierra se vació, se vació de sentido, de orientación. No hay, ya, esperanza. Como contrapartida, lo dejo con este hermoso texto de B.XVI:

“El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones. Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12). Naturalmente, él sabía que habían tenido dioses, que habían tenido una religión, pero sus dioses se habían demostrado inciertos y de sus mitos contradictorios no surgía esperanza alguna. A pesar de los dioses, estaban «sin Dios» y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. «In nihil ab nihilo quam cito recídimus», (viniendo) de la nada, qué pronto volvemos a la nada], dice un epitafio de aquella época, palabras en las que aparece sin medias tintas lo mismo a lo que Pablo se refería. En el mismo sentido les dice: «No lloren, (ante la muerte) como los que no tienen esperanza» (1 Ts 4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.

Aquí no hay lugar para el nihilismo; tenemos un futuro, un único futuro cierto que se llama Jesucristo. Lejos de esta fe quedamos en la nada, en el vacío.